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Tina Modotti cumple 130 años

Tina Modotti cumple 130 años

Por Nieves R. Méndez

Tina Modotti murió en la Ciudad de México en 1942. Tenía 45 años y hacía más de una década que no sostenía una cámara con la asiduidad de los veinte. Había sido obrera, emigrante, actriz, fotógrafa, militante comunista, exiliada y organizadora de ayuda para los republicanos españoles. Había vivido en varios países y había dejado de pertenecer por completo a cualquiera de ellos. 

Tras su muerte, su biografía generó una cantidad considerable de literatura, aunque no necesariamente una comprensión proporcional acorde. En algunas plumas pérfidas, Modotti fue más musa, amante, espía, extranjera, femme fatale cuya historia venía siempre contada a la sombra de algún hombre (Edward Weston, Julio Antonio Mella, Diego Rivera o Vittorio Vidali) que lo que en realidad fue: una mujer transgresora y una fotógrafa pionera. Una mujer valiente y una artista

Cuando llegó a México en 1923 de la mano de Edward Weston, el mundo del arte le abrió las puertas, más por ser la actriz de las películas de Hollywood que pasaban en el Cinema Imperial y la modelo que había inspirado aquellos desnudos en la azotea de Tacubaya, que por ser la artista sensible que era, la muchacha de Udine, la tercera hija de una familia obrera, la que había tenido que trabajar desde muy joven en una fábrica textil antes de emigrar, en 1913, a Estados Unidos con su padre, un maquinista socialista y antifascista. 

México le dio el estímulo que necesitaba para atravesar aquella fotografía que había aprendido en casa y en el estudio de Tropico (flores, nopales, objetos, arquitectura… formas aisladas del contexto, superficies, geometrías que buscaban la representación del purismo compositivo) y encontrarse con su propia mirada en donde fue testigo de la transformación de su mundo, que dejó de ser un conjunto de formas para convertirse en un documento social. A través de su obra, el trabajo, pero, sobre todo el individuo adquirió una presencia monumental. El individuo, el sujeto que lee, interpreta y participa que no era solo el objeto de una política agraria sino también el germen de una nueva cultura política. 

Y Modotti, en su modernidad, contribuyó a modificar el lugar desde el que se lo fotografiaba entendiendo que, fotografiar al otro, implicaba decidir qué merecía ser visto y cómo, entendiendo que la fotografía no era neutral. Por eso cuando en 1927 ingresó en el Partido Comunista Mexicano y comenzó a trabajar como editora de su órgano de difusión, El Machete, usó sus mejores imágenes políticas (fotomontajes) como propaganda entendiendo precisamente que la forma no desaparecía cuando aparecía la ideología, que la fotografía seguía siendo fotografía, un documento real con más fuerza que ninguna otra representación.

Fue a partir de entonces cuando su actividad política fue ocupando un espacio cada vez mayor. Su cámara acompañó manifestaciones y publicaciones, colaboró con organizaciones obreras y agrarias, participó en redes de solidaridad internacional y se convirtió en una artista que más que revolucionaria, trabajó incansable al servicio de la solidaridad. Y sí, la diferencia importa porque dedicarse a la solidaridad conllevó ensuciarse las manos, involucrarse, organizar, transportar alimentos y equipo médico en plena guerra, atender enfermos, conseguir recursos, acompañar a aquellos que habían perdido su casa o que necesitaban cruzar una frontera. Y lo hizo sin medir las consecuencias hacia ella misma, en un momento en que pendía sobre su cabeza una orden de búsqueda y captura internacional por el régimen fascista de Benito Mussolini. 

Tina transformó, entonces, su búsqueda artística y su práctica en un momento al considerar que estaba viviendo una circunstancia en la que mirar ya no era suficiente. Una vez había retratado el drama social (niños en la indigencia durmiendo en cajas de cartón, el trabajo de unas manos curtidas, cadáveres, pobreza), se emancipó de sus propias contradicciones políticas, sus propias cegueras liberándose del tener que hacer para contribuir con una mirada más crítica desde el periodismo y la edición editorial de los talleres gráficos del Socorro Rojo Internacional. Acaso sea esta, quizás, la mayor injusticia historiográfica que haya que corregir.

Modotti pertenece a otro tiempo. Otro que ni siquiera puede devolvernos la Historia cuando leemos su biografía y nos interesamos en su regreso a México tras aquella expulsión en 1930 como extranjera perniciosa enredada en intentos de asesinato y leyendas, ni siquiera cuando nos sorprendemos de que, después de haber participado como miliciana en la Guerra Civil, haya terminado de vuelta en ese mismo México con una identidad encubierta. Necesitamos dejar de elegir entre la fotógrafa y la militante, entre la italiana y la mexicana, entre la artista y la mujer política. Necesitamos aceptar que todas esas mujeres fueron una sola.

Si me preguntan a mí que la he investigado por más de veinte años y he publicado extensamente sobre su persona y su obra, diría que ella nunca dejó de ser la muchacha que salió de Udine en 1913 con un sombrero adornado con flores y frutas. La udinese, la amable, la bromista, la amiga leal, la solidaria; y hoy que Udine vuelve a reivindicarla (porque no ha sido olvidada) se vuelve más importante que nunca la labor de rescate hacia la complejidad de una de las figuras más extraordinarias de la fotografía moderna. Se vuelve imperativo el regreso de sus restos mortales a la ciudad a la que siempre deseó regresar a pesar del impedimento del fascismo: a Udine, a su hogar. Quizá eso sea suficiente.

Por cierto, feliz 130 cumpleaños, Tina.