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  • 07 Aug 2023
  • 10:08
  • SPR Informa 6 min

Perder el tiempo

Perder el tiempo

Por Anaís Pereda .

Beth sintió romperse uno de sus dientes al rechinarlos por enésima vez, pero ni siquiera eso logró apartar su mirada del reloj en su celular. Su clase de yoga debía haber empezado hace quince minutos y sus alumnas —por más meditación y námastes que pronunciaran— no se caracterizaban por ser las más pacientes ni tolerantes. Además, por si eso fuera poco, la tarifa del Uber estaba llegando a niveles impagables. 

—¿Tiene una idea de cuánto tiempo más vamos a tardar? —le preguntó a gritos al conductor que traía la música a todo volumen. 

—¿Me habló? —respondió sin bajar un ápice el volumen de la radio.

—¡Sí! Le pregunté si sabe cuánto más vamos a tardar.

—Uy señorita, ahora sí que le mentiría. Hay una manifestación de taxistas, ya sabe, que para que se suspendan los servicios de Uber.

Beth respiró profundamente una vez, dos veces, tres veces, mientras intentaba determinar si valía la pena bajarse del coche y tomar el metro. Eran las 9:25 cuando canceló el viaje. 

Beth no sabía qué le estaba ocasionando el dolor de cabeza. ¿Sería el ensordecedor ajetreo matutino de la ciudad o sus retumbantes pensamientos auto-recriminatorios? Era su culpa encontrarse en esta situación, pensaba mientras caminaba lo más rápido posible las dos calles que la separaban del estudio de yoga. 

«No debí dormir esos cinco minutos más, ni tomar el baño tan despacio. Además esa cafetera ya está tardando mucho en hacer el café, tengo que cambiarla. Tal vez sería mejor no desayunar, así podría salir quince minutos antes, total que todo el mundo está intentando eso del ayuno intermitente», solo el golpe con la puerta del estudio logró arrancarla de sus pensamientos. Empezó a pedir disculpas incluso antes de abrir la puerta: 

—¡Lo siento! Ya sé que es tardísimo. El tráfico en esta ciudad.

—Beth, son las 9:37, tuve que asignar un reemplazo para tu clase hace más de veinte minutos. La gerente quiere hablar contigo, te van a descontar todas las clases que has llegado tarde.

—¡Todas las clases! Ésta es la primera. 

— La semana pasada llegaste dos veces después de la hora y hace dos semanas también. Tus alumnas se han quejado.

—¡Imposible! Si acaso fueron cinco minutos.

—No me lo digas a mí, háblalo con ella. Te quiere ver a las 12:00, en punto. 

—No puedo, tengo cita con mi creador de contenido a las 12:30. 

—Tú sabrás qué hacer, yo no pongo los tiempos. Námaste. 

Beth azotó la puerta al salir. 

El sonido del segundero empezaba a enloquecerla. ¡Tic, tac, tic, tac! «Tal vez si cambio mi reunión a la 1:00, llegue a tiempo…». ¡Tic, tac, tic, tac!  «Si tomo Uber y ya no hay manifestación…». ¡Tic, tac, tic, tac! «Y si cambio la cafetera». ¡Tic, tac, tic, tac! «Y si no desayuno y no me baño». ¡Tic, tac, tic, tac! «Y si no duermo…” ¡Riiiiiing! ¡Riiiiiing! Cuando Beth despertó, ya iba cinco minutos tarde. 

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“Perder el tiempo se convierte en un pecado grave, en un escándalo espiritual. Sobre el modelo del dinero, a imitación del mercader que, por lo menos en Italia, se convierte en un contable del tiempo, se desarrollan una moral calculadora y una piedad avara”. (Jacques Le Goff, 1983).