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  • hace 18 horas
  • 15:05
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Mirar a los ojos al pueblo

Mirar a los ojos al pueblo

Por Maximiliano Tenorio Rojas

Tras consolidar una mayoría contundente en 2024, Morena se encuentra ante su verdadero examen de madurez política. Cuando un movimiento crece a pasos agigantados, el peligro principal no proviene de una oposición tradicional hoy desarticulada, sino de los riesgos que se incuban dentro de las propias filas. El gran desafío de nuestra generación es definir cómo gestionar la hegemonía sin perder la mística que nos dio origen

Nos toca una tarea dentro del movimiento verdaderamente humana que es la de coordinar a las brigadas que recorren las calles, vivo diariamente el pulso del territorio. Es ahí, bajo el sol y con los tenis empolvados, donde se entiende la verdadera dimensión de la Cuarta Transformación. La legitimidad de nuestro movimiento no nació en las cúpulas; nació en las banquetas, escuchando el sentir de la gente y mirando a los ojos al pueblo. El "casa por casa" no es una estrategia electoral; es nuestro cordón umbilical con las demandas de los más vulnerables. 

Para entender lo que estamos obligados a proteger, jamás debemos olvidar el país que recibimos. La identidad de Morena se construyó sobre la indignación frente a un viejo régimen podrido por la corrupción institucionalizada: la era de la Estafa Maestra, el caso Odebrecht, el saqueo de líderes sindicales y el dolor de una fallida "guerra contra el narco" que ensangrentó nuestras regiones. El pueblo nos dio su confianza para desmantelar ese sistema de simulación.

Sin embargo, hoy nos encontramos en un escenario inédito: el fundador de nuestro movimiento, Andrés Manuel López Obrador, ya no está en la conducción diaria del país ni del partido. Sin su liderazgo carismático operando como el gran árbitro y escudo moral, el blindaje de Morena depende exclusivamente de la congruencia de sus cuadros y de la solidez de sus estructuras colectivas

Es en esta transición donde debemos ser autocríticos. El crecimiento vertiginoso del partido ha propiciado la llegada de perfiles provenientes de la vieja política. Si bien el movimiento es incluyente, no podemos pecar de ingenuidad. Muchos de estos actores arrastran consigo los peores vicios del pasado: la opacidad, el beneficio personal, el "colmillo retorcido" orientado a la negociación cupular, e incluso sospechas de malas prácticas en el plano local. No podemos permitir que, por un cálculo de rentabilidad electoral inmediata, se entreguen los espacios a quienes representan aquello que prometimos destruir.

En las regiones, la ciudadanía hoy está más despierta y exigente que nunca. Cualquier vacío ético que dejemos será disputado por fuerzas emergentes locales como el movimiento independiente del "sombrero" o la oposición compuesta por las grandes empresas de los medios de comunicación que buscan capitalizar los desencantos en temas estructurales como la seguridad, la salud o la educación. Aunque estas expresiones carecen de una propuesta real y de fondo para transformar al país, se alimentan de tragedias y problemáticas sociales; traficando con ellas.

Para neutralizarlas, la respuesta de Morena no puede ser el pragmatismo, sino el blindaje de sus espacios a través de la formación política y la confianza decidida en los nuevos liderazgos y el relevo generacional. Quienes coordinamos el trabajo a ras de suelo tenemos la obligación de ser los guardianes de esa esencia. Al final del día, la política solo es digna cuando se convierte en servicio, y la única forma de no perder el rumbo en esta nueva etapa es nunca dejar de mirar a los ojos a la gente. Ante la ausencia del gran líder histórico, la pregunta que nos queda por responder es: ¿seremos capaces de sostener el legado con la fuerza de nuestras propias convicciones?