“Si hubiera una nación de dioses, éstos se gobernarían
democráticamente; pero un gobierno tan perfecto no es adecuado para los hombres.”
Rousseau.
Sostengo que no existe mejor manera de gobierno inventada por el hombre que la democracia. En ella se igualan, con palabras de Morelos y Pavón, “el más rico de los hacendados con el más pobre de los barreteros”. Es decir, vale lo mismo el voto de Slim, el hombre más rico de México, que el de un humilde sembrador en la sierra de Oaxaca.
Vivimos tiempos complicados. Los valores están en decadencia y el mal que parecía erradicado renace sutilmente para devorar a desprevenidos y adormilados. Como un incendio que se creía apagado y que vuelve a encenderse, los temas que parecían superados por las luchas sociales regresan al debate público.
"La doctrina de la derecha es la hipocresía", rezaba Monsiváis; es decir, dicen una cosa, piensan otra y terminan haciendo una distinta. Y, como el mal que resurge, vuelven a poner sobre la mesa ideas que parecían sepultadas por la historia, aun cuando miles de personas entregaron su libertad y, en muchos casos, su propia vida para conquistar derechos que hoy damos por sentados.
Uno de esos derechos es el sufragio universal. Durante siglos se luchó para que el voto dejara de ser un privilegio reservado a los propietarios, a los hombres, a las élites o a quienes reunían determinadas condiciones económicas o educativas. La democracia moderna nació precisamente para reconocer que todos los ciudadanos poseen la misma dignidad política, independientemente de su riqueza, su profesión o su nivel de estudios.
Sin embargo, cuando los resultados electorales dejan de favorecer a determinados grupos, la democracia comienza a incomodar. Entonces aparecen voces que sostienen que no todos deberían votar, que primero habría que demostrar ciertos conocimientos o que el voto debería ejercerse de manera distinta para "corregir" las decisiones del pueblo.
Hace apenas unos días resurgió ese debate, una vocera de la derecha discutió la idea de que el derecho al voto debería condicionarse a una preparación previa o a determinados conocimientos cívicos. Más allá de las aclaraciones posteriores de quien formuló el planteamiento, lo preocupante es que la discusión misma vuelva a existir. Porque detrás de ella permanece una vieja tentación: creer que algunos ciudadanos son más aptos que otros para decidir el destino de la nación.
Como si eso no bastara, recientemente un panista conservador propuso que el voto dejara de ser individual para emitirse por familia. El argumento pretende revestirse de buenas intenciones: fortalecer a la familia o evitar la compra del voto. Pero, en el fondo, representa un retroceso histórico. La familia no es una unidad electoral, lo es la persona. Cada ciudadano posee conciencia, voluntad y derechos propios. De aceptarse una idea semejante surgiría una pregunta inevitable: ¿quién votaría por la familia? ¿El padre? ¿La madre? ¿Quien aporte más dinero al hogar? Cualquier respuesta terminaría por subordinar la voluntad de unos a la de otros.
No debemos olvidar que las mujeres mexicanas conquistaron el derecho al voto apenas en 1953. Antes de ello, muchos sostenían que ya estaban representadas por el padre o por el esposo. Volver a un esquema donde una sola persona decida políticamente por toda la familia significaría desconocer décadas de lucha por la igualdad.
La solución a la compra del voto, a la desinformación o a la apatía ciudadana no consiste en reducir derechos políticos. La respuesta está en seguir fortaleciendo la educación cívica y sancionar con firmeza a quienes utilicen la pobreza o el poder público para manipular la voluntad de los ciudadanos.
La democracia no existe únicamente cuando gana quien pensamos que debía ganar. Tampoco puede depender del nivel educativo, del patrimonio o de la estructura familiar de cada persona. Si comenzamos a seleccionar quién merece votar y quién no, dejamos de hablar de democracia para regresar a los privilegios.
Esa es la democracia de ocasión: la que se invoca cuando conviene y se cuestiona cuando el pueblo decide distinto. La que presume defender la libertad, pero desconfía de ella cuando produce resultados que no convienen. La verdadera democracia exige algo más difícil: respetar siempre la voluntad popular, incluso cuando no coincide con nuestras propias convicciones. Porque el día que el voto deje de pertenecer al ciudadano para convertirse en una concesión del poder, la democracia habrá dejado de existir.
Al Tiempo Tiempo.