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Mujeres de la cámara, encuentro de fotógrafas en Zacatecas

Mujeres de la cámara, encuentro de fotógrafas en Zacatecas

Por Nieves R. Méndez

Aunque nos resulte sorprendente, las mujeres estuvieron detrás de la cámara desde los primeros años en que la fotografía fue introducida en México. Algunas hicieron del oficio una forma de vida, otras encontraron en la imagen una manera de registrar su entorno, su familia, su comunidad o los cambios de un país que entraba en la modernidad; sin embargo, sus nombres no siempre ocuparon el lugar que correspondía a su trabajo.

Una investigación pionera sobre estas artistas (“Fotógrafas en México. 1872-1960”) hecha por el maestro José Antonio Rodríguez y publicada en 2012, identificó a más de doscientas mujeres vinculadas profesionalmente con la fotografía cuya obra permaneció dispersa en archivos, colecciones privadas, periódicos y otras publicaciones de la nación. 

Entre ellas están algunas figuras fundamentales de la fotografía mexicana: Lola Álvarez Bravo quien construyera una obra que atravesó el fotoperiodismo, Ruth D. Lechuga que dedicó buena parte de su trabajo a registrar las culturas indígenas y populares, Mariana Yampolsky que dejó un extenso archivo sobre la vida cotidiana o Tina Modotti quien introdujera la vanguardia al ámbito fotográfico nacional. Pero, también, existen tantas otras menos conocidas, nombres como Irma M. Aguilar, Rosario C. de Bañuelos, María M. Alatriste o Natalia Baquedano; pioneras que instalaron y dirigieron los primeros estudios fotográficos en México durante el siglo XIX. 

La experiencia de unas y otras, nos indica quién ha tenido la posibilidad de mirar y de decidir qué merece ser fotografiado. Nos permite reflexionar cuánto se puede conservar de la perspectiva de quien mira, condicionada, por mucho tiempo, por la presencia masculina en los espacios de formación, publicación, exhibición y reconocimiento. Por eso es tan necesario comenzar a abrir esos espacios a las mujeres, así como a la visibilización de su trabajo; no solo para que deje de ser una cuestión pendiente sino para que forme parte de la memoria visual colectiva del país.

El Encuentro de Fotógrafas de Zacatecas reunió este fin de semana a creadoras y especialistas en torno a la fotografía. La cita, además de poner en circulación nuevas obras y distintas maneras de entender la imagen, recuperó la memoria sobre quiénes fueron las mujeres que sostuvieron una cámara y construyeron, desde ella, otra forma de mirar México. El hecho de que el encuentro tenga como escenario una fototeca resulta también significativo ya que los archivos guardan fotografías y todas las preguntas que aquellas, como documentos, formulan a quien las observa: ¿quién tomó aquellas imágenes?, ¿por qué llegaron hasta nosotros?, ¿quién las conservó?, ¿cuáles de esas fotografías se conservaron y cuáles se perdieron?, ¿qué autoras permanecieron en silencio a pesar de haberse conservado su obra? Porque entendemos que México tiene una relación particularmente intensa con la fotografía y que buena parte de esa memoria visual moderna ha sido construida a través de imágenes que nos han ayudado a conocer no solo el país sino también a algunos de sus grandes fotógrafos. 

Y hablo de fotógrafos (con “o”) porque si habláramos de fotógrafas (con “a”) entenderíamos aquello que Susan Sontag escribió en su libro “Sobre la fotografía” (1977), en referencia a que fotografiar es apropiarse de lo fotografiado, convertir el mundo en una colección de imágenes después de observar que tal forma de apropiación viene cuando se es capaz de establecer una posición frente a mundo.

Es la experiencia femenina que no deja de ser una experiencia social (nunca una mirada) consolidada a partir de las relaciones que se establecen con aquello que se representa en las imágenes y que, en la mayoría de las ocasiones, los fotógrafos (con “o”) no habrían considerado digno de atención. Me refiero a la intimidad, al hogar, a la maternidad, a las tareas domésticas, al cansancio, a la espera, a las relaciones de cuidado, etc.; porque, aunque las mujeres lucharon durante décadas por su derecho a ocupar el otro lado de la cámara, a mirar, a seleccionar, a interpretar y a decidir qué parte del mundo merecía convertirse en una fotografía; cuando pudieron hacerlo, nunca representaron lo que aquellos, nunca miraron el mundo de aquella manera (cuerpos tratados como paisajes, espejismos de deseo fugaz) sino que decidieron mostrar aquel instante de extraordinaria ternura que sostenía la vida.

No deseo con esto reemplazar una verdad histórica por otra ni afirmar que las mujeres poseen una mirada más auténtica, porque no lo creo. Solo me gustaría abrir una reflexión sobre el hecho de que nuestra memoria visual seguirá incompleta mientras todas estas artistas permanezcan fuera de las colecciones que se construyen en los museos y de las imágenes con las que el país piensa su propio pasado.

Quizá por esto el encuentro de Zacatecas sea tan importante, no solo por reunir a fotógrafas y especialistas del medio y por poner en común sus trabajos, sino también por recuperar trayectorias que durante años permanecieron dispersas; ampliando, así, el relato de la fotografía mexicana. Al fin y al cabo, ¿no va de esto la recuperación de la memoria visual? Decidamos entonces, como sociedad, volver a mirar.