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  • 02 Dec 2022
  • 11:12
  • SPR Informa 6 min

Marcha del pueblo a cuatro años de la 4ta transformación.

Marcha del pueblo a cuatro años de la 4ta transformación.

Por Uziel Medina Mejorada

El 27 de noviembre quedará registrado en la historia de México como el día de la “Marcha del Pueblo”, un evento de tal magnitud como la Marcha de la Lealtad que escoltó al presidente Madero cuando el conservadurismo planificó derrocarlo, pero esta vez, el Presidente no ha sido escoltado por cadetes del Heroico Colegio Militar, sino que Andrés Manuel López Obrador ha sido acompañado en su marcha por un amplio mosaico de civiles que han vuelto a las calles para plantarle cara al conservadurismo y refrendar la Cuarta Transformación de la vida pública de México.

Entre la tercera y la cuarta transformación de México destaca un pueblo que ha derribado el cerco mediático del conservadurismo y que ya no se deja llevar por las narrativas desinformativas de las camarillas reaccionarias, sino que ha dado cátedra de politización y vocación democrática. Mientras en la marcha marchita afloró el clasismo, la ignorancia, la intolerancia, el odio y el racismo, en la marcha del pueblo han surgido las resignificaciones a las etiquetas que el aspiracionismo lumpenburgués ha acuñado sobre el pueblo trabajador. 

“Acarreados por el amor”, se lee en algunas pancartas, “orgullosamente pata rajada”, se lee en otras más. La algarabía de un pueblo feliz retumba entre el camino de Reforma hasta el Zócalo. Desde la última marcha acompañando a López Obrador, nunca se había manifestado tanto gozo entre los participantes, y no es para menos, en realidad es la primera marcha con AMLO donde no existe temor, dolor ni frustración; las anteriores movilizaciones fueron de resistencia contra el desafuero y los fraudes electorales, esta vez fue la celebración del histórico 2018, pero no concentrados en una plaza, sino caminando como en los no muy añejos tiempos.   

Frente a la homogeneidad rosada, los colores de la multiculturalidad mexicana se han hecho presentes, reclamando su pedacito de calle y su pedacito de México. Suena la tambora y la “Marcha de Zacatecas”, anunciando al contingente que la columna se está comenzando a mover. Detrás se suman las batucadas y se alcanzan a observar algunos zanqueros entre pancartas y “trapos” que narran las diferentes historias que juntas están haciendo historia. Ahí van el estudiantado y el magisterio, los electricistas y las amas de casa, la niñez y los adultos mayores, los sobrevivientes de 1968, los religiosos y los librepensadores, las militancias de partido y los activistas de organizaciones sociales, las comunidades urbanas y los pueblos originarios, todos en un mismo sentir, la transformación. 

Se puede ver a mujeres y hombres de los pueblos originarios apropiarse de las calles de una ciudad donde por siglos han sido discriminados, marchando sobre el viejo Paseo de la Emperatriz, reivindicándole el nombre de Reforma; se les ve contentos, libres, ufanos por su historia de resistencia y ancestral sabiduría, derrochando colores entre el asfalto.

El recorrido que generalmente dura una hora se convierte en un viaje de cinco horas. Son cientos de miles acompañando a su presidente, son miles arremolinados queriendo saludar al hombre que le enseñó a todo un país que no se puede vencer a quien no sabe rendirse.

Para la miopía reaccionaria, la Marcha del Pueblo fue una respuesta a la marchita del conservadurismo, incluso les parece que es un culto al ego. Innecesaria, la han calificado. La realidad que se niegan a ver es que hoy se enfrentan a un pueblo que ha conocido su capacidad para organizarse, un pueblo que valora el triunfo democrático por el que lleva muchos años luchando y que no cederá ni un centímetro de calle en la defensa de sus conquistas civiles y políticas. La devoción desbordada no es del hombre para el hombre, es del corazón para el corazón, es la materialización de un “amor con amor se paga”. 

A los ojos de Maquiavelo, entre el temor y el amor, más fácil le es al gobernante conseguir el temor. No obstante, el ideal de liderazgo político es aquel donde el gobernante sabe ser amado y temido. Andrés Manuel López Obrador es ese tipo de gobernante con el que soñaba el florentino, pues se ha sabido ganar el amor del pueblo y el temor de la cúpula que lastimó al pueblo. La receta es muy sencilla, pero difícil para los hijos del privilegio: justicia, honestidad y mucha pasión por la gente, traducido en políticas diseñadas desde el territorio y no desde el escritorio.  

Ya suena en las mesas de análisis que no hay quien le llene los zapatos a Obrador, que un evento como el del 27 de noviembre no tiene precedentes y difícilmente tendrá quien le iguale, pasando por alto el verdadero sentido de la marcha. AMLO, se ha adelantado a la muy comentada sucesión, y a muchas otras sucesiones, y como buen demócrata, ha desistido a la tentación de la perpetuidad, como la oposición le ha acusado sin pruebas, y en lugar de formar a un sucesor a su antojo o coquetear con la extensión de mandato, le ha dado nuevo nombre a lo que se le ha llamado obradorismo, con la finalidad de romper el molde caudillista y entregar al pueblo su visión de nación para que ésta sea nutrida por la sabiduría popular, lejos de ser secuestrada por una camarilla, como en otros tiempos. 

La definición ideológica ya está en la mesa y nos toca a todos construirla desde el amor al prójimo, un amor al pueblo cimentado en la democracia, la fraternidad, la libertad, la diversidad y el patriotismo; la ha nombrado “Humanismo Mexicano”. La Cuarta Transformación es humanismo; todo aquel que quiera preciarse como adalid de la transformación de México ha de ser humanista, y nada humano nos puede ser ajeno. 

Esa es la naturaleza de la Marcha del Pueblo; humanismo puro, humanismo mexicano. Ríos de seres humanos unidos por la fraternidad, por la libertad, por la justicia. Cientos de miles estrechando lazos, fomentando la colectividad por encima del individualismo, procurando el bien de todos atendiendo el bienestar de los históricamente desamparados, porque en la transformación no hay ciudadanos de primera y de segunda, sino que todos son humanos. 

¡Que viva la transformación y que viva el humanismo mexicano!