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Bad Bunny en el Super Bowl: reivindicación cultural o una concesión del imperialismo

Bad Bunny en el Super Bowl: reivindicación cultural o una concesión del imperialismo

Por Charlie Dos Veces López

En el contexto político internacional, ante el avance de las derechas racistas y xenófobas alrededor del mundo, debe decirse que la presentación de Bad Bunny en el show de medio tiempo del Super Bowl destacó, sin duda, por su potencia simbólica y musical, que se sintió como un respiro, como una tregua necesaria para hacer soportables estos tiempos aciagos. Más allá del espectáculo, nuestro Conejito Malo se erigió como un mosaico vibrante de la vida cotidiana en las periferias latinoamericanas, con representaciones como el puesto de tacos, los salones de uñas, los mayores jugando dominó, el vendedor ambulante de oro falso, los bailes callejeros, las bodas ruidosas, donde cada elemento simboliza la afirmación de una identidad muchas veces marginalizada o vista con desdén desde las posturas clasistas del mundo o peor aún, concebidas en los últimos años como parte de un folclor exotizante que cosifica el barrio y lo vende como experiencia turística. El gesto político más explícito es el pase de lista de todas las naciones americanas, que funcionó como una corrección necesaria al secuestro lingüístico que por décadas ha secuestrado el gentilicio “americano” exclusivamente para los Estados Unidos.

 

Musicalmente hablando, sin ser expertos y sin pretender serlo, se debe reconocer que el recorrido fue un homenaje al reguetón puertorriqueño y a sus pioneros, entrelazado con los éxitos del propio Bad Bunny y apariciones de figuras como Ricky Martin, Karol G y Pedro Pascal, entre otras. Sin embargo, la lectura crítica obliga a mirar detrás del escenario, porque a esos niveles, uno debe preguntarse si las implicaciones políticas de que ese destello de representación masiva haya ocurrido en un espacio férreamente controlado, mercantilizado y patrocinado por un gigante tecnológico como Apple, corporación con claros alineamientos geopolíticos 5īōnīstā5. Esta contradicción es el meollo del asunto, aquí es donde se encuentra la tensión principal, pues al mismo tiempo el espectáculo puede sentirse como una victoria cultural y como una migaja mercantilizada a la protesta que utilizan las élites para administrar, dosificar, la crítica; es decir, una demostración de que el capital es capaz de comprar, empaquetar y vaciar de peligrosidad real incluso los íconos más contestatarios.

 

Este mecanismo responde a una lógica histórica del poder y no es nueva; porque la hegemonía puede darse el lujo de ceder espacios controlados de representación para evitar desbordes mayores. De lo que hablamos es de la estrategia del PRI, que conocemos muy bien en México, una herramienta de los tiempos de apogeo de ese partido en poder, que sirvió para cooptar disidencias durante décadas y que funciona, y que podría ser conscientemente o no, una resignificación de la misma, para utilizarla en el contexto político actual, como una válvula de escape para despresurizar la rabia ante las políticas migratorias xenófobas o la indignación frente al avance global de la derecha, que encabeza Trump mediante la proliferación de su discurso anti derechos e imperialista, que es seguido en varios países del mundo por actores locales, para empoderar a los sectores de las derechas más reaccionarias, como ocurre, por ejemplo, en Latinoamérica.

 

El sistema pues, desde esta perspectiva, integra el símbolo rebelde para neutralizar su potencial transformador, ofreciendo catarsis en lugar de revolución. No obstante, es crucial navegar esta tensión sin caer en el purismo ideológico que, desde ciertos sectores de la izquierda, descalifica de plano cualquier gesto de visibilidad logrado dentro del sistema y que rechaza la presentación por su contexto mercantilizado, lo que implicaría ignorar el valor profundo de ver, en uno de los escenarios más globalizados del imperialismo, una reivindicación explícita de lo latinoamericano y su barrialidad. Para molestia de este sector farisaico, el mensaje sí resonó, y su potencia simbólica es real para millones de personas cuya cotidianidad rara vez se refleja en esos espacios de masas, para millones de latinos en Estados Unidos, en medio de esta crisis de derechos humanos, y para quienes resistimos desde nuestros países. El desafío analítico, a este punto, no es elegir entre la celebración acrítica y el rechazo absoluto, sino sostener la contradicción de reconocer el mérito, el simbolismo, incluso la crítica y la emoción legítima que generó la representación, al tiempo que se deconstruye el marco de poder que la hizo posible. Desconfiar de las llamadas "protestas empaquetadas" no debe llevarnos a invalidar las fibras auténticas que tocaron; exige, por el contrario, una mirada más aguda que distinga entre el contenido del mensaje, que sin duda tiene elementos de ser genuino y transformador, y la estructura que lo contiene y lo neutraliza; es decir, que esta doble lectura evita tanto la ingenuidad como el cinismo, permitiendo comprender cómo la lucha cultural se libra también en el ambiguo y disputado terreno de los símbolos masivos.

 

El acto de Bad Bunny, por tanto, debe analizarse en esta dualidad. Por un lado, su poder simbólico es innegable: tocó el corazón de millones al visibilizar con orgullo una cultura sistemáticamente enfrentada al racismo y al clasismo, tanto dentro como fuera de Estados Unidos. Por otro lado, su encuadre en el megaevento deportivo-comercial por excelencia revela la elasticidad perversa del poder. Este no suprime la protesta; en su lugar, puede permitir su representación estética en un ámbito inofensivo, transformando la sed de justicia en un producto más del entretenimiento.

 

También las izquierdas y las disidencias pueden darse licencias y reconocer, celebrar la visibilidad ganada, porque es legítimo y necesario, pues hace años simplemente habría sido impensable. Por otro lado, no obstante, resulta prioritario no abandonar la crítica al espacio que la hace posible, porque sería un error, como dejarse seducir por el canto de las sirenas. La discusión no se encuentra sólo en la representación del espectáculo en sí mismo, sino a quién le pertenece esa plataforma, con qué fines permite ese concierto y cuál es el costo que le representa. Podemos reconocer que la actuación de Bad Bunny fue poderosa, se trató de una reivindicación cultural y una celebración de la identidad latinoamericana, contrastante y rica, donde la periferia social es la cuna del sabor, del ritmo y del aamor. Sin embargo, no podemos ser omisas ante su encuadre; es decir, ante el hecho que se haya llevado a cabo en el marco de un megaevento mercantilizado y patrocinado por capitales que patrocinan 6ênøcīdîø5, lo que revela la perversa elasticidad del sistema, que es capaz de vaciar y descafeinar el potencial transformador real hasta en los gestos más contestatarios, convirtiéndolos en espectáculo y, de paso, desactivando mediante la representación controlada la energía revolucionaria que dichos símbolos encarnan en las calles. Porque si de algo debemos estar seguros, es de que el riesgo fue cuidadosamente calculado y quizá por ello, también lo que vimos fue meticulosamente cuidado, porque si algo es cierto, es que jamás veremos una crítica frontal a Trump en el Super Tazón, como no la vimos en los Grammy y no la veremos en los Oscar, porque esa protesta sí está siendo reprimida en las calles; sin embargo, también requiere de cierta madurez política, como dicen en mi pueblo, trabajar con lo que se tiene y aprovechar esas fisuras, abiertas sí o sí por la lucha, por la presión que ha sido tanta que seguramente por eso tuvieron que doblar tantito las manos en la Casa Blanca, para no dejar caer lo que se pueda rescatar de esa presentación, porque si bien es cierto que el reconocimiento, cuando es concedido como un permiso desde el poder, corre el riesgo de convertirse en otra forma de control, tan sofisticada como efectiva, y por ello la tarea sigue siendo apoyar la fuerza del símbolo, lo que evoca, mientras se desmonta, incansablemente, mientras denunciamos por todos los medios, la maquinaria que intenta domesticarlo.