¿Hemos advertido alguna vez, al contemplar las parejas suspendidas en el cielo de Marc Chagall, la adoración que sintió por su esposa, Bella? ¿Hemos mirado las flores de Georgia O’Keeffe preguntándonos qué parte de aquella sensualidad pertenece a la intensa relación que mantuvo con Alfred Stieglitz? ¿Y los retratos de Helena Fourment pintados por Rubens? ¿Los hemos contemplado como magníficos retratos barrocos o hemos sabido reconocer en ellos la mirada de un hombre fascinado por la mujer que tenía delante?
¿Qué sucede cuando sabemos que Tamara de Lempicka conoció a Rafaela en un parque de París en 1927 y que aquella mujer se convirtió en amante y modelo de algunas de sus imágenes más sensuales? ¿Qué estamos viendo realmente cuando contemplamos sus cuerpos? ¿Seguimos viendo la geometría, el art déco, la sofisticación de una época, o podemos percibir también la pasión que había entre ambas? ¿Y qué tal Filippo Lippi y Lucrezia Buti? ¿Qué significa contemplar las obras de un fraile del siglo XV cuando sabemos que detrás de aquella relación existió un amor clandestino entre el pintor y una monja? ¿Puede una historia de amor atravesar cinco siglos y modificar la manera en que miramos una pintura?
¿Por qué no nos enseñaron a mirar eso cuando estudiamos Arte? Nos enseñaron a identificar estilos, fechas, técnicas, escuelas; a distinguir el Renacimiento del Barroco, el Romanticismo de las vanguardias; a reconocer una pincelada, una composición, una perspectiva. Sabemos que todo eso es imprescindible, sin duda, pero también nos faltó cuestionarnos quién estaba al otro lado de la mirada del artista y entender que el arte no ocurre fuera de la vida sino dentro de ella.
Por eso resulta tan estimulante encontrarse con un libro como “El amor a través del arte” de Nick Trend que nos invita a revisitar ciertas obras no solo ya desde la crítica sino desde la intimidad en la que fueron creadas para devolverles parte de la humanidad que perdieron cuando se convirtieron en monumento expositivo. El libro puede leerse como un paseo por los amores que estuvieron detrás de algunas de las grandes obras que hoy contemplamos en los museos y, asimismo, como una invitación a volver a mirar porque, después de conocer su historia afectiva, esos cuadros dejan de ser los mismos.
Aun más allá, después de haberlo leído, me ha hecho pensar en todo lo que no nos enseñaron a mirar, la ternura, por ejemplo, que de igual forma ha producido infinidad de imágenes: el gesto de una mano sobre otra, una mirada que no necesita representar poder, un cuerpo despojado de deseo, convertido en refugio; la intimidad de dos personas que se reconocen, la quietud de alguien que contempla a quien ama.
Debemos, pues, enseñar a mirar un arte más vivo, uno que no termine en la vitrina de los museos. Un arte que nos devuelva a las cocinas, a las habitaciones, a las cartas, a los cuerpos, a las despedidas. Un arte que nos permita entender que quien pintó esos retratos sentía tal vez un amor profundo, que quien esculpió un cuerpo fue porque pudo acariciarlo primero, que quien escribió un poema fue porque pudo recibir un mensaje de amor, que detrás de cada obra que hoy consideramos inmortal hubo, acaso, una vida que fue extraordinariamente mortal e imperfecta.
La ternura, el amor en el arte no es un asunto pequeño, todo lo contrario. Son, quizá, dos de las formas más antiguas y poderosas que tenemos de relacionarnos con el mundo. Y si el arte nace de la necesidad humana de mirar, recordar, representar y transformar aquello que vivimos, resulta difícil comprender por qué deberíamos dejarlos fuera de su historia.
Así es como el arte sigue vivo y, tal vez, estudiar Arte debería enseñarnos también a mirar eso.