El fútbol es el deporte más popular del mundo por una razón simple: cualquiera puede jugarlo. No hace falta un balón. Con una lata o hasta una taparrosca se puede armar la reta. La cancha puede ser cualquier calle de la Ciudad de México, París o Laos. Tampoco se necesitan porterías: un poste o dos piedras pueden convertirse en el destino prometido. En general, el fútbol como concepto no discrimina.
Lo irónico es que el deporte de las multitudes no le devuelve casi nada a sus millones de seguidores. Unos cuantos hombres trajeados, que muy probablemente nunca hayan pateado un balón en su vida, deciden desde sus oficinas con vista a los Alpes cómo, dónde y qué precio hay que pagar para verlo. Así, la FIFA ha convertido un juego del pueblo en un negocio altamente lucrativo.
Cuando el gobierno peñanietista vivía sus últimos días, se anunció con bombo y platillo que México tendría un tercer mundial en casa. Muchos festejaron, otros dudaron. Y es que la FIFA tiene un historial de llegar a los países sede, utilizarlos durante un mes para su fiesta y después irse sin dejar nada, salvo en muchos casos deudas gubernamentales. Son conocidos los casos de Qatar y Brasil, donde sus costosos estadios terminaron convirtiéndose en elefantes blancos: varios fueron demolidos o reconvertidos para intentar darles algún uso.
Por eso resulta loable el esfuerzo de la actual administración federal, que se ha alejado de la pomposidad y ha propuesto un plan de trabajo que busca que el mundial sea un punto de partida para el deporte nacional. La presidenta Claudia Sheinbaum ha dejado claro que el mundial no será solo el que ocurra dentro de los estadios —al que podrá acceder una pequeña minoría—; por el contrario, anunció el “Mundial Social”, que invierte las prioridades de la FIFA y, acorde con la realidad del país en los últimos años, pone primero a las clases más humildes.
Pantallas en plazas públicas, activaciones gratuitas, miles de canchas renovadas y torneos sin costo para niñas y niños son algunas de las acciones que enmarcan este ambicioso plan. Con ello, México manda un mensaje al mundo: aquí la prioridad es la gente. Disfrutaremos el mundial, pero en las calles, devolviéndolo a su esencia.
Y es que las políticas que salen de Palacio Nacional son una bocanada de aire fresco para los aficionados, al menos para los que viven en México. Esto ocurre justo cuando esta semana la FIFA liberó la venta de último minuto de entradas para la Copa del Mundo, con precios que resultan un verdadero insulto para la mayoría de la población mundial.
Los boletos más baratos están disponibles para partidos de baja demanda, como Sudáfrica vs Corea del Sur, con precios desde 8 mil pesos. Otros, como Estados Unidos vs Paraguay, arrancan en 51 mil y llegan hasta los 120 mil pesos. En el caso de la selección mexicana, el partido inaugural contra Sudáfrica alcanza casi los 60 mil pesos, es decir, 193.6 salarios mínimos diarios.
Estos precios tienen una explicación: para esta edición, la FIFA aplicó la modalidad de precios dinámicos, lo que significa que las entradas no tienen un costo fijo y pueden dispararse según la demanda. De esta forma, los boletos para la final alcanzan hasta los 196 mil pesos, convirtiéndose en los más caros en la historia de un mundial.
Pese a todo esto, en su página oficial ya solo se venden entradas para cuatro partidos, lo que deja dos posibles lecturas: o están reteniendo boletos para venderlos aún más caros, o el mundial de fútbol será un termómetro de hasta dónde ha llegado la desigualdad en el mundo.
Se tratará, entonces, del mundial de los super ricos. O, dicho de otro modo, el evento del deporte más seguido del planeta será visto desde los estadios por apenas el 1% de la población mundial.