A los mexicanos nos dicen mágicos como decir sorprendente, azaroso, barroco y metafísico.
Por tradición centenaria, nos encomendamos a La Virgen en cualquier circunstancia difícil; creemos en los milagros porque “sólo un milagro” nos da la victoria; “juramos” para empujar a la voluntad y sólo así cumplimos como redención de nuestros vicios y defectos. Estas y otras actitudes pueden ser “mágicas” o forman parte de una profunda tradición por los rituales y la fe de un pueblo que sintetizó milenarias creencias.
Sin embargo, también hay otra forma de magia entre los mexicanos. Esa magia es festiva, alegre, confianzuda, burlona, musical, bulliciosa, goza del relajo por el relajo, es explosiva, sonriente, pletórica y displicente. En el relajo, todo se vale.
Muy pocas veces podemos constatar este tipio de “magia” de manera tan intensa, masiva, y pacífica como la ocurrida durante las tres celebraciones de las victorias al hilo de la Selección Mexicana de Futbol. Bien lo sabemos quienes traemos en la memoria las añejas decepciones frente al desempeño de la Selección en los Mundiales de la FIFA.
Nuestro mismo pensamiento mágico nos lleva a creer y a sentir ahora que “se rompió la maldición” que no es la de la Malinche sino la de la Selección Mexicana de Futbol.
Siendo racionales podemos decir que más que el fin de una maleficio lo que está ocurriendo en las calles, en las plazas, en las redes y en el Estadio Azteca es la combinación de tres cambios simultáneos: un cambio generacional en la afición y en los mismos jugadores; un cambio de contexto anímico en el pueblo mexicano que está provocando un orgullo real y no impostado por nuestra propia voluntad de ser triunfadores; y un cambio deportivo real en el seno de la Selección Mexicana, comandada por Javier Aguirre, El Vasco.
No es necesario ser un conocedor del futbol para percibir claramente que los jóvenes, muy jóvenes integrantes de la Selección Mexicana, tienen espíritu de triunfo y de equipo muy distinto a la de otros alineamientos; son competidores y competitivos; ya no juegan a ser unos “ratones verdes” sino unas gacelas en la cancha.
Esto ocurre en un momento generacional único para México. Hay un cambio de época, un cambio de momento y un mejor contexto nacional, que explican el cambio de ánimo social.
El cambio de época se observa de inmediato en estas tres celebraciones: ¿cómo acudimos tantos a celebrar y a festejar sin miedos, resentimientos o frustraciones?
La afición futbolera en México se ha feminizado de una manera tan acelerada como sorpresiva. Y eso se confirma todo el tiempo en los Fan Fest, en el Zócalo, en el Angel de Reforma, en la Minerva de Guadalajara, en las plazas de Monterrey, en los programas deportivos, en los influencers de las redes y entre el relajo socialmente expansivos. Están más convencidas las mujeres jóvenes del avance de la Selección Mexicana que los tradicionales aficionados varones. Entre ellas surgió esta expresión tan extendida: “Y si, sí?”.
Y también cambió el contexto nacional. No es un Mundial en tiempos del poder unívoco de Televisa ni el Mundial de las ceremonias priistas del 70 y del 86. El Mundial del Futbol es el gran detonador del orgullo de la identidad mexicana. Nadie quiere ser gringo en un Mundial. Y mucho menos, como le gritaron en el Estadio Azteca al dueño de TV Azteca, aceptamos a los entreguistas y promotores de una injerencia del trumpismo. ¿Alguien ha visto algún admirador de Trump entre las masas?
Por la propia magia festiva de los mexicanos decidimos adoptar a un pato ambulante como mascota del pueblo en el Mundial (además, un pato con nombre del mago Merín y vestido con la playera de la Selección); por la misma razón nos burlamos de la indignación de los medios masivos frente a la “ajolotización” chilanga y no pocos jóvenes deciden enlodarse con Tlaloc en los charcos de las avenidas. Si no puedes contra el señor de la Lluvia, mejor súmalo a tu fiesta.
Hay cientos, quizás miles de videos, reels, fotografías, selfies y memes on line que constatan que “está de moda” ser mexicano en las calles del propio país festejando las victorias.
Hay un cambio de ánimo social. Como si saliéramos de una pandemia o de algo peor: la sensación inducida de una vulnerabilidad extrema ante Estados Unidos.
Los protagonistas son las nuevas generaciones. Son los jóvenes que no vivieron los fraudes del 2006 y mucho menos la del 88. No añoran al prianismo y se burlan colateralmente del morenismo, pero en esencia son apartidistas, y respetan el pacto social de primeros los aficionados y después los privilegiados.
“Y si, sí?” se escucha en las calles, se lee en las redes, se transmite de boca en boca como un mantra típico de los jóvenes ante la certeza creciente de la victoria. Una victoria que desborda la cancha y hasta el marcador oficial de la FIFA. Es la victoria por la alegría de este momento.