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  • hace 1 hora
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CDMX, “La capital mundial de la alegría futbolera”

CDMX, “La capital mundial de la alegría futbolera”

Por Jenaro Villamil Rodríguez

-¿Y usted por qué eligió viajar a la Ciudad de México en este Mundial 2026? -le preguntó un joven reportero a un turista colombiano, fascinado con la algarabía alrededor de la explanada de Bellas Artes.


-¡Por que esta es la capital mundial de la alegría futbolera! -respondió sin dudar el paisa que viajó solo y se encontró con una multitud que lo abrazó, le echó espuma y lo integró a la celebración tras la victoria 1-0 de la selección mexicana de futbol contra Corea.
 

Estas y otras expresiones similares han llenado las redes sociales con testimonios de visitantes de todo el mundo en la Ciudad de México. Los alegres coreanos, los europeos, los árabes y hasta los herméticos japoneses se contagian de la cultura del relajo que define el ser social de los capitalinos. 
 

No ven TV Azteca ni escuchan las estridentes amenazas de caos apocalíptico que anunciaron los conductores radiofónicos en el Mundial 2026. Ellos están fascinados con México. Y saben que aquí no hay policías migratorios persiguiéndolos ni arrebatos violentos de los hinchas futboleros.
 

Si algo les queda claro a propios y extraños  es que la alegría futbolera en la Ciudad de México no es de plástico como en Disneylandia. Aquí los patos sí caminan entre la gente, los toros salen a las avenidas, los jóvenes se creen en la lucha libre y se avientan felices desde las estatuas centenarias de la Avenida Reforma. Aquí cientos de miles de personas han logrado expropiar el espectáculo televisivo del futbol para transformarlo en un ritual social de la alegría. 

Nunca más un Mundial propiedad del PRI, de Televisa o de la Santa Alianza de las derechas amargadas.
 

Tan sólo en la Ciudad de México se calcula que más de 700 mil personas salieron a las calles este18 de junio tras la victoria mexicana frente a Corea a celebrar no sólo una victoria futbolera sino una liturgia del relajo, que tanto asusta a la “gente bien” capitalina y que los sociólogos de café y los comentaristas de estudios mediáticos prefieren ridiculizar antes que vivirla. 
 

Lo ocurrido entre el jueves 11, Día de la Inauguración, y el jueves 18 de junio, Día de la Clasificación de México, es la toma multitudinaria, festiva y con un sorprendente saldo blanco del epicentro de nuestra República Futbolera: el Angel de la Independencia.
 

Lo marginal se colocó en el epicentro de la Avenida Reforma, diríamos parafraseando a Carlos Monsiváis, que este 19 de junio cumplío 16 años de ausencia entre nuestros rituales del caos. 
La “Noche Popular” surgió en la Ciudad de México entre 1990 y 1991  y en este 2026 se ha convertido en el tono de la celebración masiva más genuina e impredecible de los últimos años. 
 

“En la noche popular el público está dispuesto a otras experiencias, no se perturba con facilidad ni se escandaliza por su falta de pudor. Lo que quiere es acción. Y no cree en sensaciones de culpas ajenas a las generaciones por la cruda”, escribió Monsiváis en su espléndida crónica sobre el concierto de El Sonido de la Changa, el primer grupo sonidero en trascender del famoso salón Century de Ciudad Neza a las colonias de la periferia capitalina en 1991 (Los Rituales del Caos, ERA, 1995).
 

“El Sonido la Changa, el más antiguo o el más notorio en su género, es el gran taladro auricular o, mejor, es la ofensiva que disipa el tono crepuscular del Valle de México gracias a lo que resiento como santa alianza de sirenas de ambulancias, alaridos de manifestación exasperada, descarga de locutor deportivo (empecinado en que la palabra GOOOOOOL sea su ariete contra toda muralla de Jericó), sinfonías del cláxon en embotellamiento de seis horas, concierto de mil grupos de heavy metal en un solo cuarto de hospital”, cronicó hace treinta años Monsiváis.
 

Tres décadas después los sonideros han tomado por derecho propio el epicentro de la alegría futbolera y social en la Ciudad de México.
 

Y todo el espectáculo que antes se consideraba “marginal” se transforma en el tono dominante de la celebración: las cascaritas callejeras, la lucha libre, las “aventadas”, la cumbia al ritmo coreano o hasta la Chona con sabor colombiano.
 

Hacia la Glorieta del Angel acuden ríos imparables de gente, de carros, motocicletas, triciclos, patines, carreolas y hasta no pocas sillas de ruedas de las múltiples familias, tribus, amigos, y solitarios que van a disfrutar la expropiación social del espectáculo futbolero y la resignficación del nacionalismo en clamorosas porras de alegría.
 

Familias enteras de las periferias toman por asalto la antes aristocrática Avenida Reforma y la transforman en salón de baile, corredor de garnachas, cantina al aire libre, fumadero canábico, ritual sonidero, fusión de transbordo del Metro Pantitlán con pista de baile del Salón Los Angeles.
 

Y todos peregrinamos al epicentro de la alegría porque ahí está el bailongo y la acción: ricos, pobres, jóvenes, adolescentes, niños, abuelos, vendedores ambulantes, payasos, acróbatas, celebridades del barrio, preparatorianos, doctorantes, extranjeros, sobre todo, los colombianos que han adoptado también a la Glorieta del Angel.
 

La ciudad más alegre del mundo es ahora la ciudad de las masas que se protegen a sí mismas. Aquí lo único prohibido es el agandalle y la Ley del Más Fuerte vale madre. El único VIP existente es el que cada quien trae en su cabeza. 
 

Aquí la FIFA no cuenta, la CNTE no bloquea, las causas perdidas se integran y las causas ganadas se transforman en relajo, la inhibición masificada de las juventudes que se apropian de un momento único, eléctrico, lluvioso, ruidoso, de color verde y con miles de banderas, banderas por todos lados y luces de la Patria que nunca más será arrodillada.