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  • hace 20 horas
  • 18:07
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Luces apagadas, reflexión futbolera

Luces apagadas, reflexión futbolera

Por Maximiliano Tenorio Rojas

El impacto de la Copa del Mundo en México trasciende la fiesta en las tribunas y abre un debate de profundo interés público sobre el futuro de las juventudes y el deporte nacional. En este escenario, la estrategia trazada por la presidenta Claudia Sheinbaum busca consolidar un legado social duradero. Mediante la rehabilitación de espacios públicos en colonias populares, la masificación del fútbol comunitario y la promoción del deporte como un derecho fundamental de salud e integración, el Estado apuesta por sembrar talento e inclusión desde las bases. Sin embargo, este esfuerzo público choca de frente con un obstáculo estructural: el diseño mercantil del fútbol profesional. 

La contradicción es profunda. Mientras la política pública abre canchas en barrios y ejidos para garantizar que ningún niño o joven quede excluido, la industria privada de la Liga MX opera bajo una lógica que asfixia el crecimiento internacional de esos mismos deportistas. La falta de proyección global del jugador mexicano no se debe a la ausencia de talento popular, sino a un modelo de negocio que privilegia la rentabilidad de corto plazo sobre el desarrollo competitivo. 

Para aquilatar esta distorsión basta analizar el modelo sudamericano. En países como Argentina y Brasil, el fútbol funciona como un potente motor de movilidad social. La urgencia económica de sus clubes los obliga a nutrir sus canteras en el deporte comunitario y exportar a sus promesas a temprana edad hacia la élite europea. Venden a precios competitivos para sostener sus finanzas. Esa exigencia continua forja atletas de alto rendimiento, habituados a la presión y listos para triunfar internacionalmente.

En contraste, la Liga MX ha construido una próspera "jaula de oro", esto sin hablar ni siquiera de las segundas, terceras y ligas inferiores, comparándonos con sudamerica. La opulencia del mercado interno paga salarios que atrapan al joven deportista en una zona de confort: ¿para qué arriesgar el patrimonio o competir en ligas de mayor exigencia ganando menos, si la liga local ofrece certidumbre económica a los veinte años? A esta burbuja se suma la inflación artificial de precios. Cuando un club europeo muestra interés por un talento mexicano, los directivos exigen montos exorbitantes, provocando que el mercado internacional prefiera adquirir promesas en Sudamérica.

A esta barrera se añade la erradicación de los incentivos de competencia: la abolición del ascenso y descenso, los formatos de torneo que premian el desempeño mediocre y la desconexión de torneos continentales de alta exigencia como la Copa Libertadores. La liga profesional se transformó en un entorno protegido donde la falta de resultados no acarrea consecuencias graves mientras siga generando y los hinchas sigan alentando.

De nada servirá que el Estado garantice el derecho al deporte e identifique talento en cada municipio del país, si las cúpulas del fútbol profesional mantienen un mercado cerrado que encarece la excelencia.

El legado social del Mundial exige que la industria privada asuma una responsabilidad compartida con la sociedad: abaratar la salida de los jóvenes al extranjero, erradicar las trabas comerciales y anteponer la gloria deportiva sobre el confort financiero además todo eso lo que conlleva a fortalecer el desarrollo social y el distanciamiento de los carteles mexicanos con nuestras juventudes. Al apagarse las luces del mundial, la pregunta decisiva para el futuro del deporte nacional quedará abierta en el debate público: ¿estará la industria del fútbol dispuesta a reformar su modelo de negocio para ponerlo a la altura del talento que hoy florece en las calles de México?