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Brasil, Brasil y Brasil

Brasil, Brasil y Brasil

Por Erick Reyes

Las elecciones realizadas este domingo 4 de octubre dejaron un resultado que no puede pasar como inadvertido para la izquierda latinoamericana. Luiz Inácio Lula da Silva, uno de los principales referentes políticos durante las últimas dos décadas, no terminó la primera vuelta en primer lugar. Flávio Bolsonaro alcanzó alrededor del 47% de los votos válidos, frente a cerca del 45% de Lula. Más de 56 millones de brasileños votaron por Bolsonaro y alrededor de 53.8 millones por el actual presidente: una diferencia cercana a 2.2 millones de votos. Ninguno alcanzó la mayoría absoluta y ambos volverán a enfrentarse el próximo 25 de octubre.

Pero, ¿qué pasó en Brasil? Flávio Bolsonaro no sólo es senador y candidato del Partido Liberal: es hijo de Jair Bolsonaro, expresidente condenado a 27 años y tres meses de prisión por intentar impedir la transición democrática después de su derrota en 2022. Jair comenzó a cumplir esa sentencia en noviembre de 2025. Sin estar en la boleta, su apellido volvió a ocupar el centro de una elección presidencial. El resultado nos deja algo muy claro: el bolsonarismo y la extrema derecha están lejos de desaparecer. A pesar de la condena de su fundador, consiguió convertirse en una identidad política capaz de sobrevivir y ser la preferida en esta primera vuelta.

La elección tampoco puede entenderse mirando únicamente la Presidencia. Brasil renovó las 513 diputaciones federales y 54 de los 81 escaños del Senado, es decir, dos terceras partes de la cámara. La derecha y la centroderecha llegaron a la elección con una presencia ya considerable en el Congreso y los primeros resultados muestran un fortalecimiento de candidaturas, particularmente en el Senado, en donde aparece la  profundización de un Legislativo fragmentado, pero con un peso conservador dominante.

¿Qué explica entonces el resultado? En las encuestas previas a la elección aparecieron tres preocupaciones que ayudan a entender el escenario: costo de vida, corrupción y seguridad pública. Esto resulta especialmente importante porque algunos indicadores económicos habían mejorado durante el gobierno de Lula, incluidos el desempleo y la desigualdad, pero esas mejoras convivieron con preocupación por los precios y el bajo crecimiento. Un gobierno no es evaluado únicamente a través de indicadores macroeconómicos; lo fundamental es como la población experimenta diariamente los precios, el empleo, la seguridad y sus expectativas sobre el futuro.

La religión constituye otra pieza de este rompecabezas. El Censo de 2022 contabilizó 47.4 millones de personas evangélicas de 10 años o más, equivalentes al 27% de la población de esa edad. Es un peso político imposible de ignorar. En la última encuesta de Datafolha antes de la elección, Flávio Bolsonaro alcanzaba 52% de intención de voto entre los evangélicos, mientras Lula obtenía 50% entre los católicos. Al mismo tiempo, otras mediciones mostraban que el rechazo al Partido de los Trabajadores seguía movilizando a una parte relevante de las comunidades evangélicas, aun cuando Flávio no generaba necesariamente el mismo vínculo que su padre. 

Lula conserva una base social importante: antes de las elecciones mostraba mayor apoyo entre los sectores de menores ingresos, entre personas con menor escolaridad, mujeres y población negra, además de mantener una ventaja considerable en el Nordeste. Flávio, por el contrario, mostraba mayor fortaleza entre hombres, electores de mayores ingresos, evangélicos y habitantes del Sur. Sin embargo, los sectores bolsonaristas fueron suficientes para producir algo que muchas encuestas no anticiparon con esta magnitud: Bolsonaro terminó la primera vuelta por delante del presidente. Reuters señala que su resultado superó las previsiones de la mayoría de los sondeos privados.

Quizá esa sea una de las lecciones más importantes de Brasil. La derecha brasileña no gano solamente porque conservara electores fieles a Jair Bolsonaro. Logró construir una narrativa alrededor de inseguridad, valores religiosos, rechazo al PT, insatisfacción económica y demanda de cambio. Frente a ella, los avances sociales o económicos de un gobierno pueden resultar insuficientes si no logran convertirse también en una explicación convincente de la realidad cotidiana. Las elecciones no solo se ganan con políticas públicas, sino que también con emociones, identidades y relatos capaces de explicar quién es responsable de los problemas y quién promete resolverlos.

Brasil llegará así al 25 de octubre profundamente dividido. La primera vuelta ya dejó una conclusión:  el bolsonarismo no era solamente Jair Bolsonaro y su bloque, ahora su bloque se convirtió en una fuerza política con representación social, religiosa, territorial y legislativa propia. Para la izquierda brasileña —y probablemente para las izquierdas latinoamericanas— el desafío no consiste únicamente en preguntarse cómo derrotarlo electoralmente, sino en comprender por qué millones de ciudadanos continúan encontrando en proyectos de derechas, una respuesta a sus preocupaciones y cómo un gran atractivo electoral.