En la vida política, como en la literatura, los hechos nunca aparecen aislados ni por casualidad: siempre vienen acompañados de su significado.
En los últimos días la mirada del mundo, de nuevo, se centra en Medio Oriente después de que Donald Trump ordenara un ataque con misiles contra territorio iraní. El primer día de bombardeos dejó una escena que recorrió el planeta: una escuela alcanzada por los misiles y, tristemente, decenas de niñas las víctimas. La guerra además de ser un asunto estratégico y militar, tiene una dimensión mucho más profunda: es una disputa moral.
Irán respondió atacando bases militares israelíes y estadounidenses en la región. También lanzó ataques aéreos contra Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Qatar y Chipre. En cuestión de horas la región entera se colocó al borde de una espiral de violencia cuyo desenlace, hasta el momento, nadie puede prever.
Pero mientras los misiles delinean una parte de la narrativa bélica, en otro terreno se está librando una batalla distinta: la del significado.
En Estados Unidos, diversas encuestas difundidas por medios estadounidenses, entre ellos Fox News, muestran un deterioro acelerado en la aprobación de Trump. La desaprobación supera ya la mitad de los ciudadanos y el sentimiento predominante frente al gobierno oscila entre la insatisfacción y el enojo. Apenas una minoría cree que esta guerra traerá mayor seguridad.
Y es justo en esa coyuntura, el nombre de Pedro Sánchez acaparó los reflectores.
Trump solicitó al gobierno español utilizar bases aéreas militares para operaciones relacionadas con el conflicto. La respuesta del presidente del gobierno español fue breve y sencilla: “No a la guerra.”
Cuatro palabras.
En política, cuatro palabras bastan para cambiar el eje de la conversación.
Trump respondió con amenazas comerciales contra España. Pero en ese instante la escena ya estaba construida: de un lado la escalada militar; del otro, la negativa a participar en ella. La dicotomía quedó instalada: guerra o paz.
En cuestión de horas el discurso de Sánchez ha dado la vuelta al mundo y no fue precisamente por la complejidad del argumento lo que lo hizo poderoso, sino precisamente por su simplicidad moral.
Umberto Eco explicaba que una de las formas más eficaces de construcción de identidad consiste en definir al héroe frente al villano. Las comunidades —y también los liderazgos— se consolidan cuando logran identificarse con cierto tipo valores frente a los valores generalmente percibidos como negativos en el otro.
Muchas veces ese enemigo debe construirse con paciencia, propaganda o exageración, pero en esta ocasión no hizo falta.
Trump ha ido edificando su propia imagen pública a partir de una cadena de confrontaciones: la guerra con Irán, la intervención en Venezuela, el endurecimiento del bloqueo contra Cuba y las amenazas comerciales contra países que no se alineen con su política exterior.
Cada una de estas acciones y gestos ha ido trazando la imagen de los personajes, por eso cuando Sánchez dijo “No a la guerra”, lo que hizo no fue simplemente rechazar una solicitud militar. Lo que hizo fue ocupar el espacio simbólico contrario.
La paz frente a la guerra.
La prudencia frente a la amenaza.
La contención frente a la escalada.
Ganar el significado en la política no depende únicamente de lo que uno dice, sino también de lo que el otro representa.
La guerra y la violencia ya estaban en escena; faltaba levantar la antorcha opuesta. En ese espacio vacío bastó una frase para que muchos comenzaran a identificar quién ocupa cada lugar en la escena.
Las guerras pueden ganarse con misiles, pero la legitimidad se disputa en el espacio simbólico. Y en esta historia que aún se está escribiendo, el primer aliado de esa narrativa podría haber sido, paradójicamente, el propio Trump.