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El “Ariel” de Sylvia Plath

El “Ariel” de Sylvia Plath

Por Nieves R. Méndez

“Toda mujer adora a un fascista”, escribió Sylvia Plath en uno de sus poemas más famosos, “Daddy”. Y lo escribió cuando estaba a punto de suicidarse, en febrero de 1963, en su casa de Londres.

Sylvia tenía 30 años, dejaba detrás dos hijos, un matrimonio disfuncional y una carpeta negra que contenía el manuscrito de “Ariel y otros poemas”, un libro que había estado preparando durante los meses anteriores que terminó por publicarse sin el orden ni el contenido de la obra que la poeta había dejado preparada. Ted Hughes, su marido, también poeta y albacea literario, modificó la composición del volumen a su conveniencia, eliminando aquello que lo dejaba mal parado.

Por eso es tan significativa la nueva edición de Galaxia Gutenberg del “Ariel”, porque recupera ahora en castellano esa selección y ese orden documentados en el manuscrito sin devolver al lector a una hipotética versión definitiva que Plath nunca habría publicado sino al estado del libro tal como ella lo habría dejado preparado.

La publicación contiene 40 poemas con las correcciones y modificaciones realizadas por la propia Plath. En ella se despliega un libro atravesado por la separación, la violencia emocional, el deseo, la maternidad, la muerte y una conciencia cada vez más afilada de la propia identidad. Ahí entra “Daddy”, un poema que proyecta el sistema de imágenes simbólicas con el que Plath construyó su relación con la autoridad, la dependencia, la pérdida y la muerte porque, durante décadas, se leyeron todos los poemas del “Ariel” con esa imagen, la de una poeta que se aproximaba a la muerte. A pesar de ello, esta nueva edición permite devolverles una existencia menos subordinada al final conocido y en donde los poemas pasan de ser documentos de una tragedia a recuperar su condición de obra.

Para la perspectiva feminista, el “Ariel” resulta un ejemplo muy particular porque ahí Plath no necesita formular un programa político para poner en cuestión las posiciones que, tradicionalmente, se le asignaban a una mujer: el de ser esposa, madre, hija, amante o mujer deseada, siempre perfecta, delgada, risueña, dócil, tierna, feliz. Identidades que son presentadas como lugares de deseo y de conflicto al mismo tiempo. Plath, que vive atrapada en ellas, las desea y las rechaza, las utiliza como materia prima de su obra imaginando que, de alguna manera, se emancipa aunque solo lo haga a través de su escritura.

Su experiencia, la femenina, se abrió hacia la cuestión de las condiciones materiales que una mujer necesita para escribir como lo hiciera Virginia Woolf quien planteara, por vez primera, tales asuntos y a quien, se suponía, había superado en el alcance de estos logros. Sin embargo, su poesía parecía seguir formulando preguntas muy similares en cuanto a la situación que se le presenta a una mujer que quiere escribir. A veces se nos olvida esto, que la escritura no aparece suspendida en el vacío, sino que depende de unas condiciones sociales concretas.

La crítica feminista ha vuelto una y otra vez sobre la dimensión material de “Una habitación propia” (1925), porque obliga a relacionar creación literaria y desigualdad. Y aquí es donde difiere Plath. Ella había recibido una educación extraordinaria, había publicado, había ganado premios, había vivido en dos países, había formado una familia y había construido una carrera literaria. Tenía, en apariencia, aquella habitación de la que hablaba Woolf, ¿o no? Woolf inventó a Judith Shakespeare, la hermana imaginaria del dramaturgo, para mostrar qué habría ocurrido con una mujer de talento semejante en un mundo que no le hubiera permitido desarrollar ese talento. Judith no fracasa por falta de genio sino porque las condiciones que hacían posible la carrera de un hombre no estaban disponibles para ella.

El caso de Plath es distinto. Ella entra en su propia literatura para preguntarse, desde ahí, si existe la posibilidad de vivir como escritora. Y lo hace a través de su propia voz, una voz que no es dócil sino violenta, cruel, contradictoria, narcisista, vengativa, vulnerable. Es una voz que reclama el derecho a una subjetividad que no tenga que ser agradable y esto resultará de vital importancia para la historia del feminismo literario y, quizás, la cuestión más contemporánea de “Ariel”, la de quién tiene derecho a ser sujeto de su propia historia.

Con Plath se demuestra que una mujer puede publicar y continuar siendo interpretada a través de su marido, que puede escribir sobre su matrimonio y que esos poemas sean leídos como documentos sobre el hombre al que dejó de amar, que puede dejar un manuscrito meticulosamente ordenado y descubrir, después de su muerte, que otra persona posee la autoridad material para decidir cómo será recordada.

Desde ahí, la carpeta negra que Plath dejó en su escritorio y que Galaxia Gutenberg ha decidido editar íntegra adquiere un alcance distinto, ¿no creen? No solo como último punto de autoridad de una autora sobre la publicación de su propio libro sino como un hecho fundamental y necesario de restitución y justicia literaria.