“Lo esencial es invisible a los ojos”, citaba el personaje principal del escritor francés Antoine de Saint-Exupéry. La frase es un aforismo o una metáfora. Es decir, una herramienta del discurso para nombrar una idea de manera concisa o bella. Y la idea del francés en cuestión, para muchos de sus lectores, es siempre simple: “a veces, lo verdaderamente importante no se puede percibir a simple vista”.
Y así nos ocurre a muchas personas, a veces somos incapaces de observar sucesos que tenemos frente a nosotros. Existen tantas manifestaciones de un mismo fenómeno que, ya sea por tiempo o ganas o disposición, simplemente no podemos percibirlos. Evidentemente, los medios de comunicación, los gobiernos, las universidades y demás instituciones, no son la excepción.
Un claro ejemplo de este conflicto, si es que le podemos llamar así, es la actual disputa de ideas entre ciertos sectores del feminismo en contra de la población trans. Más concretamente las feministas TERF o Trans Exclusionary Radical Feminist, quienes insisten en calificar a las mujeres trans como usurpadoras del género, negando así el derecho a la identidad por auto-adcripción.
Por un lado, las mujeres feministas de la corriente transexcluyente, insisten en negar la existencia de otras expresiones humanas más allá de la taxonómica “macho/hembra” asegurando que con el reconocimiento de la existencia de las demás expresiones se “borra a las mujeres”; y por el otro, una población que lejos del Norte Global (aunque en muchos casos también ocurre allá) pelea por las garantías mínimas para sobrevivir.
A este problema lo acompañan muchas aristas pero el principal factor que enturbia la discusión es la falta de información confiable. Las TERF, al parecer sin motivos en particular, comenzaron una campaña donde intentan desacreditar la información recabada por instituciones de corte internacional con la cual, algunos activistas y defensores de derechos humanos aseguran que la esperanza de vida para la población trans es de 35 años. Y desafortunadamente, muchos medios dirigidos por mujeres simpatizantes del feminismo transfóbico, ya replican el discurso.
Esperanza de vida y campañas de odio
Actualmente, desde frentes como la Organización de las Naciones Unidas (ONUsida) o la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), se trabaja en intentar rescatar y recolectar información respecto a los sectores poblacionales más vulnerables, principalmente, aquellos relacionados con la comunidad de la diversidad sexual o el colectivo LGBTTTIQ+.
La razón es casi tan sencilla como la frase del escritor francés: “El mundo en general tiene una deuda histórica en materia de derechos humanos con las personas de la diversidad sexual”. El resultado de este esfuerzo fue publicado en la relatoría de nombre: “violencia en contra de las personas LGBTI” y en el que, en sus páginas 16 y 159, los internacionalistas explican que la esperanza de vida para las personas trans, más comúnmente mujeres-trans, es de 35 años o menos.
“Some Latin American organizations report that the average life expectancy of trans women in the region is as low as 35 years of age, or even less.”, cita el documento.
Sin embargo, para algunas de las feministras transexcluyentes esta información representaba un atentado en contra de su discurso dado a que, resulta evidentemente antiético teorizar en contra de una población tan vulnerable. Por lo que este bloque de feministas, comenzaron una campaña para desacreditar el dato de la esperanza de vida de las personas trans.
Así ocurrió con medios como Xataca, quien publica un texto de Esther Miguel Trula, titulado: “Las personas trans no tienen una esperanza de vida inferior a 35 años, por mucho que lo digan los medios”. La periodista, tiene algunos argumentos interesantes pero definitivamente imprecisos. Por ejemplo, Esther Miguel, asegura (sin decir quién) que dicho dato es mal interpretado. Esto es falso, como podemos leer en los párrafos anteriores, el texto literalmente lo dice, no una, sino dos veces.
Otro dato interesante pero que considero erróneo, es aquella sentencia de Esther donde menciona: “Hay un gran salto lógico entre decir que las víctimas trans de homicidios de países latinoamericanos mueren jóvenes y afirmar que la esperanza de vida de este grupo en todo el continente es la mitad que la población general”. Este argumento me parece especialmente valioso dado a que tiene parcialmente la razón. En efecto, comparar una tasa de homicidios con la esperanza de vida, es el equivalente al querer comparar kilogramos con pascales. Es decir, un absurdo.
Empero, lo que la escritora no menciona es que para llegar a la expectativa de vida se requieren miles de datos que las administraciones federales no tienen, y eso (más allá de señalar si el argumento sobre el tiempo que viven o no las personas trans), es una prueba más de la segregación social a la que se ha sometido a esta población.
No sabemos a ciencia cierta cuántas mujeres trans existen en el mundo porque a los Estados jamás les interesó su bienestar. No sabemos a qué edad mueren, porque a pocas naciones les importó. Lejos, muy lejos, quedan aquellas sentencias insensibles de las TERF sobre el supuesto borrado de mujeres.
Me resulta particularmente curioso que la autora del texto no explique por ejemplo que la esperanza de vida es un cálculo complejo mayoritariamente desarrollado con el método Sullivan donde básicamente, se particiona a la población de cada intervalo de edad, y para el cual, existen tres familias de métodos para realizar esta estimación: Métodos de tabla de vida basada en la prevalencia observada, Métodos de tabla de vida con múltiples decrementos, o bien, Métodos de tablas de vida con decrementos-incrementos.
Es decir, la esperanza de vida se compone del tiempo transcurrido en diferentes estados de salud hasta la muerte. Estos períodos de tiempo en diferentes estados de salud son expectativas de salud y combinan información tanto sobre mortalidad como sobre morbilidad. Y ninguno de estos métodos, se puede desarrollar con la información pública existente dado que los censos sobre población de la diversidad sexual son casi nulos en América.
También me resulta sospechoso que la autora asegure que “El estudio en el que se basa todo sólo habla de las trans que mueren asesinadas, no de todas las trans”. Si su conocimiento en estadística es tan amplio, debería explicar también que ningún estudio probabilístico contempla un universo total. Su audiencia merece tener todo el panorama.
Las apostatas del género y la batalla del sufrimiento
De tal modo, que por mucho que se esfuercen las TERF, existen pruebas irrefutables sobre la vulnerabilidad de las personas LGBTTTIQ+. De hecho, el actual gobierno de México ya comenzó con los trabajo exploratorios para la ingesta de datos masivos sobre esta población y gracias al primer censo de Población y Vivienda realizado en México en el año 2021 podemos tener datos muy interesantes.
Por ejemplo, en el año del conteo, el total de la población de 15 años y más de edad en México se estimó en 97.2 millones de personas. El 94.9% de las y los mexicanos son cis-heterosexuales.
De estas 97.2 personas, 5.0 millones se autoidentificaron LGBTI+, lo que equivale al 5.1 % de la población de 15 años y más en el país. El 81.8 % de esos 5.0 millones se asume parte de esta población por su orientación sexual; el 7.6 %, por su identidad de género y 10.6 %, por ambas. Esto quiere decir que México tiene una población aproximada de 500 mil personas que no se identifican con el género que les fue asignado al nacer.
Estado de México, Ciudad de México, Veracruz y Jalisco, concentran el mayor número de población de la diversidad sexual en el país. El 53.7 % del total de personas LGBTI+ forma parte de la generación Z o centennial (tienen entre 15 y 24 años de edad).
Sobre la segregación social, podemos por ejemplo explicar que la mayoría de las personas LGBTTTIQ+ en México sólo cuentan con educación básica (Preescolar, Primaria y Secundaria). También, gracias al INEGI ahora podemos saber que el 28.1 % de la población LGBTI+ ha recibido un trato desigual en el trabajo contra el 18.4 % de la población No LGBTI+. Asimismo, las estadísticas naciones explican que la frecuencia en que la población LGBTI+ es discriminada es del doble que la población No LGBTI+.
Finalmente, para salir de la discusión local, hasta el día de hoy, todavía existen 8 países donde se castiga con pena de muerte la práctica homosexual, según lo estipulan sus leyes. Esto no ocurre en ningún país con las mujeres cis-género, menos sin caucásicas, y menos aún, si son nacidas en algún país del norte global.
En pocas palabras, resulta infructuoso negar las violencias en todas sus expresiones. Y sin bien es cierto que la violencia machista ha segregado y asesinado a las mujeres desde que la historia tiene nombre, también es cierto, que toda expresión de género que salga del binomio tiene por consecuencia la represión y exterminio. La invitación entonces es a evitar ser la minoría atacando minorías, y ojalá, ojalá algún día, estos datos (y los que vienen) sirvan para tejer puentes entre todos los sectores de la sociedad… Me gusta creer que El principito era en realidad una chica trans y por eso la entrañable frase: “Lo esencial es invisible a los ojos”.