Hay una escena que, vista con distancia, parecería sacada de una distopía: miles de mujeres reunidas en un auditorio, aplaudiendo la idea de que el marido vote por ellas. No es ficción. Ocurrió en San Antonio, Texas, en la Women's Leadership Summit organizada por Turning Point USA, donde varias asistentes declararon, sin sonrojarse, que estarían dispuestas a ceder su derecho al voto si eso ayudaba a consolidar un país "más conservador". Entre las voces más visibles estuvieron Erika Kirk, al frente de la organización tras la muerte de su esposo, y la influencer Savanna Faith Stone, rostro del llamado movimiento tradwife, que ha dicho abiertamente que le importa menos que las mujeres voten a que el país sea conservador.
La propuesta tiene nombre: "voto por hogar". La idea es que la familia, no la persona, sea la unidad política, y que el hombre —"jefe del hogar"— hable y decida por todos y todas. A las solteras se nos ofrece la opción de ser representadas por un padre o un hermano. Es decir: ninguna mujer, casada o no, necesitaría opinión propia, porque siempre habrá un varón dispuesto a pensar por ella. Y sin duda me pregunto ¿No ven lo malo en ello?
Provengo de una familia donde somos puras hijas y con los años -y porque no decirlo tras las malas y buenas decisiones de mi padre- aprendimos a muy corta edad a tomar decisiones y acciones contemplando lo mejor para nosotras como sujetas propias, también haciendo tribu entre nosotras (madre y hermanas). Yo he dependido más económicamente de las mujeres de mi familia que de cualquier hombre en esta vida -y eso incluyó a mi padre-, de lo cual siempre me voy a sentir muy orgullosa, porque por las razones que hayan sido aprendí a que nadie en esta vida supiera mejor que yo lo que era y es mejor para mí (aún en mi peor momento).
Conviene decirlo con toda claridad: esto es mucho más grave que solo tomarlo como una anécdota curiosa de la derecha estadounidense. Es la reactivación, con estética de TikTok y algoritmo de por medio, de una batalla que las mujeres creíamos ganada hace más de un siglo. El sufragio no fue un regalo: costó cárcel, huelgas de hambre y represión a las sufragistas que lo arrancaron a la fuerza de sistemas que las consideraban menores de edad permanentes. Que hoy se hable de devolverlo "con gusto", como si fuera un accesorio de moda, es una traición a esa historia.
Y no es un fenómeno que se quede del otro lado de la frontera. La estética tradwife —cocina desde cero, casa impecable, ama de casa feliz y sin ingresos propios— también circula con fuerza en México y en el resto de América Latina, donde una de cada cuatro mujeres no tiene un ingreso propio y el trabajo doméstico no remunerado sostiene buena parte de la economía sin que nadie lo contabilice*. Aquí el "quedarse en casa" rara vez es una elección libre entre opciones iguales: para millones de mujeres es la única salida frente a la falta de empleo, la violencia o la desigualdad. Vender esa precariedad como estilo de vida aspiracional es, cuando menos, cínico.
Desde una mirada feminista de izquierda, el problema no es que una mujer decida dedicarse al hogar, a la maternidad o al cuidado de su familia. Esa decisión, tomada en libertad y con alternativas reales, es tan legítima como cualquier otra. El problema es normalizar la renuncia a derechos civiles y políticos como si fuera una virtud femenina, y disfrazar de "elección personal" lo que en realidad es un proyecto político de sometimiento con nombre y apellido: recortar autonomía económica, reproductiva y política a la mitad de la población para sostener un orden conservador que necesita mano de obra doméstica gratuita y votos que no le hagan preguntas.
Porque el voto nunca fue solo una boleta cada tres o seis años. Es la posibilidad de decidir sobre el propio cuerpo, sobre el propio salario, sobre la propia patria potestad, sobre la propia protección frente a la violencia. Cuando una mujer cede su voto "en representación" de su esposo, no está cediendo un trámite: está cediendo la capacidad de nombrar sus propias urgencias en la vida pública. Y cuando esa renuncia se presenta como aspiracional, bonita, viral, deja de ser un asunto individual: abre la puerta para que el derecho se cuestione para todas, lo hayamos cedido o no.
¿Qué sería de nosotras sin el derecho de poder elegir? Quizá mi vida -como la he desarrollado y espero seguirlo haciendo- no existiría. Para empezar, no estaría escribiendo esta columna y tampoco quien me invitó a participar en el proyecto estaría en donde está. Aún con todas nuestras libertades y derechos de los que hoy gozamos existen muchos atenuantes invisibles pero que para nosotras son más que un techo de cristal convirtiéndose muchas veces en un muro de concreto inquebrantable. Si yo les contara cuantas veces un compañero con menos preparación académica y profesional que la mía, gana más dinero que yo, en 15 años de carrera profesional ésta ha sido una constante.
Lo anterior solo refiriéndome a lo profesional, porque si hablamos de relaciones personales sexoafectivas, ahí definitivamente existe una brecha en donde tristemente, sin importar la edad, la preparación académica, o cuan feminista me haya llamado, el terreno no es parejo, porque en el nombre del amor yo como muchas mujeres hemos cedido nuestra libertad y aceptamos que la pareja tome el poder, muchas veces nos convertimos en la novia de, esposa de, y hasta en la amante de, perdiendo poco a poco todo derecho a elegir. Algo totalmente aceptable para la sociedad y naturalizado, porque si renunciamos a nuestras libertades por amor somos románticas, si hombres lo hacen (o hicieran) son mandilones. No solo me lo han contado o lo he visto a través de mis tías, amigas, madre o compañeras de trabajo, lo he vivido de primera mano: Yo dije que a la primera que me hiciera me iría y, por supuesto, no pude irme.
No se trata de imponer un solo modelo de vida ni de mirar con desprecio a quien elige la casa, la maternidad o el matrimonio. Se trata de que esa elección exista de verdad, con información, con independencia económica, con alternativas reales y sin que nadie decida por nosotras "por nuestro bien". Feminismo es, ante todo, la posibilidad de decidir: sobre el cuerpo, sobre el tiempo, sobre el dinero, sobre el voto. Todo lo demás —incluida la fantasía de que alguien más puede decidir mejor por nosotras— es, disfrazado de tradición o de fe, un viejo proyecto de control con filtro de Instagram.
Despertar conciencias, en este contexto, no significa repetir consignas ni señalar con el dedo a quien elige la vida doméstica. Significa nombrar con precisión lo que está en juego cuando la renuncia al voto se presenta como virtud: mostrar los datos de la precariedad que se esconde detrás de la estética, recordar la historia que costó ese derecho y sostener, sin culpa ni condescendencia, que ninguna mujer necesita que un hombre —esposo, padre o hermano— hable por ella. Ese territorio, el de decidir por nosotras mismas, es propio. ¡Y no se regala!
*Dato tomado del informe anual 2024 llamado: “La Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible y la Agenda Regional de Género en América Latina y el Caribe” editado por: Comisión Económica para América Latina y el Caribe, Entidad de las Naciones Unidas para la Igualdad de Género y el Empoderamiento de las Mujeres