Donald Trump no aparecerá en la boleta electoral este martes 3 de noviembre, pero Estados Unidos estará votando sobre él. Las elecciones intermedias renovarán los 435 escaños de la Cámara de Representantes y 35 del Senado definirán buena parte del equilibrio político del país vecino. En juego no está únicamente quién tendrá la mayoría en el Congreso, sino cuánto poder tendrá Donald Trump durante los últimos dos años de su presidencia y qué contrapesos existirán frente a él. Históricamente, las elecciones intermedias funcionan precisamente como un referéndum sobre el gobierno en turno.
Bernie Sanders lo calificó como “la elección de medio término más importante en la historia moderna de este país”, argumentando que está en juego terminar con un Congreso que ha funcionado como un respaldo casi automático de la Presidencia. Si los demócratas consiguen controlar alguna de las cámaras, podrían bloquear parte de la agenda legislativa de Trump, frenar determinados nombramientos, aumentar la supervisión sobre el Ejecutivo y abrir investigaciones desde el Congreso.
Reuters reveló este domingo que funcionarios del gobierno llevan meses preparando una estrategia para gobernar mediante facultades ejecutivas en caso de perder el control del Congreso. Entre las áreas que se analizan están migración, aranceles, vivienda y gasto público. Es decir, mientras millones de estadounidenses se preparan para decidir quién controla el Legislativo, desde el Ejecutivo ya se estudia cómo mantener capacidad de acción si aparecen nuevos contrapesos.
Pero esta elección no se está disputando solamente en los congresos, mítines o propuestas económicas. También existe una enorme batalla mediática por definir qué problemas deben preocupar a los estadounidenses. Hasta el 25 de octubre, candidatos y grupos republicanos habían destinado aproximadamente 183 millones de dólares a unos 217 mil anuncios televisivos relacionados con temas trans, particularmente para atacar las posiciones de candidatos demócratas. La cifra resulta llamativa porque sólo alrededor de uno de cada diez votantes registrados identifica este asunto entre sus principales preocupaciones electorales.
En contraste, cerca de ocho de cada diez votantes señalan a la economía o al costo de vida como asuntos centrales. Vivienda, alimentos, gasolina y atención médica siguen afectando las preocupaciones cotidianas de millones de familias. Ahí aparece una de las disputas más interesantes de esta elección: mientras una parte de la comunicación política intenta colocar conflictos culturales en el centro de la conversación, buena parte del electorado continúa respondiendo que sus principales inquietudes están relacionadas con las condiciones materiales de su vida.
Eso no significa que las discusiones culturales sean irrelevantes. Migración, derechos reproductivos, derechos de las personas trans, religión, inteligencia artificial o incluso la guerra con Irán forman parte de debates reales dentro de la sociedad estadounidense. Lo interesante es observar cómo esos temas son seleccionados, amplificados y convertidos en símbolos capaces de definir identidades políticas completas. Una discusión sobre una política específica puede terminar convirtiéndose en una pregunta mucho mayor: ¿de qué lado estás? Y cuando la política llega hasta ese punto, las elecciones dejan de ser únicamente una competencia entre propuestas y se convierten también en una batalla por definir qué significa pertenecer a cada grupo.
La batalla comunicacional ha llegado incluso al uso de recursos gubernamentales. Esta semana, una jueza federal ordenó retirar tres anuncios financiados con dinero público después de considerar probable que quienes los impugnaron demostraran que cruzaban la línea hacia mensajes partidistas. Entre ellos se encontraban piezas tituladas “Every Democrat Voted Against No Tax on Tips” y “Cost of Socialism”. El gobierno sostiene que se trataba de comunicación sobre sus políticas; los demandantes argumentaron que eran propaganda electoral pagada con recursos públicos.
Por eso llamar a estas elecciones un referéndum sobre Trump no significa reducirlas únicamente a su figura. Los estadounidenses estarán votando también sobre el costo de vida, migración, derechos, guerras, inteligencia artificial, salud y sobre la dirección que consideran que debería tomar su país. Pero todos esos debates terminarán produciendo una consecuencia institucional muy concreta: decidir si el presidente continúa gobernando con un Congreso controlado por su partido o si tendrá que convivir durante los próximos dos años con nuevos límites políticos.
Por eso esta elección no termina en Washington ni en el reparto de escaños del Congreso. Lo que ocurra el 3 de noviembre mostrará hasta dónde una sociedad está dispuesta a poner límites al poder que ella misma entregó dos años antes. Trump no estará en la boleta, pero su forma de gobernar, sus decisiones y el rumbo que ha tomado Estados Unidos sí estarán sometidos a juicio. Las elecciones intermedias serán, en buena medida, una respuesta a una pregunta sencilla: ¿quieren los estadounidenses colocar límites a la administración Trump?