—Abuelo, ¿por qué ya no me cuentas historias de cuando eras niño?
El viejo Omar, recostado en el sillón de su pequeño apartamento, miró a su nieto, Sami, de ocho años, ajeno a la fatiga del exilio.
—¿Qué historias quieres, Sami?
—Las de nuestra casa. Las del gran árbol de moras en el patio. Las que cantabas.
Omar intentó sonreír. "El árbol... el árbol de moras ya no existe, habibi. La guerra lo quemó." Las canciones estaban en un idioma que había evitado enseñarle. "Aquí, para que estés a salvo, hay que ser como ellos. Hay que olvidar lo que fuimos."
Sami le tocó la mano, su tacto era ligero. "Pero no quiero que olvides, abuelo. Si tú olvidas, ¿quién soy yo? Yo no tengo canciones ni bandera ni árbol de moras. Solo te tengo a ti." El anciano abrió los ojos. Se dio cuenta de que había salvado el cuerpo de su nieto del misil, pero había entregado su alma en el intercambio. Por primera vez en años, le cantó una estrofa en su lengua materna.
—¿Qué dice, abuelo? Omar empezó a traducir:
"Dice que la cultura no es un muro, es una semilla. Y que no importa qué tan lejos estemos, mi semilla está en ti. Y tú la tienes que cuidar, ¿entiendes? Tú la tienes que cuidar para que la guerra no gane dos veces."
Sami asintió, abrazando el fantasma de su propio origen.
§
¿Ética o Antropología?.
Si la cultura, en su definición antropológica más amplia, abarca todo patrón de conducta, socialización y producción simbólica de un grupo humano, ¿no cumplen fenómenos como la guerra, la narco-cultura o la violencia organizada con todos estos requisitos estructurales? Si aceptamos que sí, ¿es éticamente admisible o incluso peligroso seguir usando una palabra con la carga semántica de "cultura" (que históricamente evoca avance, progreso, humanización) para describir sistemas de regresión, trauma y muerte?
¿Deberíamos acaso acuñar un nuevo concepto —una "anti-cultura", una "necrosis social" o "patología colectiva"— que designe aquellas prácticas que cumplen con la estructura cultural pero cuyo fin esencial es la destrucción y la deshumanización? ¿Hasta qué punto la mera descripción antropológica debe ceder ante la urgencia ética de proteger el significado de las palabras que definen nuestra humanidad?
Si el lenguaje configura la realidad, ¿no es imperativo nombrar las cosas por lo que son —destrucción, vacío, barbarie— y no por la estructura que cumplen (un mero patrón de comportamiento), evitando así la legitimación implícita que otorga la palabra 'cultura'? ¿Puede una sociedad evolucionar si confunde los mecanismos de su propia autodestrucción con las herramientas de su cultivo?
Resulta hilarante en un sentido macabro, escuchar a ciertos analistas, líderes políticos y hasta filósofos llenarse la boca con el concepto de "cultura de la guerra". Es una construcción lingüística tramposa intentar elevar el acto de apretar un gatillo o lanzar un misil a la categoría de la Novena Sinfonía,la arquitectura gótica o un baile de salón.
Hablando sin pelos en la lengua, la guerra no es cultura y jamás lo será. Llamar "cultura" a la destrucción sistemática es como llamar "gastronomía" a la inanición.
Existe una confusión peligrosa que sugiere que los grandes imperios, al expandirse a sangre y fuego, "generan cultura". No se equivoquen. El sistema opresor no genera cultura; genera inhumanidad. Lo que queda después de la bota no es una identidad compartida, sino un vacío de trauma y una imposición estética.
La cultura es, por definición, un proceso de cultivo —de ahí su etimología—. Es el florecimiento de lo humano en libertad. La guerra, en cambio, es la esterilización de la tierra. Como bien señala la filósofa Hannah Arendt, la violencia es esencialmente muda, es donde impera la fuerza bruta, es donde la palabra (y por ende, la cultura) se extingue. La guerra no construye una identidad simplemente borra las existentes hasta que solo queda el eco del vencedor.
No podemos hablar de sistemas que confunden la agresión con la identidad sin mirar hacia el norte. Las políticas de Donald Trump son el manual perfecto de esta "anti-cultura". Su retórica no es un ejercicio de pensamiento político, sino una estética de la confrontación.
Solo recordemos su famoso Muro, ese absurdo no es una obra de ingeniería, es un símbolo de la negación del otro. En la cosmovisión trumpista, la seguridad se mide por la capacidad de segregar, asumiendo que "nosotros" somos la cultura y "ellos" son la amenaza. Y que me dicen de su "America First" como la versión moderna del sistema opresor que confunde soberanía con matonismo. Si para que tú prosperes, el resto debe empobrecerse o silenciarse, no estás liderando una cultura, estás administrando un cuartel.
Para darle un poco de rigor a este desastre, miremos a Immanuel Kant. En su ensayo Hacia la paz perpetua, Kant no era un optimista ingenuo, sino un realista ético. Él entendía que la guerra es el estado de naturaleza —es decir, el estado de las bestias—.
"La paz no es el estado natural del hombre, debe ser instaurada." — Immanuel Kant
Para Kant, el ser humano alcanza su mayoría de edad a través de la razón y la ley internacional, no a través del despliegue de portaaviones. Si seguimos la lógica del imperativo categórico, una acción es culturalmente válida solo si puede desearse que se convierta en ley universal. ¿Podemos desear que la destrucción sea una ley universal? Evidentemente no. Por lo tanto, la guerra es la antítesis de la civilización.
El pensador Theodor Adorno lanzó aquella famosa (y a menudo malinterpretada) frase: "Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie". Lo que Adorno sugería es que la cultura que permite la barbarie queda invalidada. Si un sistema se dedica a la opresión, cualquier "arte" que produzca no es más que propaganda barnizada.
Yo suplico que dejemos de usar el término "cultura de la guerra". Es un insulto a las y los poetas, a las panaderas y panaderos, a la saxofonista y al pianista, a la artesana y al mimo, a cualquiera que haya construido algo que no requiera un recuento de cadáveres. Un sistema que necesita enemigos para autodefinirse, ya sea mediante muros fronterizos o retórica incendiaria, no es una potencia cultural; es solo un gigante con miedo que ha olvidado cómo ser humano.
La guerra no es cultura. Es, simplemente, el ruido que hace la civilización cuando se rompe.
La cultura lo que debe tener como esencia es prevalecer y preservar.