El show de Bad Bunny en el Super Bowl LX le recordó al gobierno de Estados Unidos una verdad incómoda: los latinos jamás nos iremos. La salsa, el reggaeton y los ritmos afrolatinos llevan décadas sonando en las calles, desde Los Ángeles hasta Nueva York. El mérito de Benito no es ser el mejor show de medio tiempo, sino generar debate en tiempos en los que se nos exige silencio.
Digo “generar debate”, y no algo más enaltecedor, porque la realidad siempre es más compleja y Bad Bunny no está exento de críticas. Aunque es latino, de origen proletario y con una consciencia social clara, hoy forma parte de la misma industria que convierte la identidad latina en mercancía.
El “Conejo Malo” está lejos de ser un salvador, pero es, nos guste o no, un símbolo de la comunidad latina ante el mundo. Consciente de su posición, el puertorriqueño utilizó la enorme visibilidad que da el Super Bowl para dar un mensaje claro: “la única cosa más fuerte que el odio es el amor”.
Mientras esa última oración aparecía en las pantallas del Levi's Stadium, en California, Bad Bunny y sus bailarines ondeaban en el escenario banderas de toda Latinoamérica. Entonces Benito se plantó con unas simples pero poderosas palabras: “Seguimos aquí”. Sin importar las políticas de odio que intentan borrar a la comunidad migrante, ellas y ellos siguen ahí, de pie.
No se trata de si Bad Bunny es un activista o un producto más de la industria global, sino de lo que su show simboliza en el contexto social y político actual. Benito vino a reafirmar lo que Trump y sus aliados prefieren ignorar: la presencia latina ya no es una cuota de inclusión, es parte del ADN estadounidense