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El espejismo del auto volador para ocultar los problemas de Musk, un libertario subsidiado

Desde sus instalaciones de pruebas en Texas, Elon Musk presentó un prototipo de “auto volador” recibido en los círculos tecnológicos, principalmente en su red social X, con el asombro coreografiado de siempre. Sin embargo, detrás del espectáculo de luces y promesas de ciencia ficción, el anuncio refleja la desesperación de un empresario acorralado en su propio terreno, incapaz de competir en costos, volumen y tecnología contra el coloso chino BYD, y temeroso del desplome de su valoración bursátil.

Detrás del humo del Cybertruck, Musk busca ocultar que Tesla ha dejado de ser el líder indiscutible de la electrificación global. Para finales de 2025, BYD rebasó formalmente a Tesla en ventas de vehículos 100% eléctricos con más de 2.2 millones de unidades anuales frente a los 1.6 millones de la firma estadounidense. Mientras BYD sostiene crecimientos interanuales superiores al 25%, Tesla reporta estancamiento en entregas y caídas en ingresos automotrices.

Tesla opera esencialmente como un ensamblador dependiente que subcontrata insumos críticos, llegando incluso a comprar celdas de batería a la propia BYD. En contraste, BYD es un gigante de integración vertical que diseña y manufactura sus propios semiconductores, motores y su batería, permitiéndole inundar mercados internacionales con autos urbanos accesibles y de alta calidad a precios de entre 10,000 y 12,000 dólares, mienras el rango de Tesla va desde los 37,000 hasta los 115,000 dólares.

Sin embargo, el mayor pánico de Musk no radica en los talleres de ensamble, sino en Wall Street. BYD factura más que Tesla a nivel corporativo, pero cotiza en torno a los 100,000 millones de dólares, tasada con los múltiplos de la industria automotriz real. Tesla, en cambio, mantiene una capitalización inflada en cientos de miles de millones gracias a la promesa de convertirse en un monopolio de software, robótica e inteligencia artificial. Si los mercados comienzan a evaluar a Tesla como lo que verdaderamente es, una automotriz tradicional con saturación de inventario, la acción se desplomaría entre 70% y 80%. Para Musk, esa corrección destruiría la base de su riqueza personal y su capacidad de apalancamiento financiero, que descansa en comprometer sus acciones de Tesla como garantía líquida para financiar sus demás empresas.

Lejos del mito del emprendedor libertario ajeno a la burocracia, el andamiaje de Musk depende del Estado. El propio magnate lo confesó en enero de 2024 ante sus inversionistas: 

“Si no se establecen barreras comerciales, las armadoras chinas prácticamente demolerán a la mayoría de las demás compañías automovilísticas del mundo”. 

El mercado estadounidense se mantiene como el único bastión rentable de Tesla únicamente gracias al arancel del 100% impuesto a los vehículos chinos y a los bloqueos de seguridad nacional dictados desde Washington para cerrar el paso a sus rivales.

Durante años, la rentabilidad neta de Tesla no provino de fabricar mejores autos, sino de un mercado regulatorio artificial, al no emitir gases contaminantes, Tesla acumuló excedentes de créditos ambientales que, por mandato legal, armadoras rezagadas como Stellantis, Ford o General Motors debieron comprarle para eludir multas gubernamentales millonarias. Este esquema inyectó a la empresa entre 1,700 y 2,700 millones de dólares anuales, subsidiando la supervivencia operativa de Musk a expensas de sus competidores.

El patrón de financiamiento público se replica en SpaceX, un contratista clave de la NASA para transporte de tripulación y carga con facturas que superan los 5,000 millones de dólares, a los que se suman acuerdos con la Fuerza Espacial y el Pentágono por más de 8,000 millones de dólares para lanzamientos de seguridad nacional y la red clasificada de satélites espía Starshield.

La promesa del auto volador es solo el eslabón más reciente en una cadena de expectativas infladas para retener capital. En noviembre de 2019, Musk develó el Cybertruck como una vehículo futurista indestructible, durante su presentación ocurrió el fiasco de dos cristales rotos en vivo dursnte una prueba de resistencia; años después, el modelo llegó lastrado por retrasos, fallas mecánicas y el doble del precio anunciado. En agosto de 2021, ante el desencanto con las promesas incumplidas de la conducción autónoma, tamién en un evento de presentación recurrió a un humano disfrazado con un traje de licra para simular el robot Optimus.

Desde colonizar Marte hasta flotas de un millón de robotaxis que nunca operaron, cada hito de ciencia ficción de Elon Musk cumple una función financiera precisa, renovar el ciclo de fe de los inversionistas para postergar la rendición de cuentas sobre los balances de sus empresas.