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Atado en casa, suelto en el mundo

Atado en casa, suelto en el mundo

Por Helios Ruiz .

La noche del 3 de noviembre, Estados Unidos le quitó a Donald Trump lo que ningún presidente quiere perder a mitad de su mandato: el control del Congreso. Los demócratas recuperaron la Cámara de Representantes y el Senado en una ola que no se veía en décadas, y el presidente amaneció con una agenda interna que, a partir de enero, dependerá de negociar con quienes lleva años tratando como enemigos. Pero para América Latina la pregunta de fondo no es cuánto poder perdió Trump en Washington, sino hacia dónde va a mover el que le queda.

Dentro de su país, el margen se estrecha de inmediato. Una Cámara demócrata controla el presupuesto, puede abrir investigaciones, citar funcionarios y exigir cuentas sobre el gasto en deportaciones o sobre las operaciones militares en el Caribe. Un Senado demócrata puede frenar nombramientos. El propio Trump ya anticipó su respuesta: dijo que trabajará con la nueva mayoría, pero que usará el veto "con generosidad". Traducido al lenguaje político, eso significa parálisis legislativa. Ninguna ley importante saldrá del Capitolio sin pasar por una negociación que él detesta y que, por estilo, no sabe administrar.

Afuera, el tablero es otro. La política exterior es el terreno donde un presidente estadounidense actúa casi solo, y esta administración lo ha demostrado con creces. En enero capturó a Nicolás Maduro en una operación militar en Venezuela. El 28 de febrero inició, junto con Israel, una guerra contra Irán. Impuso un bloqueo petrolero a Cuba. Su Estrategia de Seguridad Nacional, publicada en diciembre de 2025, habla abiertamente de "reafirmar y hacer cumplir la Doctrina Monroe". Y cuando la Suprema Corte le tumbó en febrero los aranceles basados en una ley de emergencia económica, simplemente cambió de fundamento legal y siguió adelante. Los intentos del Congreso por limitar sus poderes de guerra en Venezuela y Cuba fracasaron.

Ahí está la clave para leer lo que viene. Un líder que pierde en casa necesita seguir produciendo imágenes de fuerza, y el exterior se las ofrece sin pedirle permiso a nadie. Un ataque, una sanción, un arancel anunciado en redes sociales o un acuerdo firmado con fotografía tienen algo que la política doméstica ya no le dará: inmediatez y control total del encuadre. Además, Trump no puede reelegirse. Un presidente sin elección por delante y sin mayoría en el Congreso tiene muy poco que perder fuera de sus fronteras. La paradoja es que la guerra con Irán contribuyó a la derrota: cerca de dos terceras partes de los votantes la consideraron una mala decisión, según las encuestas de salida. Pero los costos de la política exterior se pagan en las urnas, y para él ya no habrá urnas.

Para México, el escenario es particularmente delicado. Washington no renovó el T-MEC en julio, lo que somete el tratado a revisiones anuales, mientras siguen vigentes aranceles de 50% al acero y al aluminio y de 25 % a muchos automóviles mexicanos. A eso se suman la presión sobre los cárteles, la migración y las remesas. Todos son expedientes que la Casa Blanca puede mover por decreto, por orden ejecutiva o por amenaza pública, sin esperar al Congreso. Y queda un periodo de transición: hasta el 3 de enero los republicanos todavía controlan ambas cámaras, tiempo suficiente para confirmar nombramientos clave en la diplomacia hacia el hemisferio.

El error más peligroso para los gobiernos latinoamericanos sería leer la victoria demócrata como un alivio. El Congreso podrá investigar, exhibir y retrasar, pero difícilmente podrá detener una decisión de política exterior ya tomada. Lo que sí cambia es el mapa de interlocutores: a partir de enero habrá comités, presidentes de comisión y senadores con poder real para incomodar a la Casa Blanca, y una diplomacia inteligente tendría que hablar con ellos tanto como con el Ejecutivo.

Durante dos años, América Latina miró a Washington esperando entender qué haría Trump con su país. Ahora le toca prepararse para algo más incómodo: un presidente atado en casa y suelto en el mundo, que buscará afuera las victorias que adentro ya no puede conseguir. La pregunta es si la región está lista para dejar de ser escenario de esa narrativa y empezar a negociar como actor.