Hugo y Greg, una joven pareja de Brooklyn, iniciaron su mañana de septiembre como cualquier otra dentro de la rutina de los neoyorquinos. Era el año 2001 y ambos, jóvenes, disfrutaban de su unión reciente al inicio de un nuevo milenio ávido de color, música pop y, sobre todo, un boom tecnológico. En la radio aún sonaba con fuerza la juvenil Britney Spears y Harry Potter estaba a punto de estrenarse a nivel mundial para hacer historia. Parecía ser el punto de partida de una década esperanzadora para los jóvenes, cuya vida profesional comenzaba a cimentarse y el futuro a definirse.
A pesar de las prisas y convulsiones de los días neoyorquinos, aquella mañana, sin embargo, Hugo y Greg estaban en casa, un pequeño departamento de Brooklyn, cariñosamente bautizado por ellos como “La cueva”, donde podían ver desde su ventana la urbe comercial: el World Trade Center y, por supuesto, las Torres Gemelas. Aunque era muy temprano y había tiempo de sobra, Greg se encontraba apurado y alistándose para salir. Ese mismo día, por la tarde, debía ir justo a un café situado en una de las torres a una reunión de trabajo. En ese momento nadie sabía que dicha reunión jamás iba a celebrarse, ni que esa mañana iba a ser la mañana que iba a cambiar al mundo entero.
Mientras Hugo y Greg vivían su particular rutina, en diversos aeropuertos estadounidenses, por lo menos cuatro vuelos fueron secuestrados por miembros extremistas de corte yihadista, causando los infames y tristemente famosos ataques donde más de dos mil personas fueron asesinadas en distintos puntos capitales y económicos de Estados Unidos, marcando uno de los puntos más críticos y sensibles de la historia de este siglo y enunciando el punto de partida para la llamada “Guerra contra el Terrorismo”, misma que hasta el día de hoy ha causado y sigue causando la muerte de millones de vidas humanas y sin la cual no se puede entender el mundo actual.
Las imágenes de ese día continúan siendo hasta el día de hoy aterradoras y sensibles. Muchos recordamos, a pesar de haberlo visto en la infancia, los fatídicos momentos en los que las cámaras enfocaban desde helicópteros hasta personas atrapadas en las ventanas de las torres en llamas agitando los brazos, pidiendo ayuda y, en otros casos, mucho más penosos, vimos a víctimas lanzarse al vacío, buscando una muerte mucho menos agonizante. Pero peor aún son los recuerdos para quienes estuvieron ahí hace 25 años, sin saber todo lo que vendría después. Tanto Hugo como Greg fueron testigos, desde su ventana, del desplome de las dos torres y la posterior hecatombe causada por los escombros y restos de los aviones desperdigados por las calles aledañas. Aún hoy, 25 años después, Hugo logra recordar y sentir en la piel la confusión, el shock y el horror de ver desmoronarse a uno de los principales símbolos económicos del país, pero, sobre todo, de observar el rostro de vecinos, amigos o transeúntes e imaginar lo que acontecía frente a sus ojos dentro de los edificios en llamas a punto de caer. Y es que, en algunas ocasiones, la imaginación duele y también deja sensaciones que son imposibles de definir por su brutalidad.
Aunque los ataques más simbólicos se llevaron a cabo en las Torres Gemelas, otro avión fue impactado contra una de las caras del edificio de inteligencia del Pentágono, una de las sedes militares más importantes del país, y un cuarto cayó en una zona boscosa, aparentemente derribado por los propios pasajeros, quienes lograron dominar a los secuestradores.
El impacto social y cultural de esos lamentables hechos hasta el día de hoy es palpable y continúa marcando las agendas políticas y atravesando la vida cotidiana de prácticamente todos los habitantes del planeta, para quienes existe en la memoria un antes y un después. Sin embargo, el atentado no es un hecho aislado dentro de la historia geopolítica. El mismo fotoperiodista James Nachtwey, famoso corresponsal de guerra, definió el 11 de septiembre como una especie de historia que tenía lugar desde los años 80 en África y el mundo islámico, donde Estados Unidos tenía presencia e injerencia militar y que, de algún modo, ese día 11 de septiembre llegaba a su fin con esa consecuencia lógica [1].
En otro sentido, el presidente Bush no solo comenzó el juego del miedo, colocando terrorismo a todo lo que le pareciera no conveniente a sus intereses, también recrudeció la presencia militar de sus soldados en el mundo, iniciando todo un proceso de islamofobia y de asesinatos en masa en países como Afganistán e Irak, donde se centró la lucha contra el terrorismo y la búsqueda de supuestas armas de destrucción masiva, mismas que jamás encontraron. Pero vaya a donde vaya el ejército de Estados Unidos, siempre regresará con petróleo robado y miles de vidas a cuestas.
En años posteriores al atentado se descubrió que hubo indicios del ataque, y un desacuerdo entre las agencias de seguridad de Estados Unidos, aunado a su propia desconfianza, no logró salvar vidas en su propio territorio, causando una enorme indignación entre millones de estadounidenses. Pero para entonces, la guerra en Asia Occidental ya estaba consolidada y duraría 20 años más, con un repunte actual con el conflicto entre Estados Unidos e Irán, Venezuela y la estigmatización de sus adversarios como “narcoterroristas”.
Greg nunca fue a la reunión en las torres y pudo ser testigo desde su hogar junto a Hugo, quien 25 años después narra lo acontecido desde su pequeño apartamento en Brooklyn, donde una pequeña ventana sirvió como pantalla para observar el derrumbamiento del siglo XX y del viejo mundo para dar paso a la guerra por el petróleo, justificada por el odio a lo diverso y bajo la mentira de que el terrorismo es causa y no consecuencia de las acciones del imperialismo militar.
Greg y Hugo pudieron vivir 32 años juntos en el mismo apartamento desde donde observaron caer las Torres Gemelas, hasta 2026, cuando Greg dejó este plano terrenal. Aunque ya no se encuentra entre nosotros, su memoria permanece en el recuerdo y en la vivencia de aquella mañana que cambió todas las mañanas del mundo.