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  • hace 22 horas
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El poder debe responder. Nosotros también

El poder debe responder. Nosotros también

Por Juan Carlos Suárez, Tenor

Hay imágenes que duran apenas unos segundos, pero abren conversaciones que pueden durar mucho más. Hace unos días, una mujer se acercó al vehículo en el que viajaba nuestra presidenta Claudia Sheinbaum, en Tamaulipas, para plantearle un reclamo y exigir una respuesta. El momento rápidamente circuló en redes sociales y, como suele ocurrir, aparecieron las interpretaciones de siempre, ‘’quienes vieron en ella el rostro de una ciudadanía cansada de esperar resultados’’ y ‘’quienes cuestionaron la manera de expresar su inconformidad’’.

Pero quizá la discusión no debería quedarse en la mujer ni en la presidenta. La escena nos permite hacernos una pregunta mucho más profunda: ¿qué estamos haciendo nosotros por el país que exigimos? John F. Kennedy lo expresó hace más de seis décadas con una frase que conserva una enorme vigencia, “No preguntes qué puede hacer tu país por ti, pregunta qué puedes hacer tú por tu país”.

La frase no significa que debamos dejar de exigir. Al contrario, exigir resultados, pedir cuentas y señalar lo que no funciona son derechos fundamentales de una ciudadanía democrática. Quien gobierna tiene la obligación de escuchar, responder y ofrecer resultados.

Pero también existe una responsabilidad del otro lado. Ningún gobierno, por sí solo, puede construir el país que queremos. Porque los cambios también comienzan en casa. Porque un país no solamente se transforma desde los palacios de gobierno, los congresos, los ayuntamientos o las oficinas públicas. También se transforma en una casa, en una escuela, en un salón de clases, en un escenario, en una biblioteca, en una familia, en una comunidad.

Se transforma cuando alguien decide estudiar en lugar de rendirse. Cuando un joven encuentra en la música una razón para no abandonar sus sueños. Cuando un padre enseña a sus hijos a respetar a los demás. Cuando un ciudadano deja de tirar basura en la calle aunque nadie lo esté vigilando. Cuando alguien decide escuchar una opinión distinta sin convertir inmediatamente al otro en enemigo. Cuando un artista crea. Cuando un maestro enseña. Cuando una persona decide trabajar honestamente, cumplir su palabra y hacerse responsable de aquello que sí está en sus manos cambiar. Ahí también comienza la transformación de un país.

Y quizá ese sea uno de los grandes problemas de nuestro tiempo, hemos aprendido muy bien a señalar lo que está mal, pero no siempre hemos aprendido a preguntarnos qué parte de la solución nos corresponde. Vivimos tiempos en los que resulta demasiado sencillo encontrar culpables. Las redes sociales nos han dado una plaza pública permanente, pero también han convertido muchas conversaciones en trincheras. Ya no siempre debatimos para comprender; debatimos para ganar. Ya no escuchamos para encontrar coincidencias; escuchamos para preparar la respuesta.

Y cuando eso sucede, la democracia pierde algo fundamental, la capacidad de dialogar. Porque una sociedad democrática no es aquella donde todos piensan igual. Es aquella donde podemos pensar diferente y, aun así, reconocernos como parte de la misma comunidad. Podemos exigirle al gobierno. Podemos cuestionarlo. Podemos reconocer sus aciertos y señalar sus errores. Podemos incluso estar profundamente en desacuerdo. Pero también podemos preguntarnos, con la misma honestidad, qué estamos haciendo nosotros.

Porque exigir y participar no son cosas opuestas. Son dos caras de una misma ciudadanía. No se trata de dejar de exigirle al gobierno. Se trata de no olvidar que nosotros también somos parte del país que exigimos.

Y es justamente aquí donde el arte, la cultura y el humanismo dejan de ser un tema ajeno a la política o a la vida pública. El arte nos enseña algo que la confrontación suele hacernos olvidar, que podemos mirar la misma realidad desde diferentes perspectivas. Una misma canción puede conmover a personas que piensan distinto. Una obra de teatro puede hacernos comprender la vida de alguien que nunca hemos conocido. Un libro puede permitirnos habitar durante unas horas la mente de una persona con una historia completamente diferente a la nuestra.

La cultura nos enseña a escuchar. El arte nos enseña a sentir. Y el humanismo nos recuerda que, detrás de cada postura, de cada conflicto y de cada diferencia, existe una persona.Y eso es especialmente importante en tiempos donde pareciera que hemos olvidado dialogar.

Por eso, quizá el cambio que necesitamos no comienza únicamente preguntando quién gobierna o quién tiene la culpa. También comienza preguntándonos qué estamos haciendo con nosotros mismos. Exigir al gobierno y trabajar por nuestro país no son posiciones contradictorias. Son dos responsabilidades que deben caminar juntas. Podemos cuestionar al poder y, al mismo tiempo, cuestionarnos a nosotros mismos. Podemos pedir mejores gobiernos y comenzar por ser mejores ciudadanos. Podemos exigir justicia, pero también practicarla en nuestra vida cotidiana. Pedir respeto y aprender a respetar. Reclamar diálogo y estar dispuestos a escuchar.

Porque sería muy sencillo esperar que todo cambie afuera sin preguntarnos qué estamos dispuestos a cambiar adentro. Quizá esa sea la verdadera enseñanza que podemos rescatar de aquella escena en Tamaulipas. Recordar algo mucho más importante: el ciudadano tiene derecho a exigir, y el gobierno tiene la obligación de responder; pero todos tenemos también una responsabilidad con el país que habitamos.

Porque un país no cambia solamente cuando cambia un gobierno. También cambia cuando cambia su gente. Y quizá por eso la pregunta de Kennedy sigue siendo tan vigente: ¿Qué país estamos exigiendo y qué país estamos construyendo? Porque al final, el país que queremos no solamente se reclama. También se construye. Y empieza, muchas veces, por nosotros mismos. Sigamos haciendo música.