Cuando Estados Unidos conmemora los 250 años de su independencia, la celebración coincide con un momento revelador de su trayectoria histórica. Lejos de representar una etapa de repliegue, Washington se encuentra involucrado en diversos escenarios de confrontación, desde las tensiones militares en Medio Oriente hasta la expansión de operaciones vinculadas con la llamada guerra contra el narcotráfico en el hemisferio occidental. La administración Trump ha reforzado el uso de instrumentos militares en ámbitos que anteriormente se concebían como asuntos de seguridad, cooperación o diplomacia, prolongando una tendencia que trasciende gobiernos y coyunturas.
Esta situación invita a reflexionar sobre el lugar que ocupa la guerra en la experiencia histórica estadounidense. No deja de ser significativo que diversos registros históricos contabilicen centenares de intervenciones militares estadounidenses en el exterior desde finales del siglo XVIII, una frecuencia difícil de encontrar en cualquier otra gran potencia contemporánea. Desde su consolidación como potencia global, el conflicto armado ha sido más que una herramienta de política exterior. También ha contribuido a sostener una narrativa nacional que presenta a Estados Unidos como garante del orden internacional y protagonista indispensable frente a amenazas sucesivas. Los antagonistas cambian con el tiempo, pero la estructura del relato permanece. Siempre tiende a existir un desafío que debe ser enfrentado y un liderazgo que debe ser ejercido.
Al mismo tiempo, resulta difícil ignorar la relación entre esta disposición permanente al conflicto y el peso económico, tecnológico e industrial del sector de defensa estadounidense. La guerra, o la preparación para ella, moviliza enormes recursos, impulsa innovaciones y sostiene intereses que forman parte de la estructura de poder del país. No es casual que el presupuesto de defensa para 2026 haya alcanzado cifras récord cercanas al billón de dólares, las más elevadas de la historia estadounidense. Vista desde esta perspectiva, la recurrencia de los conflictos parece menos una excepción que un rasgo persistente de la reproducción de su influencia global.
A dos siglos y medio de su independencia, la paradoja es evidente. Mientras celebra los ideales de libertad y autogobierno que dieron origen a la república, buena parte de su presencia internacional continúa articulándose alrededor de conflictos cuyas consecuencias suelen recaer también sobre otras sociedades. La pregunta es si una nación que ha alcanzado semejante grado de desarrollo puede imaginar su liderazgo global más allá de la necesidad permanente de identificar nuevos enemigos.