En salud pública, una cama hospitalaria dice más que un discurso. Parece un objeto simple: un colchón, una almohada, una sábana. Pero para quien llega a urgencias con dolor, espera una cirugía, necesita hospitalizarse o lleva horas buscando dónde internar a su familiar, esa cama puede significar oportunidad, alivio, dignidad y, muchas veces, la vida.
Por eso el plan de infraestructura hospitalaria presentado por el Gobierno de México debe recibirse con responsabilidad y seriedad. No con mezquindad, sería injusto negar el esfuerzo; pero debemos tomarlo con las debidas reservas, porque un problema acumulado durante décadas no se resuelve con un solo anuncio.
El dato es relevante: se plantea una inversión sexenal de 181 mil millones de pesos, más de 9 mil camas nuevas, 50 hospitales nuevos, 47 ampliaciones y 55 sustituciones o mejoras mayores. En conjunto, el gobierno proyecta pasar de 96 mil 966 camas públicas a 106 mil 105 hacia 2030.
En un país donde todavía hay pacientes que peregrinan por una consulta, una cirugía o un estudio diagnóstico, construir hospitales no es un lujo, es una obligación pública y en eso, la administración de la presidenta Claudia Sheinbaum transita por el camino adecuado.
Hay que decirlo con claridad. La Cuarta Transformación ha puesto nuevamente sobre la mesa una idea que nunca debió abandonarse, la salud es un derecho y el Estado tiene la obligación de garantizarlo.
Durante años se instaló una lógica donde el sistema público se fue quedando corto, mientras las familias completaban con gasto de bolsillo lo que el sistema público de salud no alcanzaba a dar. La enfermedad se volvió no solo un problema médico, sino también una carga económica, física y emocional.
Frente a ese rezago estructural, construir hospitales, contratar personal y ordenar el abasto de medicamentos e insumos es un camino correcto. Pero la honestidad obliga a decir algo más, una cama hospitalaria no es solamente una cama en abstracto. Es la última pieza visible de una cadena compleja. Una cama necesita médicos, enfermeras, insumos médicos, laboratorio, imagenología, quirófanos, mantenimiento, etcétera, y lo más importante: una atención digna y de calidad.
Si todo eso falla, la cama existe en el inventario, pero no necesariamente resuelve.
México parte de una desventaja profunda. El Programa Sectorial de Salud de la actual administración reconoce apenas 0.72 camas censables públicas por cada mil habitantes, frente a 4.2 en promedio entre los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. (OCDE).
Si se logra cumplir con la meta planteada, para el final del sexenio y usando las proyecciones de crecimiento poblacional de CONAPO, se lograría tener 0.79 camas por cada mil habitantes; lejos de referencias internacionales que suelen ubicarse alrededor de 3 camas por cada mil habitantes para países de ingreso medio y mucho más lejos de las 4.2 de la OCDE.
También hay que decirlo con toda responsabilidad, a pesar de los esfuerzos por contratar más médicos y enfermeras existe una brecha de personal: 2.7 médicos por cada mil habitantes frente a 3.9 promedio OCDE, y 3 enfermeras frente a 9.2.
Estos datos deben utilizarse para dimensionar el reto y no para descalificar el esfuerzo. El nuevo plan hospitalario es una buena noticia, pero no es todavía la victoria final. Es un paso necesario en una ruta larga. La salud pública se reconstruye ladrillo a ladrillo, cama a cama, turno a turno, receta a receta y eso lleva tiempo.
El verdadero reto será convertir la obra pública en capacidad médica resolutiva. Que los hospitales no nazcan incompletos. Que las camas estén habilitadas con todo lo que necesitan para funcionar. Que haya especialistas por turno. Que haya insumos suficientes y adecuados. Que las recetas se surtan. Que los estudios se realicen a tiempo. Que el paciente no sea tratado como expediente, sino como persona.
Ahí se jugará el éxito real del plan. No solo en el corte de listón, sino en la madrugada de una sala de urgencias o en los interminables días de un cuarto de hospitalización. No solo en la cifra anunciada, sino en la lista de espera que empieza a bajar. No solo en el hospital nuevo, sino en la madre que encuentra atención para su hijo o en el trabajador que vuelve a casa después de una cirugía segura.
Hay que reconocer el esfuerzo. Si el Estado social mexicano quiere ponerse de pie, necesita reconstruir sus vértebras básicas: camas, personal, medicamentos, tecnología, financiamiento, calidad y humanidad.
México necesita más hospitales, sí. Pero sobre todo necesita hospitales vivos. Porque en salud pública una obra no se vuelve justicia el día que se inaugura, se vuelve justicia cuando el paciente entra, recibe atención digna, mejora y puede regresar a casa sano y con dignidad.