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Flotando

Flotando

Por Milo Montiel Romo

Hace horas que se fue la luz. Mi mamá fue a la tienda y regresó con jamón, pan y cinco velas. La noche empieza a caer y el edificio donde vivimos se va quedando oscuro. 

La planta baja, que es donde está el departamento, es un pequeño patio cuadrado que no nació para serlo, es el piso donde termina un largo rectángulo que se eleva hacia el cielo y donde, desde sus paredes crecieron pasillos y barandales que resguardan departamentos que se amontonan en sus rincones hacia arriba.

De día te puedes parar en el centro y ver hacia arriba y al final de esta caja habitada, se verá el cielo. A veces azul, muchas veces gris. Y por las noches azul oscuro, sin estrellas. A veces, cuando la casualidad lo permite, se ve el llamado cinturón de orión y alguna lucecita suelta en el cielo. También, mientras ves al cielo, con los brazos extendidos puedes dar vueltas sobre tu mismo eje y la figura geométrica donde vivimos se convierte rápidamente, de un cuadrado en un hexágono, luego en un octágono y luego en un círculo. Todo hasta que se pierde el centro y caemos de rodillas riendo y sin entender por qué, aunque sabemos que nos detuvimos, el cerebro sigue dando vueltas.

Hoy, cuando la electricidad se fue, estoy sentado en el quicio de la puerta viendo como la oscuridad, por fin se apropia de la noche, pues siempre la ahuyentamos con esos artilugios de vidrio que se pinta de esa luz amarilla y caliente. 

Son casi las 6 y ya casi está oscuro. Mi mamá adentro tomó un plato de esos pequeños que se ponen debajo de las tazas de café y lo dejó sobre la mesa. Luego tomó una de las velas, la encendió y dejó caer unas gotas de la parafina derretida en el centro del platito y mientras las gotas se gelatinizan, apoyó vigorosamente la base de la vela, haciéndola dar pequeños movimientos de vaivén, como para garantizar que llegará hasta el fondo y tocará la superficie del plato. Una vez ahí, la soltó y la vela se quedó firme y de pie, esperando su lento final.

Cuando termina de encender la vela, nos llama a mí y a Fer (mi hermano), y nos encontramos en una nueva habitación. Si, sé que es la misma que conozco desde hace años, pero la vela encendida provoca una bella esfera de luz cálida, pero no caliente como el foco, es muy hermosa, no encandila y no provoca que alejemos la vista. Me quedo viéndola unos segundos y no alcanzo a comprender que la llama que veo se siente en el rostro, en las manos, pero no se le puede tocar, no es nada físico, pero duele, no es rojo, naranja o amarilla, pero es todo al mismo tiempo.

No es igual al fuego de la estufa, el cual es una invención azul de las personas, la pequeña flama que baila en el pabilo de la vela es una reliquia del tiempo, algo que sobrevive desde que Dios, acaso los dioses, se decidió a empezar la creación. 

Es en este ambiente que mi mamá conjura el nudo de la bolsa de plástico donde se refugian los 200 gramos de jamón. Los extiende sobre un plato más grande que el que funge como base y apoyo de la vela. Luego se ocupa de hacer lo propio para sacar del envoltorio, el pan. 

Coloca en la mesa sin mantel una pequeña torre de rebanadas de pan blanco. Toma una y la embadurna de la mayonesa de saca de un frasco mancillado hace algunas semanas, luego dos rebanadas ultradelgadas de jamón, y lo tapa con otra rebanada que recibió el mismo tratamiento que la primera.

Nos da un sándwich a cada uno mientras ella se hace uno. Llena 3 vasos con coca cola y la cena esta lista. Todo pasa en silencio.

-Má, ¿cuándo llegará la luz?
-No sé.
-Me da miedo- Digo mientras Fer me ve y se ríe con la boca llena de pan a medio masticar.
-¡Le da miedo, le da miedo! – repite burlón hasta que mi mamá le da un golpecillo en la cabeza.
-¡Deja de burlarte! Y todos callamos nuevamente.

Así, comiendo, en silencio, sin tele, sin radio, sin música, los pensamientos se resbalaban y saltaban de un lado hacia otro, igual que las piernas que colgaban de la silla, de las que no alcanzábamos el suelo. 

-Má, ¿Qué hacías cuando se iba la luz en tu casa?

Lo mismo que hacíamos todos los días, dónde vivíamos había sólo un foco que colgaba del techo. Vivíamos en un cuarto grande con algunas camas que poníamos a lo largo de la pared para dejar el mayor espacio en el centro, donde había una mesa que servía para comer, planchar y como alacena. 

Había un radio que sonaba todo el día, pero cuando lo apagábamos, cantábamos, contábamos cuentos, chistes y reíamos hasta que nos dolía la panza o mi abuelita nos regañaba.

No había muchas televisiones, sólo una vecina tenía en la vecindad y nos dejaba verla de vez en cuando y nos cobraba 10 centavos, además de que nos vendía dulces y palomitas que hacía. Todos nos dormíamos temprano, pues teníamos que pararnos temprano para ir a la escuela y luego a hacer comida y limpieza pues todos trabajábamos en la fonda me mi mamá. Nos cuidaba mi abuelita. 

Afuera del cuarto, en otro cuarto más pequeño, mi mamá había improvisado la cocina y el baño estaba al final del patio, un pasillo largo, como de 10 metros de largo, en donde las puertas de otras habitaciones se sucedían una tras otra. 

Solo dos focos, lejos uno de otro a lo largo, mientras colgaban cruzando a lo ancho, con cables que iban de lado a lado.

-¿No te daba miedo? – Preguntó Fer.

No, ese pasillo lleno de sombras era normal, lo conocíamos metro a metro, ahí jugábamos a las escondidas, nos correteábamos, saltábamos la cuerda. Ahí, nos conocíamos todos. 

Sin embargo, una noche, mientras hacíamos bromas y reíamos, las ganas de orinar ya no pudieron aguantarse más. El agua de limón que hizo mi abuelita y las risas me obligaron a salir. No había más que salir y recorrer ese pasillo ancho y largo, por eso lo aplazábamos lo más posible.

No era miedo, eran ganas de no cortar la plática o el juego, era flojera de escapar de las colchas, pero esa noche tuve que salir sola. Era una noche como la de hoy, oscura y por algún motivo, sólo uno de los focos servía. No quise buscar una vela.

Salí descalza, en camisón, con las manos trenzadas en el pecho, como si eso ahuyentara el frio. Caminé con pasos rápidos y cortos por las baldosas conocidas hasta el hartazgo. de pronto, vi desde el fondo una mujer que se acercaba a mí, no le di importancia y seguí.

Cuando pasó junto, saludó.

-Buenas noches hermosa – dijo.

Yo giré la cabeza para responder el saludo y vi como flotaba tranquila hacia el fondo de la vecindad. Salí corriendo y le grité a mi abuela. Salió asustada.

-¡Qué pasa Teresa!

-¡Abue, pasó una mujer flotando y me saludó!

Sin dudarlo la vieja salió corriendo hacia el centro del patio profiriendo una buena cantidad de groserías para ahuyentarla.

-¡Hija de la chingada, deja de estar chingando a los vivos!

Yo mientras sentía la orina correr por mis piernas.

Desde entonces íbamos al baño siempre juntos, aunque no volvimos a ver nada. La noche y la oscuridad cambiaron hasta que crecimos y olvidamos, hasta que el pasado llega en noches como la de hoy.

No dijimos nada, solo masticábamos los sándwiches mientras la vela se consumía.