El domingo por la noche Brasil celebró una de las remontadas más notables de su historia reciente. El lunes por la mañana, antes de que muchos brasileños terminaran su primer café, la bolsa de São Paulo tuvo que detener sus operaciones durante media hora porque las ventas no se detenían, algo que no ocurría desde marzo de 2020, en plena pandemia. En menos de doce horas, Luiz Inácio Lula da Silva recibió dos veredictos: el de los votantes, que le dieron un cuarto mandato, y el de los inversionistas, que le dieron la espalda.
Vale la pena entender primero el triunfo. En la primera vuelta, Flávio Bolsonaro había quedado arriba con 47% frente a 45% de Lula. Tres semanas después, el presidente cerró con casi 52% y más de 64 millones de votos. Ese giro no se explica por un cambio de propuestas sino por un cambio de pregunta. La segunda vuelta dejó de ser una elección sobre Lula y se convirtió en un referéndum sobre el apellido Bolsonaro y sus aliados externos. Lula lo entendió y en el debate lo vinculó con Donald Trump y con Javier Milei, quien días antes había insinuado que el presidente brasileño podía “robarse” la elección. La injerencia extranjera, que pretendía sumar a Flávio, terminó funcionando como combustible nacionalista para su adversario. Aun así, el país quedó partido: Flávio ganó el estado de São Paulo, aunque perdió la capital.
Luego vino el lunes. El índice Ibovespa llegó a caer alrededor de 17%, el dólar subió más de 12% frente al real y el Tesoro canceló las subastas de deuda previstas para la semana. Hay dos razones detrás del desplome y conviene no simplificarlas. La primera es que el mercado había apostado por Flávio: desde la primera vuelta, las acciones habían subido casi 7% y el real se había fortalecido casi 5%. Buena parte de la caída es simplemente desarmar una apuesta perdida. La segunda es fiscal. Las medidas anunciadas durante la campaña, entre créditos, exenciones y gasto directo, movilizaron cerca de 298 mil millones de reales este año, y en la lista de compromisos aparecen el aumento de Bolsa Família y el transporte público gratuito los fines de semana. Al mismo tiempo, Lula prometió mantener la regla fiscal vigente y un superávit primario de 0.5% del PIB. Los inversionistas sencillamente no creen que ambas cosas quepan en el mismo presupuesto.
Aquí está el punto que me interesa como estratega. Una campaña habla con votantes; un gobierno tiene que hablar también con quienes le prestan dinero. Son dos audiencias con lógicas distintas, y la segunda vota todos los días. En su primer mensaje como presidente reelecto, Lula agradeció al pueblo, acusó a su rival de mentir y denunció la injerencia extranjera a través de plataformas digitales. Fue un discurso de cierre de campaña, no de arranque de gobierno. Nadie esperaba que hablara de déficit en la noche de su victoria, pero el silencio sobre las cuentas públicas dejó un vacío narrativo, y en los mercados los vacíos se llenan con miedo.
Lula conoce mejor que nadie esta lección. En 2002, antes de ganar su primera presidencia, firmó la Carta al Pueblo Brasileño, un documento pensado para tranquilizar a los mercados que temían a un gobierno de izquierda. Funcionó porque fue un gesto concreto, con compromisos claros, y no una frase genérica sobre responsabilidad. Hoy la prensa brasileña ya especula con nombramientos que podrían calmar a los inversionistas, como la posibilidad de que Geraldo Alckmin asuma Hacienda. Pero un nombre no sustituye una narrativa.
El riesgo es leer la caída como un ataque de las élites financieras y responder con más polarización. Sería rentable en redes, pero muy caro en la vida real. Un real débil encarece los alimentos y la gasolina, y esa factura no la pagan los fondos de inversión, sino las familias que acaban de votar por él. El domingo le dio a Lula legitimidad; el lunes le recordó que la legitimidad no se convierte automáticamente en confianza.
La pregunta del cuarto mandato no es quién ocupará cada ministerio. Es si Lula está dispuesto a escribir, veinticuatro años después, una segunda carta. Esta vez no para llegar al poder, sino para poder gobernar.