Hoy analizamos un anuncio fundamental para el desarrollo económico y energético del país: el paquete de inversión del gobierno federal por más de 140 mil millones de pesos para ampliar y modernizar la red nacional de gasoductos.
Por un lado, estamos hablando de una cifra histórica, pero el verdadero motor de esta estrategia es la participación de la Comisión Federal de Electricidad (CFE), que destinará más de 53 mil millones de pesos en nueve proyectos estratégicos.
Y aquí surge una pregunta clave: ¿por qué esto es fundamental para nuestro Sistema Eléctrico Nacional? Tengamos presente que el gas natural es hoy el insumo prioritario de la generación eléctrica en México. La CFE no invierte en esta infraestructura por capricho; lo hace porque es una necesidad operativa y estratégica. De hecho, estos nuevos ductos garantizarán el abasto para 13 nuevas plantas de ciclo combinado, de las cuales siete ya están en construcción. Como resultado, estas centrales aportarán cerca de 9,800 megawatts de capacidad firme al sistema.
Sin embargo, más allá de las cifras y los datos técnicos, la verdadera dimensión de este anuncio por parte del Estado mexicano se entiende cuando observamos la tensión estructural en la que vivimos. Como explica el teórico Søren Mau en su obra Compulsión muda, el mercado ejerce un poder silencioso pero implacable: obliga a las sociedades a someterse a su lógica simplemente para sobrevivir.
En ese contexto, México importa hoy gran parte del gas natural que consume, lo que nos deja expuestos tanto a las variables del mercado como a los conflictos energéticos globales. Y precisamente ahí aparece el problema de fondo: cuando un país deja su insumo más vital a la lógica ciega del lucro, termina perdiendo control sobre su propio desarrollo.
Frente a ello, entra la capacidad de síntesis del Estado mexicano. Al invertir hoy estos recursos para que la CFE y el Centro Nacional de Control del Gas Natural controlen y expandan estos gasoductos, el gobierno no solo está ampliando infraestructura: está pavimentando un camino hacia una mayor soberanía energética. Y lo hace mirando hacia el futuro, preparando gasoductos —tubos para transportar gas— no solamente para el combustible que hoy utiliza México, sino también para el que busca producir por sí mismo en los próximos años.
De esta manera, el Estado se interpone entre la sociedad y las fluctuaciones del mercado, llevando a la electricidad, a la CFE y al Sistema Eléctrico Nacional hacia una necesidad mayor y un objetivo distinto al lucro: garantizar una reproducción social más justa y estable.
En resumen, esto no es solamente una obra de infraestructura; es también un acto de defensa estratégica. Una CFE fortalecida garantiza que el metabolismo energético y económico del país —es decir, la energía que mueve industrias e ilumina hogares— no quede secuestrado por el capital financiero.
En última instancia, se trata de apostar por un desarrollo propio y estratégico para el pueblo mexicano, así como por la certeza material y energética de su futuro.