Cuentan que hubo una vez una niña aristocrática que nació en París, heredera anacrónica de una estirpe vinculada a un trono que había desaparecido más de un siglo antes. Hélène, que era como se llamaba aquella niña, creció entre las fastuosidades que la sociedad trataba de preservar mientras el mundo se desmoronaba a su alrededor tras la Gran Guerra, un momento en que no solo las ruinas de los edificios, sino también las ausencias y las amenazas asolaron gran parte de las familias europeas.
Cuentan que aquella pequeña embarcó rumbo a México cuando tenía diez años. Que en su maleta guardó algo más que vestidos, que se llevó consigo los olores de las habitaciones, los rituales de su casa, el sonido de sus juegos y el acento de las conversaciones familiares. Cuentan que subió al transatlántico “El Marqués de Comillas” de la mano de su madre y de su hermana en algún día soleado de 1942, que cruzó el Atlántico en la búsqueda de un lugar seguro y que, aquel 19 de mayo a bordo, sopló las velas de cumpleaños con tanta fuerza que el viaje se convirtió en sueño. Uno donde aquella niña recorrió países, atravesó fronteras, hizo amigas de su edad y pasó a escondidas por la Polonia perdida de los Poniatowski para guardar una corona imaginaria en el bolsillo antes de desembarcar en Veracruz.
Y digo “cuentan” porque a Hélène nunca llegamos a conocerla del todo. Se nos perdió entre los brazos de la nana Magdalena que le enseñó a hablar español y en las calles de un país que terminaría por bautizarla como Elena. Fue así como nació por segunda vez para crecer como otra niña mexicana más, observadora, vinculada y en profunda curiosa por el mundo que la rodeaba. Desde la experiencia del desarraigo y la otredad que le trajo su nuevo hogar, eligió desprenderse de los privilegios de clase con los que había nacido para construirse a partir de la escucha de los que hacían malabares en los márgenes. Escuchó a quienes rara vez eran escuchados: mujeres, estudiantes, trabajadores, víctimas de la represión, pueblos originarios que confiaron en ella, en su voz y en lo que representó para todos ellos desde 1953 cuando comenzó a colaborar como reportera en el periódico Excélsior desde donde prestó su voz a quienes la necesitaban.
Desde ese momento, Elena convirtió la escucha en una forma de vida usando su posición pública para dejar testimonio de lo que se vivía en México. Desde las colaboraciones realizadas para publicaciones como El Nacional, El Día, Novedades, Siempre!, Proceso y La Jornada, abrió espacios desde los cuales documentó algunos de los acontecimientos más decisivos de la historia contemporánea del país. La matanza de Tlatelolco y el terremoto de 1985 dieron origen a libros fundamentales para el periodismo testimonial mexicano: “La noche de Tlatelolco” (1971) y “Nada, nadie. Las voces del temblor” (1988). Libros pioneros de la crónica testimonial en el país en la que se reunieron voces dispersas para construir una memoria colectiva, para escribir una Historia contada de modo accesible.
Pero Elena no solo escuchó al pueblo. También entrevistó a presidentes, artistas, intelectuales y figuras de la cultura popular. Conversó durante horas con personajes tan diversos como María Félix, Carlos Fuentes, Tongolele, El Santo o Jorge Luis Borges y lo hizo sin jerarquías ni solemnidades sino, más bien, creando una atmósfera más relajada donde se le permitía al otro ser quien realmente era, sin prejuicios. Elena lo percibía todo, lo observaba todo. Desde un ligero cambio en el tono de la voz, un gesto nervioso, la disposición de los muebles en una sala, la ropa elegida para la entrevista o quién acompañaba al personaje (Cuánta razón tenía su amigo Carlos Monsiváis cuando dijo que Elena era capaz de convertir la historia pública en experiencia íntima).
De aquellas conversaciones surgió “Todo México” (1990s), una obra multivolumen que retrató la vida cultural, política y social de la segunda mitad del siglo XX mexicano. Más que una recopilación periodística, la publicación se convirtió en un gran archivo de voces y personajes que permitió entender el país a través de quienes lo construyeron.
Desde ahí nacieron obras como “Querido Diego, te abraza Quiela (1978), “Tinísima” (1992) y “Leonora” (2011), donde combinó investigación histórica, biografía y mucha de su tan característica libertad creativa. Estas novelas, dedicadas a tres mujeres artistas unidas por la experiencia común de ser extranjeras que residieron en México en algún momento de su vida, que vivieron a la sombra de hombres célebres, que desafiaron las expectativas de su tiempo y transformaron la pérdida y el dolor en creación; es donde puede apreciarse con mayor claridad su estilo propio en donde, aunque nunca abandone el rigor de la periodista, se permitió explorar los vacíos de los archivos, imaginar escenas y acercarse a la dimensión emocional de sus personajes.
Tanto la pintora rusa Angelina Beloff, como la fotógrafa italiana Tina Modotti o la pintora inglesa Leonora Carrington encontraron en México un lugar para reinventarse. Elena también. Tal vez por eso las comprendió de esa manera. En cada una de ellas hay algo de sí misma: la extranjera, la desplazada, la mujer resistente que encontró en México su propia voz. Quizá sea allí sea donde se asome Hélène, la niña que llegó a México desde Europa, para recibir las respuestas a todas las preguntas que seguramente la acompañaron en el trayecto, sobre todo aquellas que no se alcanzan a ver, las de cómo se reinventa una vida en el exilio.
A lo largo de su trayectoria, Elena ha recibido algunos de los reconocimientos más importantes de las letras y el periodismo en español. Fue la primera mujer en obtener el Premio Nacional de Periodismo de México en 1978, ganó el Premio Alfaguara de Novela en 2001 y recibió el Premio Cervantes en 2013, considerado el máximo galardón de la literatura en lengua española. Sin embargo, el halo de los premios parece no rozarla, a ella, que se mantiene cercana y que con su ejemplo ha dado el más merecido agradecimiento al pueblo de México, el de haberlo homenajeado a través de su escritura.
Gracias, Elena, porque no dudaste en escuchar las voces tan diversas de un país entero y porque, al escucharlas con tanta atención y cariño, nos enseñaste a escucharlas así a nosotros también.