Efraín Juárez concluye su segundo semestre al mando de los Pumas, rozando la ansiada octava copa de la liga mexicana. La final que concluyó en Ciudad Universitaria se decantó más por infortunios que por una clara dominación del Cruz Azul, dejando varios puntos a analizar.
El autogol que otorgó el empate silenció a la afición local, que había entonado sin cesar cánticos de apoyo desde el minuto uno. Un descuido de lo que fue una de las mejores defensas del torneo, generado por un muy buen centro ofensivo, rebotó en la defensa puma y borró los muy buenos minutos de los locales.
Casi inmediatamente después ocurrió la lesión de Carrasquilla, jugador que, aunque mostró un nivel muy bajo en toda la liguilla en comparación con su torneo regular, era sin duda uno de los pilares de la “Idea Juárez”: convencer a todos los jugadores universitarios de que se le puede jugar de igual a igual a cualquier equipo de la Liga Mexicana sin importar presupuestos, directores técnicos o rachas rivales.
Ante la lesión ingresó Trigos, mediocampista con corte mucho más marcado en la defensa, marca y recuperación de balones. La verdad es que no desentonó: futbolísticamente no se cayó el equipo. Sin embargo, el ánimo comenzó a sentirse diferente. Pocos minutos después acaeció la segunda lesión, la de Duarte, el central español que lamentablemente metió el autogol del empate por una cuestión milimétrica.
El ajuste de Juárez fue raro, pero lógico: ingresó Bennevendo, pieza de rotación constante en su esquema para los recambios, jugando como lateral, carrilero y pocas veces como central. A pesar de tener en la banca a Azuaje o Leone, perfiles más idóneos, se decantó por la experiencia como criterio para el cambio, seguramente evitando que se cometiera algún penal “extraño”, como en el juego contra América.
Para acabar de pavimentar el camino a la derrota se sumó otro infortunio: víctima del cansancio, como prácticamente todo el equipo, Rodrigo López sale de cambio y es entonces cuando se rompe el parado táctico. Ingresa Ángel Rico, medio creativo que ha tenido muy pocos minutos en los torneos con Efraín, a jugar los fatídicos últimos minutos del partido en una especie de carrilero por izquierda, y da un mal partido.
Con 21 años, pocos encuentros de experiencia y nula participación en rondas eliminatorias, Rico se convirtió en el gran encargado de comandar la ofensiva universitaria, siendo posiblemente el ajuste táctico que decantó la derrota.
¿Por qué ingresa Rico en este contexto en lugar de Garza, que si bien ha venido a menos tiene más experiencia en la tarea encomendada? ¿Por qué no ingresa Rivas, lateral con buen número de partidos y asistencias en juegos importantes, además de ser nominal para la posición? ¿O incluso Ulises Rivas, que si bien parece estar más cerca de concluir su etapa con Pumas siempre ha tenido suerte con el gol y parece incansable cuando juega?
Entra Ángel Rico porque Efraín jugó a matar o morir: ingresar otro recambio posiblemente nos hubiera llevado al alargue y a 30 minutos más sufriendo por evitar el gol. Quizás Efraín sabía que el físico del equipo no estaba para el tiempo extra y buscó, en un pase filtrado de Rico a Morales o Juninho, finalizar el partido.
Cambio arriesgado, raro, pero muy de Efraín Juárez, muy de su estilo e ideología.
Finalmente, la expulsión de Antuna en los últimos minutos rompió el partido y venció mentalmente al equipo; el gol de Rotondi sentenció la ronda de infortunios.
Pumas, a mi consideración, no perdió la final por ese cambio: la perdió con la lesión de Alan Medina y la convocatoria del Memote a la selección, dejando sin recambios a un equipo que todavía carece de jugadores de rotación capaces de sumar cuando el titular no está disponible. La ronda contra América evidenció esta situación y, además, fundió físicamente a los universitarios; se sufrió y desgastó contra ellos, y ya no quedó nada para la final.
Sin duda, la derrota deja un sabor amargo para la afición universitaria, pero lo más importante es reconocer el cambio de cara que le dio Efraín al equipo: un estilo de juego claro y propositivo, identidad con la afición universitaria y, sobre todo, la esperanza de romper esta terrible racha de 15 años sin un título.
Se perdió la final; habrá que ver todavía qué jugadores salen y cuáles continúan, pero es sumamente importante que se le dé la confianza a Juárez de continuar con un proyecto que ilusiona a millones de aficionados.