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Cuauhtémoc Cárdenas: la esfinge que supo ver el futuro

Cuauhtémoc Cárdenas: la esfinge que supo ver el futuro

Por Milo Montiel Romo

Hay momentos en la historia de los pueblos en los que el camino se bifurca y obliga a sus protagonistas a tomar decisiones que habrán de marcar el destino de generaciones enteras. Son momentos en los que algunos optan por la comodidad del poder, por la resignación o por el silencio, mientras otros deciden enfrentar las circunstancias y abrir nuevos caminos, aun cuando ello signifique renunciar a privilegios, enfrentar la adversidad o arriesgar la propia vida.

Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano pertenece a esa estirpe de mexicanos que, frente a una encrucijada histórica, decidieron cambiar el rumbo de nuestra patria.

Su fallecimiento nos obliga a mirar hacia atrás, no solamente para reconocer su trayectoria, sino para comprender la dimensión de sus aportaciones a la construcción democrática de México. Porque la historia de nuestro país no puede explicarse sin su participación en uno de los procesos políticos más importantes de las últimas décadas: el desmantelamiento del viejo régimen de partido hegemónico y la apertura de los espacios de participación política que hicieron posible la alternancia en el poder.

La elección presidencial de 1988 marcó un punto de ruptura en nuestra historia contemporánea. Millones de mexicanos que habían permanecido excluidos de las decisiones nacionales encontraron en Cuauhtémoc Cárdenas una alternativa frente al autoritarismo de un sistema que había convertido las instituciones públicas en instrumentos de conservación del poder.

Aquella elección, marcada por las denuncias de fraude electoral y por la célebre caída del sistema, evidenció el agotamiento de un régimen que ya no podía sostener su legitimidad solamente mediante el control político y electoral.

Cárdenas pudo haber encabezado un movimiento de confrontación. La indignación popular, el descontento y la movilización social ofrecían condiciones para ello. Sin embargo, eligió el camino de la organización política, de la movilización pacífica y de la construcción institucional.

No significó aceptar la derrota ni renunciar a sus convicciones. Por el contrario, implicó transformar la indignación en organización y convertir la protesta en una lucha permanente por la democracia.

Aquel hombre de carácter reservado, al que llamaban la Esfinge por su aparente hermetismo, demostró una serenidad que, vista desde la distancia histórica, adquiere una dimensión política extraordinaria. Su respuesta ante el agravio no fue el abandono de la lucha, sino la construcción de una alternativa que habría de modificar profundamente la vida pública nacional.

De esa convicción surgió el Partido de la Revolución Democrática, que durante años representó una de las principales expresiones de la izquierda mexicana y abrió espacios institucionales a numerosas organizaciones sociales, movimientos populares y corrientes políticas que habían enfrentado al régimen autoritario.

Pero aquella lucha estuvo lejos de ser pacífica por parte del poder.

Durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, cientos de militantes perredistas fueron asesinados en un contexto de represión y violencia política. Hombres y mujeres que encontraron la muerte por ejercer sus derechos y defender sus convicciones democráticas.

No debemos olvidarlo. Las libertades políticas de las que hoy disfrutamos no surgieron de la generosidad de quienes gobernaban. Fueron resultado de décadas de resistencia, organización y sacrificio de generaciones de mexicanos que se enfrentaron a un Estado que, como llegó a expresar Salinas de Gortari respecto de sus adversarios, ni los veía ni los oía.

Cuauhtémoc Cárdenas encabezó una parte fundamental de aquella generación. Su liderazgo contribuyó a abrir el camino hacia la pluralidad política, las reformas electorales y la construcción de instituciones destinadas a garantizar que la voluntad ciudadana se reflejara en las urnas.

¿Cómo imaginar al México contemporáneo sin su paso por la vida pública? ¿Cómo explicar la transición democrática sin recordar a quienes llenaron las plazas, defendieron los votos y enfrentaron un sistema que se resistía a perder sus privilegios?

El ingeniero Cárdenas fue heredero de una tradición política vinculada al nacionalismo revolucionario y a la justicia social que representó su padre, el general Lázaro Cárdenas del Río. Pero tuvo también el mérito de construir una identidad política propia y de responder a los desafíos históricos de su generación.

Si el general Cárdenas transformó las estructuras económicas y sociales del país mediante la reforma agraria, la defensa de la soberanía y la expropiación petrolera, Cuauhtémoc contribuyó a transformar las condiciones políticas para ampliar la participación democrática.

Su legado no está exento de contradicciones, como tampoco lo está la historia de la izquierda mexicana. El partido que ayudó a fundar terminó enfrentando profundas divisiones, conflictos internos y un desgaste que lo llevó a perder buena parte de su representación política. Sin embargo, esas circunstancias no disminuyen la trascendencia de su aportación histórica.

Por el contrario, obligan a reconocer que los movimientos políticos trascienden a sus fundadores y que la congruencia, la democracia interna y la fidelidad a los principios constituyen desafíos permanentes para cualquier organización que aspire a representar las causas populares.

Hoy, cuando hablamos de las transformaciones que vive nuestro país, debemos reconocer que ninguna surgió espontáneamente. Las victorias del presente son resultado de las luchas del pasado. Detrás de cada conquista democrática existe una larga historia de resistencia, de derrotas que no doblegaron voluntades y de hombres y mujeres que mantuvieron vivas sus convicciones incluso en las circunstancias más adversas.

En esa historia, Cuauhtémoc Cárdenas ocupa un lugar fundamental.

Su trayectoria también nos recuerda que la política no puede reducirse a la disputa por los cargos públicos ni a la acumulación de poder. La política adquiere su verdadera dimensión cuando se convierte en un instrumento para transformar la realidad y construir instituciones capaces de trascender a sus protagonistas.

Cárdenas fue tres veces candidato presidencial. Nunca llegó a ocupar la Presidencia de la República. Sin embargo, en 1997 se convirtió en el primer jefe de Gobierno del entonces Distrito Federal electo por voto popular, una victoria que representó otro momento decisivo en la democratización del país.

Pero su mayor aportación no puede medirse solamente por los cargos que ocupó ni por las elecciones que ganó o perdió.

Su legado se encuentra en las condiciones políticas que ayudó a construir para que millones de mexicanas y mexicanos pudieran ejercer sus derechos, organizarse libremente y decidir mediante el voto quién debía gobernarlos.

La muerte de Cuauhtémoc Cárdenas representa la partida de uno de los protagonistas de la transformación democrática de México. Pero también constituye una oportunidad para recuperar una lección que parece particularmente necesaria en nuestros días: la congruencia entre las palabras y los actos, la defensa de los principios y la capacidad de anteponer las causas colectivas a las ambiciones personales.

Porque la historia no se construye solamente con las victorias. También se construye con las derrotas que no doblegan, con las convicciones que resisten y con las decisiones que abren caminos para las generaciones futuras.

Hay hombres que ocupan el poder y pasan por la historia. Y hay hombres que, sin alcanzar la Presidencia, cambian el curso de la historia.

Cuauhtémoc Cárdenas pertenece a estos últimos.

Su nombre permanecerá ligado a una generación que luchó para que México dejara atrás el autoritarismo y avanzara hacia una vida pública más democrática.

Su ejemplo nos recuerda que los cambios verdaderamente profundos no son obra de un solo hombre ni de una sola generación, sino el resultado de una lucha colectiva que debe mantenerse viva.

Descanse en paz, ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano.