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Las mujeres de hoy todo lo pueden ser

Las mujeres de hoy todo lo pueden ser

Por Nieves R. Méndez

México ha sumado un nuevo récord Guinness. Hace apenas unas semanas se inauguró en la alcaldía Gustavo A. Madero, en la Ciudad de México, el mural de fútbol pintado a pincel más grande del mundo. La obra, que se extiende a lo largo de un muro de la Avenida Centenario, muy cerca de Martín Carrera, se ha convertido ya en un nuevo referente urbano de la capital mexicana.

En el mural, como entre el público, había una multitud de personajes representados: futbolistas, aficionados, símbolos nacionales, colores y mucha pasión. Todo remitía a un ambiente festivo, de alegría, celebración y comunidad. Sin embargo, durante días observé aquellas imágenes con curiosidad, sin lograr comprender del todo por qué algo me resultaba extraño a pesar de que, a primera vista, todo parecía estar en orden, que allí estaban quienes debían estar. 

La presidenta, Claudia Sheinbaum, me ayudó a entenderlo tres días después cuando, durante una de sus conferencias matutinas, presentó una canción como parte de una iniciativa destinada a promover la inclusión, la igualdad de género y la participación de las niñas en el deporte.

Se trataba de “La niña futbolista”, interpretada por Julieta Venegas junto a un coro de mujeres, una versión de la canción original del grupo Patita de Perro. Su difusión generó de inmediato una avalancha de opiniones encontradas en las redes sociales.

Mientras algunas personas celebraban el mensaje de inclusión y la visibilidad otorgada a las niñas en el ámbito deportivo, otras cuestionaban la iniciativa o la consideraban innecesaria. A mí personalmente, más allá de la polémica, aquella canción me permitió reconocer lo que había percibido días antes frente al mural.

A priori, la canción no parecía ir en contra de los cánones del mundo moderno. Quienes ya peinamos canas con seguridad recordamos cuántas veces nos dijeron en casa, en la escuela, entre amigos o en el trabajo cuál era nuestro lugar en el mundo, sin concedernos siquiera el derecho a cuestionarlo, sobre todo si éramos mujeres (“Sus papás piensan como los demás, que a las muñecas ella tiene que jugar para aprender a ser mamá”).

La canción da un giro inesperado cuando la niña decide desafiar ese mandato, cuando no se conforma con aceptar el papel que otros han imaginado para ella, sino que se atreve a expresar un deseo propio y a actuar en consecuencia. Porque a veces se olvida que también existen niñas que corren, saltan y juegan al fútbol; niñas que no están interesadas en vestir muñecas, sino en perseguir un balón como cualquier otro niño de su edad (“Y se fue a inscribir a la selección, pero le dijeron que estaba mal, que una niña no puede jugar fútbol”).

Y es ahí donde aparece algo trágico. La niña no encuentra de inmediato un espacio para desarrollar aquello que le apasiona. Antes debe atravesar rechazos, prejuicios, negativas y miradas de desaprobación. Debe insistir, resistir y demostrar una y otra vez que merece estar donde otros acceden sin necesidad de justificarse. Solo después de haber trabajado quizá el doble que sus compañeros llega el reconocimiento (“Y se fue a inscribir a la selección, y le dijeron que estaba bien, que una niña sí puede jugar fútbol”).

La canción presenta ese momento como una victoria, y sin duda lo es. Pero también deja al descubierto el hecho de que la aceptación no llega porque se comprenda que ella tenía el mismo derecho a jugar desde el principio, sino porque ha logrado demostrar que es lo suficientemente buena. Su presencia deja de percibirse como una anomalía no cuando se cuestiona la norma que la excluía, sino cuando ella consigue adaptarse a las exigencias de esa misma norma.

Quizá por eso la historia resulta tan reveladora. No cuenta solo el recorrido de una niña que quiere jugar al fútbol. Cuenta también cuánto esfuerzo, cuánta perseverancia y cuántas pruebas debe superar alguien para ocupar un lugar que, en realidad, nunca debió serle negado.

Fue entonces cuando volví a observar las imágenes de aquel mural del récord Guinness con otros ojos, a preguntarme dónde estaban ellas, dónde estaban las futbolistas, las aficionadas, las seguidoras entre aquel público en su mayoría masculino que celebraba justo en el centro del muro, donde se había dispuesto la figura de una futbolista mujer y el pecho desnudo de la Victoria alada. Fue entonces cuando entendí que, una vez más, las mujeres y sus cuerpos parecían funcionar como parte del decorado. Un recurso visual, un escaparate, un fondo en apariencia celebratorio dentro de un relato al que no se las había invitado sino usado como figuración.

Por eso cobra tanta importancia la iniciativa impulsada por la Secretaría de las Mujeres y la Secretaría de Cultura, porque las niñas necesitan escuchar que pueden llegar tan lejos como sus sueños se los permita, que tienen derecho a participar en igualdad de condiciones en las oportunidades que la sociedad ofrece y que su presencia no es excepcional ni simbólica, sino legítima.

También en el contexto del Mundial porque es falso que solo les pertenezca a los hombres ni que sea una cuestión de género. La exclusión rara vez se presenta de forma explícita; cuando aparece, lo hace de manera sutil. A veces consiste simplemente en no estar, en no verse reflejada en los relatos, o en hacerlo desde una mirada ajena en los monumentos, en las fotografías o en los murales con los que una sociedad decide representarse.

Así que, estoy con usted Presidenta, “las mujeres de hoy todo lo pueden ser”, pueden decidir dónde estar y usted es el mejor ejemplo.