"México es el país más surrealista del mundo." La frase suele atribuirse a André Breton. Otra expresión, igualmente difundida, adjudica a Salvador Dalí una afirmación todavía más provocadora: "De ninguna manera volveré a México. No soporto estar en un país más surrealista que mis pinturas." Aunque la autenticidad documental de ambas citas continúa siendo motivo de debate, su permanencia en el imaginario colectivo revela un hecho significativo: México desafía las categorías con las que Occidente acostumbra comprender el mundo.
Quizá, etiquetar de surreal a realidades que desbordan los moldes occidentales y capitalistas, es una forma de establecer una distancia entre ellos y nosotros, una distancia con una profunda marca de superioridad, desprecio y divertimento para con los inferiores.
La etiqueta ignora de manera consiente que la identidad mexicana no nació de una sola civilización ni de una sola tradición cultural. Es producto del encuentro —frecuentemente violento— entre el mundo occidental y las civilizaciones mesoamericanas. A esa primera convergencia se añadió otra igualmente significativa: el encuentro entre la modernidad industrial y capitalista y comunidades que aún conservan formas ancestrales de organización social, producción y transmisión del conocimiento.
El resultado no fue la desaparición de una cultura frente a otra, como en los países europeos o en Estado Unidos, sino una convivencia permanente de racionalidades distintas. México aprendió a existir sin resolver completamente sus contradicciones. En lugar de sustituir un mundo por otro, los incorporó a todos.
Por ello, en un mismo espacio conviven, no siempre pacíficamente, rascacielos y basamentos prehispánicos; inteligencia artificial y medicina tradicional; plataformas digitales y mercados populares; centros comerciales y tianguis; cadenas internacionales de restaurantes y taquerías callejeras reconocidas por la Guía Michelin; iglesias barrocas adornadas con luces de neón; lenguas originarias junto al español y al inglés; comunidades indígenas que conservan formas de organización centenarias junto a algunos de los polos industriales más avanzados del continente.
La pobreza existe junto a la riqueza. La improvisación con una enorme capacidad de adaptación; el culto a la modernidad con un profundo respeto por las tradiciones. Lo que para una mirada formada bajo la lógica occidental aparece como una contradicción, para millones de mexicanos constituye simplemente la forma cotidiana de habitar el mundo.
Los extremos viven, perviven y sobreviven juntos. Esa convivencia permanente de mundos distintos produce en el observador desprevenido una experiencia semejante, que le es difícil entender y que, de manera simplona, puede ser categorizada como surrealismo.
México es muchos Méxicos que chocan, conviven, se enciman, caminan paralelamente, se sobreponen, se rechazan, se funden, todo al mismo tiempo. La superrealidad [1] del surrealismo, México no necesita inventarla. La historia misma se ha encargado de hacerla posible.
Esta convergencia de realidades encuentra una de sus expresiones más elocuentes durante una Copa del Mundo. El futbol deja de ser únicamente un deporte para convertirse en un fenómeno cultural que condensa, por unas semanas, la complejidad de la identidad mexicana. En un país atravesado por profundas desigualdades sociales, por la violencia cotidiana, por las tensiones políticas y por marcados contrastes económicos, el balón construye un lenguaje común capaz de reunir aquello que habitualmente permanece dividido.
La fiesta del futbol es el momento del exceso sin el castigo social, es el momento del grito, del color, del hacinamiento, de la toma del espacio público sin el juicio público. Sin categorías racistas o clasistas. Somos felices todos, aunque los nacos siguen en el ángel y las clases altas en los palcos, pero la foto que da la vuelta al mundo será orgullo de todos.
Mientras juega la selección nacional, México parece suspender momentáneamente el peso de sus propias heridas. Las diferencias sociales se vuelven menos visibles bajo una misma camiseta. Los problemas nacionales no desaparecen, pero durante unos instantes dejan de definir por completo la experiencia colectiva.
No se niega la realidad, pero durante 90 minutos, los opuestos sociales, culturales y económicos participan, desde sus espacios, de una misma celebración colectiva, como si la nación entera habitara, por unas semanas, un sueño compartido, pero sin dejar que las distancias desaparezcan del todo. El Mundial es un pretexto para que, como individuos, dejemos de sentirnos solos para integrarnos emocional y simbólicamente a la colectividad.
México no vive fuera de la realidad, sino que nos obliga a reconocer que la realidad nunca fue única. Lo que llamamos surrealismo no es otra cosa que el asombro de quien descubre una realidad más amplia que las categorías accidentales con las que aprendió a interpretarla.
México no es surrealista. Es un mosaico de realidades socio-culturales que convergen en un país donde el pasado dialoga con el futuro; donde la tradición convive con la innovación y donde los sueños parecen formar parte de la vida cotidiana, porque la historia hizo posible la coexistencia de mundos que otros imaginaron incompatibles. Quizá esa sea la mayor lección que México ofrece al mundo.
Los surrealistas soñaron con reconciliar el sueño y la vigilia mediante el arte. México demuestra que no es necesaria la reconciliación de realidades opuestas para que convivan, esa, también es una experiencia histórica. Aquí los sueños no sustituyen a la realidad; se funden con la realidad.
[1] El superrealismo propone una estética que se caracteriza por darle un gran valor a la imaginación, a la libertad y al sueño como medios de búsqueda de la expresión y de la creación.