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Del neoliberalismo al tecnofeudalismo

Del neoliberalismo al tecnofeudalismo

Por Ernesto Ángeles .

La virtualidad es una de las cualidades más intrigantes y promocionables del sistema tecnológico digital, especialmente por su potencial económico; tanto así que el neoliberalismo le debe buena parte de su expansión, pues gracias al ciberespacio fue posible crear valor de la nada como pocas veces en la historia, esta vez no por la fe o la violencia, sino por medio de la emisión de deuda y sus diversos mecanismos financieros: instrumentos derivados, titularización de activos, apalancamiento especulativo y mercados de futuros, entre otros. 

Y no solo eso: tras el proceso de consolidación global del sistema tecnológico digital y la aparición de tecnologías como las plataformas de redes sociales, emergió un nuevo modelo de producción de valor al que distintos analistas denominan: capitalismo de datos, capitalismo de la vigilancia o capitalismo de la atención. 

Este modelo se sustenta en la recopilación masiva de datos sobre todo lo que hacen las personas (sus búsquedas, sus compras, sus desplazamientos, sus conversaciones, incluso sus emociones) para su posterior perfilamiento y monetización a través de la publicidad hipersegmentada y la venta de productos, no solo económicos sino también políticos e ideológicos. 

Shoshana Zuboff, una de las teóricas más influyentes en este campo, ha descrito este proceso como una forma de modificación del comportamiento a escala masiva, en donde la predicción y la influencia sobre la conducta humana se convierten en la mercancía central.

En este nuevo sistema también se manifiestan fenómenos como la hiperconcentración de mercados y el surgimiento de empresas cuyas actividades abarcan buena parte de cadenas de producción enteras, así como la consolidación de una figura intermediaria entre el consumidor y el productor de valor: las plataformas. 

Las plataformas extraen valor tanto de productores como de consumidores, se caracterizan por su alto nivel de centralización y operan bajo una lógica de efectos de red que vuelve casi imposible la competencia. Amazon, Google, Meta, Apple y Microsoft no son solo empresas tecnológicas, son infraestructuras sobre las que se organiza buena parte de la vida económica y social contemporánea, lo cual les otorga un poder sin precedentes para fijar condiciones, extraer rentas y dictar estándares.

Y mientras todo esto sucede, las herramientas, servicios y productos que sustentan este nuevo modelo son promocionados ante las personas como lo mejor que podría pasarles en la vida, equiparando el entorno virtual con la libertad, la diversidad, la eficacia y la objetividad. 

Sin embargo, la realidad es otra: se da un proceso que conlleva extracción intensiva de valor, desigualdad estructural, concentración de poder y pauperización sostenida, la cual no hace más que profundizarse conforme avanza el proceso de automatización

Aunado a lo anterior, actualmente se está desarrollando una nueva fase de este sistema tecnológico global, cuyo eje rector es la inteligencia artificial y su convergencia con toda la actividad humana. El impacto que tendrá esta fase en el modelo económico aún es incierto; aunque algunos indicios apuntan a una radicalización de las tendencias ya observadas en el mercado laboral: por un lado, más pauperización, desempleo estructural e informalidad; por el otro, hiperconcentración de capital, consolidación de oligopolios e imperialismo tecnológico. 

(Aunque no todo es negativo: también hay indicios de mayor eficiencia, mejores productos y servicios, así como avances que pueden hacer los trabajos menos riesgosos, la medicina más precisa y la vida cotidiana más cómoda. El debate no es tecnología sí o no, sino quién la controla, en qué condiciones y en beneficio de quién.) 

No obstante, esta fase parece ser una transición y no el estadio final de un nuevo modelo. Algunos analistas, como el economista griego Yanis Varoufakis, vislumbran que la caída del modelo neoliberal dará paso a lo que él denomina tecnofeudalismo: un modelo productivo rentista en el que las grandes empresas tecnológicas asumirán funciones que antes correspondían al Estado, y en el que el desplazamiento laboral masivo dará pie a experimentos de renta básica o universal. 

En este escenario, los ciudadanos-consumidores recibirían rentas para subsistir, pero quedarían cada vez más atados y dependientes a los servicios, productos y ecosistemas de las corporaciones tecnológicas. Lejos de representar una liberación, este modelo podría consolidar una nueva forma de servidumbre digital: la del usuario perpetuamente endeudado con el sistema que dice servirle.

Lo que está en juego, en última instancia, no es solo un cambio en el modelo económico sino una transformación profunda de las relaciones de poder a escala global. Las grandes corporaciones tecnológicas ya compiten —y en muchos casos superan— a los Estados nacionales en términos de recursos, alcance e influencia. Empresas como Apple tienen una capitalización de mercado superior al PIB de la mayoría de los países del mundo; plataformas como Meta o Google controlan los flujos de información de miles de millones de personas; y Amazon gestiona infraestructuras logísticas y computacionales de las que dependen gobiernos, hospitales y universidades. 

Esta asimetría de poder plantea preguntas urgentes sobre soberanía, democracia y ciudadanía que las instituciones políticas del siglo XX no fueron diseñadas para responder.

La pregunta central, entonces, no es si el mundo seguirá digitalizándose, sino bajo qué términos, con qué contrapesos y con qué proyecto de sociedad como horizonte.

El tecnofeudalismo que se avecina no será una ruptura dramática, sino una profundización silenciosa: llegaremos a él por la acumulación de comodidades, suscripciones y dependencias graduales, sin que nadie haya firmado un contrato social que lo autorice.