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Máscaras, monopolios y geopolítica: por qué hay que leer la inteligencia artificial con desconfianza

Máscaras, monopolios y geopolítica: por qué hay que leer la inteligencia artificial con desconfianza

Por Ernesto Ángeles .

Estamos en medio de un proceso en el que la inteligencia artificial se está integrando como paradigma tecnológico en la sociedad, los ecosistemas y las personas; no obstante, este proceso es promovido por poderes con objetivos particulares, los cuales radican no sólo en la monetización o en hacer dependiente al mundo entero de sus productos y servicios, sino que implica la transformación de los sistemas del futuro y el lugar que ocuparían en él: política, finanzas, economía, ciberespacio, relaciones internacionales… así como sus instituciones, normas, estándares y demás elementos estructurales.

Por tanto, leer noticias, promesas, anuncios y peligros acerca de la IA usualmente esconde tras de sí intereses y jugadas con objetivos puntuales; por ejemplo, cuando empresarios dueños de empresas como OpenAI, Anthropic, X o Meta hablan de los riesgos para la humanidad de una súper IA y llaman a su regulación, el objetivo es presentarse como actores responsables y preocupados por los riesgos de sus productos. 

Sin embargo, esta estrategia de infundir miedo y presentarse como los salvadores usualmente sirve para otros fines, tales como: desviar la atención regulatoria de problemas más cercanos y tangibles o prometer a sus inversores una tecnología que ni siquiera se sabe si podrá ser posible. Además, si un producto es tan inestable y riesgoso, ¿por qué desarrollarlo en primer lugar? 

Esta clase de doble intencionalidad y mensaje parece ser la norma dentro del juego de máscaras, promesas y engaños en el que convirtieron al mercado de la inteligencia artificial, el cual, sumado a la condición de aceleración propia del capitalismo, el mundo digital y del empuje de la inteligencia artificial, trae consigo la necesidad de releer la realidad con una mirada más escéptica. 

Lo mismo sucede del otro lado del mundo, tal como con los modelos de IA de código abierto desarrollados y promovidos por China, los cuales siguen una estrategia similar a la de empresas como Uber en sus primeros años: absorben costos de infraestructura, bajan costos de producción por medio de la innovación y eso les permite volverse relevantes a nivel estructural, desplazando a otras opciones, tal como a los modelos de IA de costo de EUA; sin embargo, no es que esto vaya a durar para siempre o que se sostenga a través del tiempo, ya que el propio gobierno de China adelantó que revisarían la exportación de sus modelos de IA, incluidos los de código abierto.

No es que China tenga por objetivo central beneficiar a la humanidad o a los consumidores, sino que esa es la estrategia, el objetivo real radica en desplazar a Estados Unidos a la hora de establecer estándares, mercados, protocolos e instituciones a nivel internacional, aumentando sus capacidades de poder en el proceso. 

Lo mismo sucede con el argumento de EUA de luchar en contra de la tecnología china por ser un riesgo a la seguridad, cuando el conflicto de fondo es quien domina a la hora de vender productos, establecer mercados y lograr el liderazgo mundial; es por esto también por lo que las empresas estadounidenses han urgido al gobierno de Trump a aceptar y fomentar los modelos de IA de código abierto, aun cuando se venda como un intento de democratizar la tecnología.

En este enmascaramiento de narrativas nos encontramos con otros dos objetivos centrales: mientras que, del lado de China y Rusia, dos Estados que prefieren un ciberespacio internacional con restricciones y reglas, abogan por un ciberespacio más abierto, participativo y con instituciones; Estados Unidos, un autoproclamado luchador de la libertad y la democracia, opta por promover prácticas restrictivas, excluyentes y autoritarias.

Es por esto por lo que mientras que China y Rusia anuncian su intención de crear una institución internacional de IA, Estados Unidos promueve bloqueos comerciales y restricciones a las exportaciones.

Frente a este panorama, las respuestas regulatorias que han ensayado distintos bloques —el Reglamento de IA europeo, los intentos legislativos fragmentados en EUA o las normativas de control de datos en China— revelan visiones radicalmente distintas sobre qué es la inteligencia artificial: ¿una herramienta de mercado, una infraestructura crítica, un asunto de seguridad nacional, o los tres a la vez? Esa ambigüedad no es accidental; es explotada sistemáticamente por los actores con más recursos para moldear las reglas a su favor antes de que éstas cristalicen en instituciones.

Mientras tanto, la persona común queda atrapada entre narrativas contradictorias: la IA como liberación del trabajo rutinario y como destructor de empleo; como herramienta de creatividad democratizada y como motor de desinformación a escala industrial; como solución climática y como consumidora voraz de energía y agua.

Esta incomodidad no es producto de la complejidad del mercado de la IA, sino de la manera en que los intereses en pugna han colonizado el debate público, convirtiendo cada argumento técnico en un arma retórica. Aprender a navegar ese ruido es, hoy, una competencia tan urgente como leer una gráfica o entender un contrato.