Las redes sociales están cambiando nuestros hábitos. Tomar una fotografía o un vídeo para mostrar lo que estamos viviendo en todo momento, y por otro lado acechar qué están haciendo los otros, puede llegar a consumir gran parte de nuestro tiempo y energía.
Este fenómeno ha sido tan grande que puede ser la causa de que las redes sociales nos quemen el cerebro, o dicho de otra forma, llegamos a un agotamiento mental que nos supera.
Hay un entramado que busca atraparnos en ese sistema, se trata de una serie de estímulos constantes cuya finalidad es capturarnos, mantenernos ahí como presas, ya sea llamando la atención o con intentos repetidos para cazar algo.
Estímulos positivos
El “like” y los comentarios son una especie de premio pavloviano, en el que nos vemos estimulados a captar la atención de otros usuarios para que nos sigan, y así, nos premien con un corazón o un dedo pulgar arriba.
Pero este tipo de contenido, también se ve envuelto en ciertas normas intrínsecas de calidad y tipo de contenido, en las que se debe luchar por la aprobación, haciendo que muchas de las fotografías sean una imitación de poses de otras personas, platillos estéticos, lugares estereotipados y un largo etcétera.
Hay también una predisposición a mostrar contenido que nos incite a la felicidad, una felicidad impuesta por una pantalla mostrando un pedazo de la vida de esa persona.
Y qué decir de la perfección que buscamos en los filtros, cuya finalidad es ser más auténticos o parecernos más al tipo de personas que consideramos bonitas, guapos, millonarios o interesantes.
Estímulos negativos
Mientras nos perdemos en la gran cantidad de información que se muestra, hay un síndrome llamado FOMO, en el cual, sucede que hay un miedo de perdernos algo y, evidentemente, nos genera un comportamiento obsesivo que nos impide dejar de conectarnos a las redes.
Por otro lado, existe una tendencia masoquista a buscar, y no se trata necesariamente de una búsqueda pedagógica, sino que abrimos de manera continuada perfiles de personas que están haciendo algo que nosotros no, entonces nos autocastigamos buscando una y otra vez, compulsivamente.
Esto nos lleva a compararnos y el efecto puede ser muy grave: nos encontramos con un reforzamiento intimidante, una necesidad constante de aprobación y una obligación a cumplir ciertas expectativas sociales, y en el caso de no realizarse, nos podemos sentir inferiores y con una ansiedad inexplicable.
Resistir a la compulsión
Tener en cuenta que las redes sociales pueden hacernos presas de su atención, podemos estar conscientes de que los estímulos son pasajeros, y al final, es una realidad creada para conectar con otras personas, pero nuestra mejor versión está en las conexiones que se pueden ver, sentir, tocar y disfrutar cara a cara.