Hace más de treinta años, en la época dorada de Los Simpson, la serie se burló de la capacidad de los medios de comunicación para encumbrar personajes: una simple “inerte barra de carbón” terminaba en la portada de la revista Time bajo el titular “In Rod We Trust”, aclamada en desfiles multitudinarios como la salvadora de una nación. Lamentablemente, la realidad ha superado a la ficción. Hoy, mediante la tiranía del algoritmo y el poder de sus aportaciones millonarias en campañas electorales, las Big Tech son capaces de sentar en la silla presidencial de cualquier país a una inerte barra de carbón.
No tienen ideas, ni trayectoria, ni empatía, ni capacidad de gobernar. Son, literalmente, materia inanimada. Sin embargo, gracias a los algoritmos de recomendación, los candidatos ya no necesitan un programa de gobierno ni consistencia intelectual; basta con granjas de bots y microsegmentación publicitaria para tomar a cualquier barra inerte y convertirla en un héroe libertario, un fenómeno de barrio o el mesías predestinado a salvar al país del colapso.
Para que la barra inerte triunfe, el juego electoral se manipula en dos direcciones. Por un lado, la inyección obscena de capital y el control discrecional de la plataforma. Elon Musk demostró cómo transformar su propia red en el megáfono personal de su Super PAC, volcando 276 millones de dólares para inclinar la balanza a favor del Partido Republicano. Por el otro, la asfixia selectiva del adversario, como revelaron las filtraciones de la abogada Nadia Beller, operadores como Fernando Cerimedo,conectado con Brad Parscale y los engranajes del trumpismo, articularon con el clan Bolsonaro presuntas coordinaciones para intervenir en Meta. El resultado en Brasil fue que en plena campaña el equipo de Lula da Silva sufrió el congelamiento intempestivo de cuentas publicitarias y el estrangulamiento de su alcance en WhatsApp e Instagram. Cuando la barra de carbón no convence por sí sola, Silicon Valley simplemente apaga el micrófono del rival.
En aquel capítulo de Los Simpson, Homero en el espacio, quien arriesgó la vida, sostuvo la compuerta del transbordador y resolvió la crisis de la misión fue Homero, un miembro de la clase trabajadora con todos sus defectos. Sin embargo, el aparato mediático y las élites de la NASA prefirieron presentar como héroe a un objeto antes que a un obrero.
Ese es el trasfondo más perverso de la era digital. Mientras los trabajadores enfrentan la precariedad salarial, el deterioro de los servicios públicos y la inflación, los algoritmos los reducen a meros consumidores de dopamina y pánico moral, convenciéndolos de ovacionar a objetos inertes que jamás defenderán sus intereses materiales.
En la televisión, la misión espacial es una farsa cómica donde la suerte de Homero salva a la tripulación. Pero gobernar un país no es un guion animado. Cuando una democracia renuncia a su soberanía y entrega sus elecciones al laboratorio de intoxicación de un puñado de corporaciones, el transbordador colectivo entra en caída libre sin nadie al volante. Y cuando el impacto contra el suelo sea inevitable, los dueños de los servidores no pagarán la cuenta; la pagarán los pasajeros que iban en la bodega.