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La vida no admite suplencias

La vida no admite suplencias

Por Juan Manuel Lira

En memoria del Dr. Maurilio Espino García: amigo, médico y servidor público

La medicina puede salvar vidas todos los días y, aun así, olvidar una verdad elemental: quienes la ejercen también son mortales. En una cultura profesional que ha hecho del agotamiento una prueba de lealtad, decirlo parece casi una insolencia. No lo es. Es una urgencia moral.

Hace unos días, un texto publicado en la revista Journal of the American Medical Association (JAMA) titulado: Una pieza de mi mente: El tiempo es finito, volvió a recordarnos algo poco común: el trabajo puede colmar de sentido una vida, pero no puede reemplazarla. Y esa verdad, que parece íntima, también interpela a nuestro sistema público de salud.

Esta es quizá la lección más dura que nos deja este artículo: para la institución todos podemos ser relevados; para ciertas personas en nuestra vida, no. Nadie sustituye a una madre en la memoria de sus hijos. Nadie releva a un padre en una tarde que no vuelve. Nadie reemplaza del todo una conversación aplazada demasiadas veces. La oficina sigue. El sistema sigue. Los pasillos siguen. Los oficios se archivan, los nombramientos cambian, los equipos se reorganizan. Lo que no vuelve es el tiempo que se iba a vivir y se quedó esperando.

La profesión médica puede ser profunda, luminosa, incluso hermosa. Pero no puede sustituir la presencia en la propia casa, ni la voz de quienes nos llaman por nuestro nombre y no por nuestro cargo, ni el rostro de quienes no nos necesitan por lo que hacemos, sino por lo que somos.

Durante mucho tiempo en el servicio público hemos confundido nobleza con agotamiento. Hemos aplaudido jornadas que desfondan, rutinas que deshumanizan, lealtades que no dejan espacio para la vida. Hemos terminado por admirar, casi sin notarlo, a quienes llegan a casa vencidos, como si el desgaste fuera una condecoración. Y no lo es. El cansancio extremo no ennoblece por sí mismo. La ausencia no se vuelve virtud sólo porque venga envuelta en lenguaje de compromiso.

No se trata de oponer trabajo y familia como si fueran enemigos. Tampoco de romantizar ni de rebajar la exigencia del servicio público. Mucho menos en el ámbito de la salud, donde millones de mexicanas y mexicanos dependen de la fortaleza del Estado, del profesionalismo de sus instituciones y de la calidad humana de quienes las sostienen todos los días. Se trata de algo más serio: recordar que una sociedad justa no debería funcionar a costa de la cancelación íntima de quienes la sirven.

Por eso, en medio de la conversación nacional que se ha abierto con el Servicio Universal de Salud, hay una dimensión que no puede quedar fuera del debate. Universalizar la atención, integrar capacidades y reducir barreras de acceso son propósitos legítimos y necesarios. Pero una reforma sanitaria sólo será verdaderamente grande si entiende que cuidar la salud del pueblo también exige cuidar la vida de quienes hacen posible ese cuidado. No bastan decretos, credenciales, rutas administrativas o rediseños operativos si, en el fondo, se conserva intacta la cultura del desgaste como norma de excelencia.

No habrá humanización real del sistema de salud si quienes trabajan en él viven atrapados en la lógica del agotamiento. No habrá cercanía genuina con el paciente si el personal sanitario ha sido entrenado para suprimir indefinidamente su propio límite. Una medicina que de verdad quiera ser más humana tendrá que empezar por corregir esa vieja crueldad: exigir vidas enteras para demostrar devoción.

A veces la vida corrige con una severidad que ninguna teoría iguala. Lo hace cuando nos recuerda, sin pedir permiso, que somos frágiles. Que el cuerpo no firma pactos con la agenda. Que el calendario institucional no detiene la enfermedad. Que ningún rango, ningún prestigio, ninguna trayectoria profesional le arranca una prórroga al tiempo. Entonces entendemos, quizá demasiado tarde, que muchas de las cosas a las que les dimos prioridad no sabrán pronunciar nuestro nombre cuando faltemos. Y en cambio sí lo dirán, con un dolor irreparable, aquellos a quienes tantas veces respondimos: “no tengo tiempo”.

Tal vez por eso el verdadero humanismo médico no consiste sólo en mirar mejor al paciente. Consiste también en mirar con más verdad y empatía al médico, a la enfermera, al camillero, al técnico, al residente, al trabajador administrativo, al directivo. Verlos no como piezas admirables por su capacidad de resistirlo todo, sino como personas cuyo tiempo también merece ser defendido. Personas cuya vida no puede reducirse a una guardia, una firma o un encargo. Personas que también tienen derecho a llegar a casa con algo más que cansancio.

Cuando el ruido administrativo cede y los nombres dejan de ocupar un lugar en oficios, directorios o nombramientos, queda una pregunta más seria que cualquier balance de productividad: qué hicimos con el tiempo que se nos dio. No con el tiempo del encargo, sino con el tiempo de la vida.

Al final, cuando todo se apaga, no nos salva haber sido indispensables en un escritorio. Nos salva otra cosa: haber estado presentes. Haber llegado. Haber escuchado. Haber abrazado a tiempo. Haber entendido que la vida no se posterga sin costo. Y que hay una verdad que ninguna carrera, por noble que sea, debería hacernos olvidar: el amor puede esperar muchas cosas, pero no admite suplencias.Dr. Juan Manuel Lira

Médico especialista, analista en temas de salud, Doctor en Gobernabilidad y Gestión Pública

X: @doclira1