Hace 700 años, Huitzilopochtli mandó a los mexicas al Ombligo del Mundo a fundar una ciudad de agua. La señal sería un símbolo que persiste hasta el día de hoy: un águila devorando una serpiente posada sobre un nopal.



Una historia marcada por la construcción de una ciudad que alimentaba a todos, rica en vegetación y animales. Con una arquitectura entrañable e inmensa; una gran civilización. Pero también lugar de combates, sangre y tradiciones milenarias.




Los mexicas honraban a los dioses con danzas de significados simbólicos. Las festividades como el Panquetzaliztli, dedicadas al mismo Huitzilopochtli, reunían a miles de personas en rituales donde la música, el canto y el movimiento eran formas de comunicación sagrada. Los templos, como el Templo Mayor, eran el corazón ceremonial donde se conectaba el mundo terrenal con lo divino.








Una ciudad viva, sostenida por chinampas que convertían los lagos en tierras fértiles, y por un sistema social que combinaba conocimiento astronómico, agricultura avanzada y una fuerte espiritualidad.




Un nacimiento doloroso nos esperaría para ser el México de hoy. La conquista, la destrucción de Tenochtitlan y la imposición de una nueva cultura marcaron el inicio del hoy.


