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Siempre el mismo menú: dos opciones que no queremos

Siempre el mismo menú: dos opciones que no queremos

Por Helios Ruiz .

Colombia votó antier y el resultado fue tan predecible como perturbador. No porque ganara uno u otro, sino porque el sistema volvió a entregar lo de siempre: dos extremos en la boleta y el centro pulverizado. Abelardo de la Espriella, el abogado barranquillero que se hace llamar "el Tigre" y que construyó su campaña sobre el rechazo visceral al petrismo, obtuvo alrededor del 43.7% de los votos en la primera vuelta. Iván Cepeda, senador y heredero declarado del proyecto de Gustavo Petro, llegó con cerca del 40.9%. Y Paloma Valencia, la candidata que intentó sostener una posición de centro-derecha moderada, apenas alcanzó el 6.9%. El centro no perdió. Se evaporó. 

Lo que ocurrió el 31 de mayo en Colombia no es un accidente electoral ni una particularidad caribeña. Es el síntoma más reciente de una enfermedad democrática que ya conocemos bien en toda América Latina y que la ciencia política lleva años intentando explicar con precisión. La pregunta que muchos colombianos se hicieron anoche frente a la pantalla ¿por qué siempre terminamos eligiendo entre dos males? no tiene una respuesta simple, pero sí tiene respuesta.

Adam Przeworski, politólogo de referencia en estudios democráticos, lleva décadas advirtiendo que cuando una sociedad vota sistemáticamente para evitar el desastre en lugar de elegir un proyecto, la democracia comienza a agotarse desde adentro, aunque las elecciones sigan siendo formalmente libres. La promesa original del sistema democrático no era solamente ofrecer alternativas; era ofrecer alternativas deseables. Cuando lo único disponible es escoger al menos malo, el sistema ya entró en una trampa de la que es muy difícil salir sin reformas profundas.

Pero la pregunta más incómoda no es cómo salimos de la trampa, sino cómo llegamos a ella. Y aquí la politóloga Lilliana Mason, profesora en la Universidad Johns Hopkins, tiene una respuesta que merece atención. En su libro Uncivil Agreement, Mason argumenta que la polarización moderna ya no es fundamentalmente ideológica, sino afectiva. La gente no vota por ideas ni por propuestas de gobierno; vota contra identidades que detesta. El conflicto se ha movido más allá de los desacuerdos sobre política pública y se ha instalado en la identidad social. Cuando el voto se convierte en un acto de odio, en lugar de un acto de propuesta, el centro muere primero, porque el centro no le ofrece emocionalmente nada al votante encolerizado. Ni la rabia de la izquierda ni el resentimiento de la derecha. Solo argumentos. Y los argumentos, en política afectiva, pierden siempre contra las emociones. 

Colombia es hoy un espejo latinoamericano de ese fenómeno. El voto por De la Espriella no fue, en su mayor parte, un voto por De la Espriella. Fue un voto contra Petro, contra el Pacto Histórico, contra cuatro años de un gobierno que generó adhesiones apasionadas y rechazos igualmente apasionados. El voto por Cepeda, simétricamente, fue en buena medida un voto por la continuidad del proyecto, sí, pero también un voto de trinchera contra lo que sus seguidores perciben como la restauración de una derecha que los excluye. Dos miedos enfrentados. Ningún proyecto compartido.

Este patrón no es exclusivo de Colombia. Lo vivió Estados Unidos cuando una parte significativa del electorado votó por Donald Trump no por convicción profunda en su programa, sino por rechazo a la alternativa demócrata. Lo vivió Argentina cuando Javier Milei capturó el hartazgo de millones que no necesariamente querían el libertarismo radical, pero sí querían castigar al peronismo. Lo vivió Brasil en la oscilación entre Bolsonaro y Lula, dos figuras que generan adhesión feroz y rechazo feroz en proporciones similares. Lo vive Francia en cada elección, con Marine Le Pen creciendo elección tras elección no porque sus ideas conquisten más voluntades, sino porque el centro se desangra y el miedo redistribuye sus votos hacia los extremos.

La democracia del siglo veintiuno, en gran parte del mundo, ha dejado de ser un instrumento para construir futuros y se ha convertido en un mecanismo para gestionar miedos. No se vota hacia algo. Se vota contra algo. Y esa diferencia, que parece semántica, tiene consecuencias políticas enormes. Cuando los partidos y candidatos aprenden que el miedo moviliza más que la esperanza, dejan de fabricar propuestas y empiezan a fabricar amenazas. El adversario no es un rival legítimo con ideas distintas; es un peligro existencial. Y frente a un peligro existencial, no se delibera, se combate.

El resultado previsible de ese ciclo es exactamente lo que Colombia confirmó antier: una segunda vuelta entre dos proyectos que generan más rechazo que entusiasmo, disputando el apoyo de un centro que llegará a las urnas el 21 de junio a taparse la nariz. Colombia deberá regresar a las urnas el 21 de junio para elegir entre De la Espriella y Cepeda, con un resultado de primera vuelta que no dejó a ninguno cerca de la mayoría absoluta. Las alianzas que se tejan de aquí a esa fecha serán, en su mayoría, alianzas de conveniencia contra, no de convicción a favor. Paloma Valencia ya anunció su apoyo a De la Espriella. Roy Barreras hizo lo propio con Cepeda. El tablero se reorganiza sobre el mismo eje: ¿cuál de los dos me aterra menos? 

La pregunta que queda abierta, y que Colombia comparte con el resto de la región, no es quién ganará el 21 de junio. Es si alguna vez volveremos a votar con algo parecido al entusiasmo de quien elige un futuro, en lugar de la resignación de quien evita un desastre. Mientras sigamos eligiendo en función del miedo y no de la propuesta, la democracia nos seguirá entregando exactamente eso: dos candidatos que no queremos y la obligación de elegir entre ellos.