Nadie llegó a tiempo.
Desde que supe lo que te había pasado, Claudia, no he podido dejar de pensar en la distancia que recorriste para llegar a México: una travesía de cinco mil millas de navegación que yo misma hice en 2004 y desde el mismo lugar. Más de veinte años han pasado entre nuestros viajes y, sin embargo, algunas de las experiencias que formaron parte de tu vida en el país me siguen pareciendo infortunadamente actuales.
Aunque te parezca increíble, México es un país complejo, contradictorio, querido por quienes han hecho aquí su vida. Es también un país en el que miles de personas trabajan cada día para construir espacios más seguros y justos. México es un país al que he aprendido a amar profundamente, un país en el que construí mi vida, donde encontré amigos que acabaron siendo familia, donde aprendí, estudié, trabajé y construí vínculos que ya forman parte de mí. Por eso puedo decirte que hay gente extraordinaria haciendo cosas extraordinarias para que este país sea distinto, te prometo que los hay: mujeres que acompañan a otras mujeres, profesores que protegen y orientan a sus alumnos, colectivos que denuncian, investigan y exigen justicia. Los hay, de verdad, y son muchos.
Pero no contigo, contigo no fue suficiente.
Lo siento, Claudia.
Me habría gustado que hubieras tenido tiempo de conocer ese otro México en el que, alguna mañana, camino de la Facultad, hubieras olido el café de olla recién hecho. Que te hubieras parado a comer unos tacos de canasta y que el vendedor hubiera terminado contándote alguna historia fascinante, que hubieras aprendido qué puesto de la calle tenía los mejores tacos, qué cafetería servía el café más fuerte o qué ruta de transporte era la más rápida para llegar a clase.
Me habría gustado que hubieras hecho amigos de esos que terminan por llamarte hermana, que hubieras tenido tardes interminables hablando de cualquier cosa, planes improvisados, alguna fiesta en Coyoacan, alguna excursión a Tepoztlan, que alguien te hubiera enseñado un lugar que no recomiendan por redes y que, desde entonces, hubieras sentido que también te pertenecía.
Me hubiera gustado que algún profesor se hubiera convertido en alguien a quien acudir, un verdadero mentor, una inspiración de vida, que hubieras descubierto una librería de viejo, un mercado, una canción de Caifanes, una plaza, un restaurante al que volver incluso años después de que hubieras dejado México.
Me hubiera gustado que la universidad hubiera acabado siendo para ti, como lo fue la UNAM para mí, una casa lejos de casa.
Me habría gustado que hubieras podido recorrer la ciudad sin calcular la hora, la ruta, el transporte, la ropa, sin cuidarte de llevar el teléfono en la mano o a quién llamar si algo ocurría.
Me habría gustado que hubieras podido ser libre. Eso también debería formar parte de estudiar en otro país, eso también debería formar parte del derecho a ser joven.
No fue justo, Claudia y yo lo siento.
No por haber decidido ir a México. Nunca por eso. Lo siento porque no pudiste volver a Canarias, porque no tuviste tiempo de contar qué habías visto, qué habías aprendido, qué lugares te habían gustado, qué personas habías conocido. Lo siento porque no pudiste aplicar allí lo que hubieras aprendido en tu experiencia, una parte de la pedagogía Waldorf que hubiera hecho a muchas de nuestras infancias felices, porque tu viaje terminó antes de que pudieras decidir qué hacer con todo lo que todavía te quedaba por vivir.
Nadie debería tener que llegar a tiempo para salvar a una mujer, ni a ti ni a las otras tres estudiantes asesinadas en la UAEM en lo que va de año. Debería bastar con que pudieran vivir, con que siguieran vivas.
Justicia.