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  • hace 1 día
  • 16:07
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El "periodismo" de derecha

El "periodismo" de derecha

Por Bastian Bilá

Sofía dejó el celular sobre la mesa, con la mirada cargada de frustración.

—Mamá, no entiendo. Trabajo doce horas, intento emprender, pero cada día siento que tengo menos. El tipo del video dice que es porque me he dejado llevar por la "corrección política" y el feminismo, y que si no tengo dinero es porque no soy lo suficientemente competitiva. Dice que ellos son los verdaderos rebeldes contra el sistema.

Su madre, tras un largo silencio, se sentó frente a ella.

—Hija, esa es la "rebeldía" que le venden a tu generación para que no mires hacia arriba. Te enseñan a odiar a los inmigrantes o a las minorías para que no veas que son las mismas corporaciones que patrocinan esos videos las que te precarizaron. Es una trampa: te dan un discurso de "libertad absoluta" y "éxito individual" mientras te quitan el suelo bajo los pies.

—Pero, ¿cómo puede ser mentira si lo veo en todos lados?

—Porque no es una opinión, es un algoritmo diseñado para que creas que tu malestar es culpa tuya, y no del sistema que destruyó las certezas que nosotros tuvimos. Te han inyectado una amnesia deliberada, Sofía. Te quieren sola frente a la pantalla, peleando contra fantasmas, para que nunca te des cuenta de que la única forma de cambiar tu realidad no es compitiendo con los demás, sino organizándote con ellos.

§

El resurgimiento electoral de las extremas derechas y los neofascismos en el siglo XXI no es un accidente democrático ni un simple cambio de preferencias de los votantes. Desde una perspectiva marxista, responde a una crisis orgánica del capitalismo globalizado y a una feroz guerra de posiciones por el control de la cultura y la conciencia de clase.

Para desentrañar cómo las nuevas generaciones están siendo atrapadas por este entramado y cómo se aterriza este fenómeno en el ecosistema mediático de México, es indispensable recurrir al arsenal teórico de Antonio Gramsci.

"El viejo mundo muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos." — Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel.

Las juventudes actuales no se han vuelto inherentemente reaccionarias, sino que son las principales víctimas de la precarización económica. El neoliberalismo destruyó las certezas materiales (empleo digno, vivienda, pensiones), pero la izquierda institucional e institucionalizada no ha logrado ofrecer una alternativa radical que rompa con la lógica del capital.

Cuando las instituciones tradicionales pierden su legitimidad porque ya no garantizan el bienestar material, se produce lo que Gramsci llamó una crisis orgánica (o crisis de autoridad de la clase dirigente). Ante este vacío, la extrema derecha se disfraza astutamente de "rebelde" y "anti-sistema". Canalizan el malestar real y legítimo de los jóvenes hacia chivos expiatorios falsos como los inmigrantes, el feminismo o las minorías. El capitalismo canaliza la rabia juvenil para evitar que se dirija contra los verdaderos opresores que son los dueños de los medios de producción.

Para Gramsci, las clases dominantes no solo gobiernan mediante la fuerza (aparato represivo del Estado), sino principalmente a través la hegemonía cultural. Esto implica la construcción de un "sentido común": una forma fragmentada, acrítica y naturalizada con la que el pueblo interpreta la realidad cotidianamente.
La derecha ha moldeado este sentido común inyectando una amnesia deliberada. Al desvincular la historia de las relaciones de clase, las nuevas generaciones consumen discursos fascistas estilizados sin la memoria histórica de las atrocidades del pasado (las dictaduras militares, el horror del fascismo clásico o el costo humano del libre mercado impuesto a sangre y fuego). Al mercantilizar la educación y fragmentar la memoria histórica, el pasado se vuelve un simulacro estético, permitiendo que las viejas opresiones se vendan hoy como "libertad absoluta".

En México, este fenómeno adquiere características brutales a través de una violenta contradicción hegemónica. Por un lado, existe un proceso de transformación respaldado por una amplia base popular, por el otro, persiste una oligarquía que mantiene el control casi total de los aparatos ideológicos tradicionales.

Los medios de comunicación masiva tradicionales (televisión, radio, prensa escrita histórica) operan en el sentido estricto como intelectuales orgánicos de la burguesía. La producción diaria de noticias falsas, la manipulación de cifras económicas y las campañas de desestabilización psicológica no son errores periodísticos; son tácticas de guerra de posiciones destinadas a fabricar un consenso reaccionario. Buscan que el trabajador precarizado defienda, mediante un sentido común colonizado, los intereses de las corporaciones y los magnates que lo explotan.

Es aquí donde las nuevas generaciones quedan entrampadas. El ecosistema digital y los algoritmos de plataformas como TikTok, X o YouTube están diseñados bajo la lógica del capitalismo de plataformas para maximizar el engagement (compromiso) a través de las emociones más primarias como el miedo, el odio y el resentimiento.

La derecha corporativa en México utiliza esto mediante granjas de bots y cuentas automatizadas con una inyección masiva e inorgánica de recursos económicos para simular tendencias falsas y linchamientos mediáticos digitales.

También están las Micro-dosis de ideología. El discurso fascista no llega en un manifiesto pesado, sino filtrado en memes de 15 segundos, videos de reacciones o discursos de "cripto-brothers" y gurús del emprendimiento que promueven el individualismo hiper-competitivo, destruyendo la solidaridad de clase.

El resultado es la atomización del sujeto histórico, los jóvenes, aislados frente a sus pantallas, sustituyen la interacción comunitaria y la organización colectiva por cámaras de eco virtuales donde la mentira repetida de forma industrial termina por secuestrar su sentido de la realidad.

El avance global de las derechas radicales demuestra que la batalla no se libra únicamente en las urnas ni en las fábricas, sino en la disputa cotidiana de las ideas. Si la izquierda quiere desenredar a las nuevas generaciones del discurso neofascista, debe articular una contra-hegemonía capaz de devolver la memoria histórica a las calles, desenmascarar el carácter de clase detrás de las redes sociales corporativas y ofrecer un proyecto de futuro radical, material e inequívocamente anticapitalista.