Desde hace varios días, recientemente, he leído en distintas redes sociales, varios memes en los que se plantea que Estados Unidos no es como es por culpa de Trump sino que Trump es posible en Estados Unidos porque ese país, y sólo en ese país, es viable la existencia de un sujeto como él, y mientras veía esos memes, me llegó la imagen de un personaje de caricatura, lo que me llevó a reflexionar sobre esta sentencia que envuelve una complejidad muy profunda, para poder hablar sobre lo que significa Estados Unidos y el papel que tiene en la geopolítica actual en este mundo en crisis, para poder entender que la figura del presidente de ese país, no es la causa, sino su síntoma más evidente. Para entender el presente de una nación que apunta sus armas hacia afuera mientras se descompone por dentro, hay que mirar los cimientos sobre los que se construyó. Por ejemplo, cuando vemos al bully de la escuela, una figura recurrente en las caricaturas y las películas juveniles estadounidenses, ese que se pasa la vida intimidando a quienes considera débiles. Existe un personaje, Nelson Muntz, el bravucón de Los Simpson, que para la discusión actual, se revela como un arquetipo clarísimo; su risa burlona y sus puños en alto, representan el blindaje perfecto para ocultar la realidad que se nos muestra cuando se enamora de Lisa y nos muestra la realidad detrás de la un hogar desestructurado y una soledad inmensa. Uno podría preguntarse qué tienen que ver Trump y Nelson, pero quisiera aplicar esta lupa al vecino del norte, no como un simple ejercicio de psicología pop, sino como una manera de entender por qué un país con semejante potencial de bienestar vive sumido en crisis perpetua.
Estados Unidos no es el agresor global porque Trump sea presidente. Trump es presidente porque Estados Unidos, desde su génesis, es un país forjado a sangre y fuego sobre la base de la exclusión más brutal. El segregacionismo estadounidense no es más que la coartada ideológica para un genocidio fundacional, el de los pueblos indígenas, arrasados en nombre del destino manifiesto y confinados después a "reservas" que funcionaron, y funcionan aún, como campos de concentración para la memoria histórica. Sobre ese suelo regado con sangre nativa se levantó una economía basada en el secuestro y la esclavitud de millones de africanos, que costó la vida de millones y el sufrimiento de muchos más. Y sin embargo, cuando la esclavitud formal terminó, no llegó la reparación, sino el Código Negro, el terror del Ku Klux Klan y un sistema de segregación que ha mutado, pero nunca desaparecido, tal y como vemos hoy, en cualquier calle, ciudad, de ese país. Esa violencia originaria, lejos de cicatrizar, se ha interiorizado, porque el país que se presenta como líder del "mundo libre" es, paradójicamente, una nación profundamente aquejada por el devenir de su propia historia; sus crisis no son accidentes, sino la manifestación lógica de un tejido social roto, desde su fundación.
Por un lado, la obesidad afecta a más del 40% de los adultos estadounidenses, con un costo sanitario que supera los 173.000 millones de dólares anuales, lo que no es sólo un problema de dieta, sino el reflejo de desiertos alimentarios, de la falta de acceso a salud preventiva y de un estrés crónico que busca consuelo en la comida ultraprocesada. Pero la epidemia silenciosa no termina ahí. El consumo masivo de fármacos psiquiátricos, como ansiolíticos y antidepresivos, se ha normalizado como el único colchón disponible para amortiguar la ansiedad que produce vivir en una sociedad que ha declarado la guerra al bienestar comunitario. A esto se suma una crisis de endeudamiento personal asfixiante, que son familias ahogadas en deudas médicas y de tarjetas de crédito, atrapadas en la fantasía de una supuesta sociedad de consumo que les han vendido como sinónimo de bienestar pero que hace tiempo se convirtió en una pesadilla hipotecaria. Por otro lado, los tiroteos escolares que acontecen con una regularidad pasmosa y cruda, se han normalizado a tal grado en ese país, que se asumen como una trágica e inevitable seña de identidad nacional.
Mientras la población se hunde en la depresión, la obesidad y el desahucio silencioso de los hogares que acumulan objetos sin poder parar, una suerte de síndrome de Diógenes en masa como metáfora de un vacío existencial, trump sigue desviando un porcentaje obsceno del presupuesto hacia la industria militar, lo que en términos simples, significa que los impuestos de esos ciudadanos deprimidos y enfermos no se reinvierten en educación pública o sanidad universal, sino en bombas, tecnología militar y financiamiento de grupos desestabilizadores en países que consideran una amenaza. Como ejemplo, podemos revisar ll caso de Gaza, que es el espejo donde Estados Unidos no quiere mirarse, pues mientras el mundo mira con horror el genocidio en Palestina, Washington no solo lo financia, sino que lo protege diplomáticamente. Incluso figuras políticas como el alcalde electo de Nueva York, Zohran Mamdani, han tenido que señalar ante la Casa Blanca que los neoyorquinos están "cansados de ver cómo los impuestos financian guerras" mientras se violan los derechos humanos internacionales. El plan de paz presentado para Gaza no es más que la extensión de esa lógica colonial, pues se trata de imponer por la fuerza lo que no se ha ganado militarmente, sin reconocer la autodeterminación del pueblo palestino. se trata de la misma lógica que se usó con los nativos americanos, con los esclavos negros y con cualquier obstáculo que se interpusiera en el camino de los blancos para saquear y explotar todo a su paso.
Así, es posible entonces dimensionar a Trump como el presidente que resulta ser la supuración consecuente de un país aquejado que prefiere mirar hacia otro lado mientras bombardea niños al otro lado del océano o financia golpes de Estado que han llevado a la imposición de dictaduras que han masacrado a cientos de miles en todo el mundo. Es el líder ideal para una sociedad que necesita un Nelson Muntz en el poder, alguien que grite, que amenace y que golpee la mesa para que nadie se fije en las facturas sin pagar, en los hijos que ya no hablan con sus padres, en el refrigerador sin alimentos pero con cajones de alacena llenos de opioides, en los tiroteos escolares, juventudes en situación de calle por consumo problemático de sustancias. Desenmascarar a Estados Unidos es entender que su poderío internacional es el ruido ensordecedor que utiliza para silenciar el llanto interno. Y mientras no sane sus heridas fundacionales, el racismo estructural, la desigualdad extrema, la codicia sin límites, seguirá eligiendo presidentes a su imagen y semejanza; es decir, agresores que prometen hacer "América grande" a costa de destruir al de al lado, porque es lo único que aprendieron a hacer desde que nacieron como nación.