¿Cuándo perdimos las benditas redes sociales?
Durante casi una década (o más), las redes sociales fueron un espacio de encuentro para diferentes movimientos sociales y políticos que defendían la libertad, la democracia y la justicia, y a través de ellas se organizaron diversas resistencias al neoliberalismo.
Desde las movilizaciones en Medio Oriente, pasando por el movimiento de los indignados en España, la Primavera Árabe, el movimiento Black Lives Matter en Estados Unidos, la irrupción de los feminismos con #MeToo y Ni Una Menos, o incluso el movimiento #YoSoy132 en nuestro país.
Facebook, Twitter (hoy X) y YouTube eran espacios democráticos de organización, diálogo, conexión y creación de redes, en los que se difundían ideas, se convocaban movilizaciones y se articulaban expresiones que rebasaban el espacio digital. Pero algo ocurrió entre 2016 y 2018: un punto de quiebre. El modelo de negocio de las plataformas cambió y quedó claramente centrado en la retención de usuarios, la segmentación publicitaria y el video corto.
En ese momento, el contenido dejó de depender principalmente de nuestros contactos y comenzó a depender de lo que el sistema consideraba "más probable" que viéramos, compartiéramos o consumiéramos durante más tiempo. Entramos a la era de los algoritmos.
Los algoritmos dejaron de ser una herramienta secundaria para convertirse en el principal editor de nuestra realidad digital. Ya no deciden únicamente el orden en el que aparecen las publicaciones: determinan qué información merece nuestra atención y cuál permanece invisible. Lo hacen a partir de nuestros patrones de consumo, las reacciones que generamos y el tiempo que dedicamos a cada contenido.
Ese cambio produjo al menos transformaciones profundas. La primera fue el paso de un consumo social a un consumo algorítmico. Antes las plataformas mostraban principalmente lo que publicaban nuestros contactos; hoy privilegian aquello que maximiza el tiempo de permanencia, los clics, las reacciones y la repetición.
Otra consistió en abandonar la lógica del seguimiento para adoptar la lógica del descubrimiento. Antes decidíamos a quién seguir; ahora es el algoritmo quien decide qué veremos, incluso si nunca hemos tenido contacto con quien publica ese contenido.
Finalmente, el tiempo de atención se fragmentó. Hoy pasamos de una noticia a un meme, de un video político a una receta o a una tienda en línea en cuestión de segundos. La conversación pública dejó de organizarse alrededor de medios o comunidades para hacerlo alrededor de estímulos permanentes.
Este cambio tecnológico también modificó la política. Las plataformas dejaron de ser únicamente espacios donde circulaban ideas para convertirse en infraestructuras que moldean la forma en que pensamos, sentimos y reaccionamos frente a la información. En otras palabras, ya no solo consumimos contenido: consumimos aquello que el algoritmo considera más rentable para nuestra atención.
Por eso la compra de Twitter por Elon Musk no puede entenderse únicamente como una operación empresarial. Quien controla una de las principales plazas digitales del mundo también adquiere una enorme capacidad para influir en las conversaciones públicas y amplificar determinadas narrativas políticas. El poder ya no consiste solamente en producir información, sino en decidir qué información alcanza visibilidad.
Todo esto ocurre en un contexto que diversos investigadores denominan guerra cognitiva: una forma de confrontación cuyo objetivo ya no es conquistar territorios, sino influir en la manera en que las personas perciben la realidad y toman decisiones.
Recuperar la función social de las redes implica volver a construir comunidad, buscar deliberadamente puntos de vista distintos, privilegiar el contexto sobre la inmediatez y comprender que aquello que aparece en nuestra pantalla no es necesariamente la realidad, sino una selección diseñada para mantenernos conectados el mayor tiempo posible.
Si antes el reto desde la izquierda y las causas justas fue romper el cerco informativo; hoy el desafío es distinto: romper el cerco del algoritmo.