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  • 28 Aug 2025
  • 20:08
  • SPR Informa 6 min

Cuando el deporte deja de ser juego

Cuando el deporte deja de ser juego

Por Ricardo Balderas

La escena es conocida: un país que se prepara para recibir uno de los eventos deportivos más grandes del planeta, promesas de crecimiento económico, empleos temporales y una narrativa que envuelve a la ciudadanía con banderas, goles y entusiasmo. Lo que se repite menos, es decir, de lo que no se habla lo suficiente, es lo que ocurre detrás de ese telón llamado afición: un sistema frágil que, si no se atiende, convierte la pasión colectiva en una oportunidad para la corrupción.

En la Ciudad de México, representantes de Canadá, Estados Unidos y México se reunieron bajo la coordinación de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC). El motivo: discutir cómo proteger el deporte, en especial el futbol, de prácticas que poco tienen que ver con el juego limpio. La reunión no fue un simple taller técnico. Fue una advertencia de que, si el país quiere llegar a 2026 con algo más que estadios remodelados, tendrá que blindar sus instituciones contra el crimen organizado que ya puso los ojos en el espectáculo deportivo más visto del planeta.

 

El crimen se infiltra en la cancha

La manipulación de competencias no es nueva. Lo novedoso es su sofisticación. La capacidad para torcer resultados, influir en árbitros o alterar decisiones desde fuera del campo ha evolucionado de la mano de las plataformas digitales y del negocio creciente de las apuestas. Según el informe regional de UNODC, solo cinco países del continente —Argentina, Brasil, Paraguay, Estados Unidos y Uruguay— cuentan con legislación que tipifica específicamente la manipulación de competencias como delito. México no está en esa lista.

El caso Mazatlán Femenil, investigado este mismo año, es un ejemplo de la fragilidad institucional: una jugadora fue suspendida seis años por amaño de partidos, un castigo sin precedentes que reveló que el crimen también apunta al futbol femenino. El informe muestra que no se trata de incidentes aislados: en Brasil, la llamada “Mafia del Silbato” y las operaciones Jogo Limpo expusieron redes que manipulaban partidos desde las divisiones menores hasta campeonatos internacionales. En Costa Rica, un club de segunda división fue vetado diez años por prácticas similares. En Paraguay, la creación de un Centro Integrado de Información permitió, por primera vez, detener a seis personas en un operativo contra la manipulación de resultados.

Los grupos criminales entendieron algo básico: el futbol no es solo pasión, también es flujo de dinero fácil de infiltrar y difícil de rastrear. Desde sobornos a jugadores con sueldos bajos hasta acuerdos con casas de apuestas ilegales, el deporte se convierte en un espacio rentable y, a menudo, débilmente vigilado.

 

Apuestas ilegales: la nueva frontera

El crecimiento de las apuestas en línea ha abierto otra grieta. Mientras países como Canadá avanzan hacia la regulación, con sistemas que trasladaron el 85% de las apuestas del mercado ilegal al mercado legal, en gran parte del continente sigue predominando la opacidad. El informe de UNODC alerta que grupos de crimen organizado operan sitios ilegales que aparentan ser legales y que, en realidad, funcionan como lavanderías de dinero.

El riesgo no es menor: detrás de cada clic en una aplicación clandestina hay redes que financian actividades ilícitas. Y aunque algunos gobiernos han aprobado leyes para obligar a las casas de apuestas a reportar patrones sospechosos, el rezago normativo en países como México multiplica los riesgos.

El deporte se viste de gala para los grandes eventos, pero también abre la puerta a contratos inflados, sobornos en la adjudicación de sedes y desvío de recursos. El informe de UNODC lo resume sin rodeos: los grandes eventos deportivos en las Américas y el Caribe son terreno fértil para la corrupción. Las experiencias de Brasil en 2014 y 2016 lo demuestran: sobrecostos en estadios, licitaciones amañadas y redes de soborno que involucraron a políticos y empresarios.

México será coanfitrión de la Copa Mundial de la FIFA 2026. También será, si no se actúa con firmeza, terreno fértil para la impunidad. Porque con los estadios llenos, también llegan los vacíos institucionales. Y eso lo saben quienes se dedican a lucrar con lo que otros celebran.

 

Transferencias y crimen organizado

Otro de los puntos críticos es el mercado de transferencias. El documento de UNODC advierte que el futbol es particularmente vulnerable al lavado de dinero: fichajes inflados, triangulación de contratos y operaciones transnacionales que enmascaran el origen ilícito de recursos. Casos en Sudamérica muestran cómo las mafias utilizan clubes pequeños para mover capital y luego legitimar sus ganancias.

En paralelo, las investigaciones revelan vínculos crecientes entre el deporte y el crimen organizado. No se trata solo de manipular partidos o lavar dinero: los grupos criminales han comprendido que el deporte es una plataforma privilegiada para penetrar en comunidades, ganar legitimidad social y expandir sus redes de poder.

El informe de UNODC no es un diagnóstico más para engrosar bibliotecas. Es una hoja de ruta que expone vulnerabilidades y propone acciones: actualizar la legislación, reforzar la cooperación internacional, dotar de capacidad a fiscales y jueces, y construir mecanismos permanentes entre federaciones deportivas y autoridades judiciales.

México, a dos años del Mundial, tiene una oportunidad histórica. Puede elegir entre la euforia de corto plazo —los estadios, las banderas, el turismo— o el compromiso de largo plazo: blindar el deporte como espacio de integridad.

Como periodista, he aprendido que los riesgos no solo están donde hay violencia física. También existen donde hay omisión institucional, donde se abre la puerta al dinero fácil y a la falta de vigilancia. Más que celebraciones, necesitamos sistemas de justicia sólidos. Más que goles, necesitamos reglas claras. Porque cuando el deporte deja de ser juego, lo que está en juego es todo lo demás.