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La rabia de mañana

La rabia de mañana

Por Milo Montiel Romo

Dice un dicho popular que nadie escarmienta en cabeza ajena.

Durante las últimas semanas, las calles de Europa se han convertido en el escenario de una creciente inconformidad social. Lo que comenzó a mediados de septiembre en Francia como una protesta estudiantil contra el deterioro de la educación pública, la falta de maestros y la saturación de las aulas terminó por convertirse en una movilización nacional contra el encarecimiento de la vida, los bajos salarios y el debilitamiento de los servicios públicos. El pasado 17 de octubre, cientos de miles de franceses salieron a manifestarse y, en distintas ciudades, las protestas derivaron en enfrentamientos con la policía, incendios y saqueos.

La inconformidad se ha extendido a otros países. En Bélgica, los estudiantes protestan contra los recortes presupuestales y el incremento de los costos de la educación superior; en Italia, las movilizaciones estudiantiles se han sumado al descontento por los salarios, la inflación y las políticas económicas del gobierno. Mientras tanto, en España y Portugal, miles de jóvenes reclaman el derecho a una vivienda que puedan pagar y a condiciones de vida que les permitan construir un futuro.

Aunque se trata de movimientos distintos, sus demandas tienen un denominador común: el agotamiento de un modelo económico que ha privilegiado la acumulación de riqueza mientras reduce las oportunidades de las nuevas generaciones.

Las juventudes europeas enfrentan dificultades crecientes para acceder a una vivienda, conseguir salarios dignos y alcanzar la seguridad económica que tuvieron generaciones anteriores. Para muchos, la posibilidad de independizarse, formar una familia o construir un patrimonio se ha convertido en un privilegio. Y así, han salido a las calles del llamado primer mundo para exigir algo tan elemental como su derecho a soñar con el futuro.

Pero la historia ha demostrado que en los movimientos sociales suelen confluir distintas expresiones: quienes luchan legítimamente por sus derechos y quienes, aprovechando la indignación colectiva, buscan que todo estalle. Así ha ocurrido una y otra vez.

Y hoy no se trata solamente de averiguar quién encendió la primera llama. La violencia que ha acompañado algunas de estas manifestaciones no puede analizarse al margen de otra violencia, menos visible, pero igualmente profunda: la de un sistema económico que condena a millones de jóvenes a la precariedad y les arrebata sus oportunidades. Comprender las causas de la indignación no significa justificar la destrucción, sino reconocer que la paz social también depende de la justicia.

Esta historia la conocemos bien en México. Los 43 normalistas de Ayotzinapa; el movimiento estudiantil de 1968; el Halconazo; los gasolinazos; Aguas Blancas; Cananea; la Guerra Sucia; los fraudes electorales de 1988 y 2006. Nuestra historia está marcada por la explotación de las mayorías para el enriquecimiento de unos cuantos, pero también por la resistencia de un pueblo que nunca ha renunciado a la justicia.

De esa indignación nació Morena. Esa rabia acumulada durante décadas se transformó en una fuerza política y social que, pacíficamente, se volcó en las urnas para poner fin al viejo régimen y comenzar la construcción de un país distinto. Por eso, no podemos permitir que las contradicciones que hoy vivimos se conviertan en el combustible que la derecha aproveche para alimentar la confrontación y el desencanto.

Hay que caminar con pies de plomo. Morena no puede repetir los errores de quienes ignoraron durante años las demandas sociales hasta convertir la inconformidad en una crisis política. Las juventudes de todo el mundo enfrentan una realidad que únicamente las reconoce como consumidoras, pero que les niega las condiciones materiales para construir un proyecto de vida. Un sistema que les ofrece mercancías, pero les arrebata oportunidades; que les vende ilusiones, pero les niega el derecho a soñar.

No podemos olvidar que la izquierda es, ante todo, el lugar de la utopía. Es el espacio de los sueños colectivos que nos impulsan a transformar la realidad, a construir comunidad, a recuperar la esperanza y a fortalecer el amor a la patria, a la familia y a nuestros semejantes.

Pero la utopía no puede quedarse en el discurso. Debe traducirse en educación pública, vivienda, empleo digno, salarios suficientes, seguridad social y oportunidades reales para las nuevas generaciones. Debe expresarse en gobiernos capaces de escuchar, reconocer sus errores y corregirlos antes de que la inconformidad se convierta en ruptura.

No podemos darnos el lujo de fallar. Porque cada promesa incumplida, cada injusticia tolerada y cada esperanza defraudada alimentan el desencanto de una generación que espera mucho más de nosotros.

Y si hoy somos incapaces de construir el futuro que prometimos, nuestro fracaso será el terreno sobre el que germinará la rabia de mañana.