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  • hace 12 horas
  • 17:08
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El examen permanente

El examen permanente

Por María Fernanda Orozco Díaz

Hay una pregunta que ninguna mujer que conozco ha logrado esquivar del todo, sin importar la edad, la clase social o el lugar donde nació: ¿por qué? Por qué vives sola, por qué no te has casado, por qué no quieres hijos, por qué sí quieres hijos pero no pareja, por qué renunciaste a ese trabajo, por qué aceptaste ese otro, por qué te mudaste, por qué te quedaste. La pregunta cambia de forma, pero nunca desaparece. Es el examen permanente al que nos somete cualquier decisión que tomemos, por mínima que sea, y que rara vez se le exige con la misma insistencia a un hombre.

Una de las mujeres que más admiro en mi vida tenía 23-24 años cuando se fue de la casa familiar a vivir sola, sin que ella supiera me forjaba como futura mujer independiente al ver el paso que estaba dando, nadie de mi entorno cercano y menos una mujer lo había hecho. Más o menos un año después, otra mujer determinante para mi existencia también salía de casa cerca de los 25 años a una vida independiente. Ambas tuvieron que enfrentar el rechazo materno porque no entendía por qué se querían ir de su casa, su madre no alcanzaba a ver lo bien que lo había hecho -a pesar de todo-, no concebía que sus hijas tenían todas las herramientas para poder vivir sus propias vidas, sus propios sueños y que ellas afortunadamente -no solo para sí mismas, sino que para mí- se sentían y eran capaces de no depender económicamente de ningún hombre para darse la vida que construyeron. 9 años después seguí sus pasos, también con el tremendo rechazo no solo de mamá, sino de familiares -tías que me siguen reclamando ¿por qué me fui? –, amigas (que consideraba cercanas) que me encararon y me preguntaron “¿Por qué hacerlo sola, si tienes a tu novio?”, compañeros de trabajo que se sintieron con derecho de opinar sobre mi decisión. No solo se me cuestionó, se me juzgó.

Vivir sola, para una mujer, sigue siendo un hecho que exige explicación. No es simplemente un arreglo doméstico, es un enunciado que hay que defender ante la familia, ante las amistades, ante desconocidos en una cena. Se asume que detrás de esa soledad hay una historia de fracaso —un divorcio, un desamor, una imposibilidad— y rara vez la posibilidad más simple: que, a alguien, a una mujer, le gusta su propio espacio, su propio silencio, su propio orden (las dos historias que narro más la mía es prueba de ello). El placer de sentirte dueña de ti misma. Comprar las sábanas que a ti te gusten, decorar tu espacio como a ti plazca, pararte de la cama a la hora que quieras sin dar explicaciones y rehacer tus rutinas como mejor consideres, son placeres que -gracias a las libertades jurídicas y los derechos que ostentamos hoy las mujeres- podemos elegir cada vez más. 

No querer casarse corre la misma suerte. Se interpreta como una etapa, una fase, algo que "se le va a pasar", como si la soltería fuera un síntoma y no una elección legítima de vida. Una vez un directivo de una institución donde trabajé, cuando se enteró que a mis 29 años vivía sola, y acaba de separarme de mi novio de más 5 años de estar juntos, de la nada en una comida y sin que yo le pidiera su opinión me dijo “Qué difícil va a ser que estés con un hombre, porque haces parecer que no los necesitas, ya vives sola, te mantienes, haces y deshaces con tu vida, será difícil que un hombre quiera eso”. Mi sorpresa no fue menor que ahora que lo escribo. Ahí me di cuenta de que el justificar porqué quería estar sola se convertiría en una constante y también en una elección, es decir, reservarme el derecho de explicar mi vida a cualquiera que se quiera entrometer. Tiempo después un presidente municipal para el que trabajé me cuestionó “de broma” mi preferencia sexual, porque cómo era posible que una mujer de 32 años no tuviera novio. Y la lista puede seguir, trabajadores que me han ido arreglar cuestiones del hogar también se atreven a preguntar ¿Por qué sola? ¿Se lo cuestionarían a un hombre que viva solo? 

Detrás de esa mirada hay una premisa que pocas veces se dice en voz alta: que la vida de una mujer solo se completa cuando está acompañada, preferentemente por un hombre, preferentemente bajo un contrato. ¿Saben lo difícil que es pelear día a día conque esa mirada al pasar de los años no peerme en una misma, en más mujeres pero sobre todo en las más jóvenes? 

Pero el examen se vuelve todavía más severo cuando la decisión que se cuestiona no es sentimental, sino ambiciosa. Una mujer que quiere prosperar —no solo en lo económico, sino en la escala del poder, en la toma de decisiones, en el lugar desde donde se dictan las reglas— entra en un territorio que sigue percibiéndose como ajeno. La ambición de una mujer no se nombra igual que la de un hombre. A él se le llama visionario, estratega, líder nato. A ella se le pregunta qué sacrificó para llegar ahí, a quién dejó de ver, qué tan disponible sigue estando para los demás. La pregunta nunca es solo sobre el logro; es sobre el costo, como si el poder en manos de una mujer necesitara siempre una cuota de renuncia para ser aceptable. Aunque la realidad sea abrumadora: las mujeres sí renunciamos a muchas cosas más que los hombres al tener un cargo directivo

Existe, en el entorno de trabajo, uno de los mitos más persistentes: la idea de que, si a una mujer le va bien, alguien —casi siempre un hombre— se lo dio. Y de esto tengo tantas anécdotas, donde hombres y mujeres han tenido el atrevimiento de opinar sobre lo que otras mujeres y yo misma hemos conseguido y el cómo lo hemos obtenido. No necesito irme a las grandes esferas, a esas funcionarias, diputadas, senadoras y la propia PresidentA, para darme cuenta del escrutinio al que se nos somete, por tener lo que tenemos, como si nuestro trabajo tuviera que pasar por una auditoria más que rigurosa que la de un compañero hombre al acceder a curules, mesas directivas, puestos de toma de decisión, o algo más íntimo, un logro personal como adquirir un patrimonio. 

Rara vez se piensa en el trabajo invisible, en las noches sin dormir, en los años de preparación, en las negociaciones libradas en silencio. La sola posibilidad de que una mujer haya construido algo por sí misma, sin patrocinio, sin tutela, incomoda. Y cuando no hay un hombre visible al cual atribuirle el mérito, se lo busca: un padre, un jefe, una pareja, un amante, cualquiera que permita seguir sosteniendo la idea de que el poder de las mujeres necesita un aval externo para existir. Esta idea retrograda que detrás de cada mujer poderosa hay una mano masculina que abrió la puerta, firmó el cheque, hizo la llamada, con tristeza escribo que se sigue perpetuando, tanto como el mismo sistema patriarcal en el que vivimos lo permite. 

Y ahora, las benditas redes sociales se han convertido en un tribunal permanente donde cualquier decisión —la ropa, el cuerpo, la maternidad o su ausencia, el trabajo, el silencio— puede ser sometida a votación pública. Ahí también repetimos, sin darnos cuenta, los mismos guiones que nos han enseñado a temer: que una mujer sola es una mujer incompleta, que una mujer exitosa es una mujer que renunció a algo, que una mujer que no explica sus razones está ocultando algo vergonzoso. Aquí un llamado a las mujeres: Reproducir esa vigilancia entre nosotras es, quizás, la forma más eficaz que ha encontrado el patriarcado para sostenerse: no necesita perseguirnos si logra que nos persigamos entre nosotras.

Enfrentar la vida sola —insisto, no hablo únicamente de lo amoroso— tiene un costo distinto para una mujer. Rentar un departamento, viajar sin compañía, tomar decisiones financieras propias, dirigir un equipo, negociar un salario más alto: cada uno de estos actos se lee, todavía, como un desafío. No porque lo sea en sí mismo, sino porque contradice la expectativa de que la vida de una mujer debe estar entretejida con la de otros, subordinada a un calendario ajeno, validada por una presencia externa.

Quizás la pregunta que deberíamos empezar a hacernos no es por qué las mujeres tomamos las decisiones que tomamos, sino por qué seguimos sintiendo la obligación de explicarlas. Un hombre que vive solo no necesita justificar su soltería. Un hombre ambicioso no tiene que aclarar que llegó ahí por mérito propio. La libertad real no es solo la de decidir, sino la de no tener que dar cuentas por haberlo hecho. Ese es, me parece, el verdadero territorio propio: el que no necesita testigos ni permisos, el que no debe explicaciones a nadie más que a una misma.

Dejar de justificarnos no es un acto de rebeldía menor. Es, sobre todo, un acto de recuperación: recuperar el tiempo que gastamos defendiendo lo que ya elegimos, recuperar la energía que invertimos en anticipar preguntas que nadie debería hacernos, recuperar, en definitiva, la autoridad sobre nuestra propia vida. Nadie nos regaló lo que hemos construido. Y no debería hacer falta decirlo.