Hay derrotas que no las provoca el adversario, sino uno mismo. En política, el ego es un pésimo asesor: convence al que manda de que su cargo lo vuelve infalible, de que corregirse es debilidad y de que quien intenta ayudarlo, en realidad, lo está desafiando. Dos episodios recientes en México, protagonizados por gobernantes que hasta hace poco parecían sólidos, muestran cómo la soberbia puede derrumbar en segundos lo que costó años construir.
El primero ocurrió en Chihuahua. Durante una conferencia de prensa, la gobernadora Maru Campos soltó un dato impreciso y su asistente de confianza, Anya Trevizo, intentó corregirla con discreción, con una seña, como lo haría cualquier colaborador que busca salvar a su jefa de un tropiezo menor. La respuesta de la mandataria no fue un gesto de agradecimiento, sino una frase lapidaria frente a las cámaras: "¿Quiere dar usted la conferencia?". Días después, Trevizo (una de las personas más cercanas a la gobernadora, que la acompañaba desde su etapa como alcaldesa) presentó su renuncia. Lo que debió ser un detalle rutinario terminó convertido en una escena viral sobre el maltrato al propio equipo.
Ahí está la primera lección de comunicación política: el error nunca fue el número equivocado, sino la reacción. Un dato se corrige en diez segundos y nadie lo recuerda. Una humillación pública, en cambio, se reproduce miles de veces y define una imagen. Campos transformó una nadería en una crisis autoinfligida, y lo hizo en el peor momento posible, cuando ya era blanco de los ataques del oficialismo en el plano nacional. En lugar de proyectar la templanza que se le exige a quien aspira a ser un referente opositor, le regaló a sus críticos munición gratuita. El silencio institucional que vino después solo terminó de sellar la narrativa: cuando el poder no explica, el episodio habla por él.
El segundo caso es todavía más ilustrativo, porque la caída es mayor. Fernando Flores, alcalde de Metepec, figuraba hasta hace poco entre los presidentes municipales mejor evaluados del país, con aprobaciones que rondaban el setenta por ciento. Había armado un proyecto de continuidad tan ambicioso que apenas unos días antes había arropado, en un multitudinario acto partidista, a su esposa como la carta para sucederlo. Todo ese capital quedó en entredicho por un solo acto de soberbia: irrumpir con escoltas armados y una patrulla municipal en un club privado, para intervenir en un conflicto familiar y patrimonial. Los videos dieron la vuelta al país y hoy enfrenta una investigación por abuso de autoridad.
El pecado de Flores no fue tener un pleito familiar (eso le pasa a cualquiera), sino confundir el poder personal con el poder público, usar recursos del Estado para una disputa privada, actuar como si las reglas fueran únicamente para los demás. Ese es, con precisión, el espejismo que produce el ego: la certeza de que el cargo es un salvoconducto. En la era de las cámaras encendidas, ese espejismo se paga carísimo, porque el capital político se construye lento, a lo largo de años, y se evapora en el tiempo que tarda un video en volverse viral.
Lo que une a ambos casos no es la ideología ni el partido (la soberbia no distingue colores), sino un mismo malentendido sobre la naturaleza del poder. Una cosa es tener carácter y firmeza para gobernar, y otra muy distinta confundir el liderazgo con el despotismo, la autoridad con la impunidad. El gobernante soberbio cree que mandar es no ser corregido jamás, que la fortaleza consiste en humillar y que su voluntad basta para imponerse. En cada caso, el desenlace es idéntico: pierde colaboradores, pierde estatura, pierde proyecto.
Por eso conviene recordar una verdad incómoda para quien ejerce el poder: el enemigo más peligroso de una administración rara vez está en la acera de enfrente. Suele estar mucho más cerca, en el reflejo del espejo. La política castiga tarde o temprano a quien se cree infalible, porque los ciudadanos perdonan casi cualquier error, menos el desprecio. La pregunta que deberían hacerse los gobernantes no es a quién enfrentan afuera, sino si son capaces de escuchar adentro. Porque cuando el ego toma el micrófono, la caída ya empezó.