Vivimos en un mundo convulso, que cada vez más mira y coquetea con las posiciones más a la ultraderecha, y eso es un hecho.
Vivimos una excepcionalidad en México, con un Gobierno fuerte (más del 70% de aprobación) y una política económica orientada al bienestar y la reindustrialización nacional, y eso también es un hecho.
Vivimos el orgullo de ser mexicanos en medio de denostaciones nacionales (les hablan grandes señoras y señores del capital privado en los medios) e internacionales permanentes, y ese es el hecho más interesante.
¿Cómo es que 9 de cada 10 mexicanos sienten orgullo cuando parece que el mundo colapsa? ¿Es ingenuidad patriota o es un significado mucho más de fondo?
Si me preguntan mi opinión, es un tema de fondo, que atraviesa las condiciones materiales de la población y que toca fibras culturales muy profundas. Sí, es mucho más sencillo sentir orgullo nacional cuando no se tiene un estómago vacío ni un salario que resulta grosero mencionar que existió (una línea de aproximadamente 2,400 pesos mensuales). Sí, también es más sencillo sentir orgullo cuando existe tranquilidad económica en casa. Saber que hay becas para las infancias que están en clases, ser un adulto mayor que tiene una pensión no contributiva garantizada por el Estado, tener alternativas de estudio y saberse reconocida por el trabajo de cuidados no remunerados desarrollados en el hogar.
Pero sostengo, el sentimiento de orgullo es más profundo. Y tiene relación con esto último. Dignificar a cientos de miles de mexicanas y mexicanos que por décadas vivieron invisibilizados.
A las mujeres, a quienes por décadas se nos acotó al hogar y no teníamos ni voz ni voto en los espacios públicos; a quienes nos pagaban menos por nuestro trabajo y no teníamos espacios en la toma de decisiones. Generaciones que vieron pasar su vida desde las ventanas de sus casas, sin otra opción que dedicarse al cuidado del hogar y sin recibir un reconocimiento ni social ni mucho menos económico por estas tareas no remuneradas que, al final, sostienen la vida. Y que cuando nos concedían “el favor” de nombrarnos en la historia siempre era atadas al apellido de un hombre, como ejemplo está Josefa Ortiz Téllez Girón, por años mal nombrada como Josefa Ortiz de Domínguez.
A los adultos mayores también, quienes quedaban borrados de la visión del gobierno al llegar a una edad en la que no se contribuye, en muchos casos, de manera activa a la maquinaria del gran capital. Para muchos gobiernos, ellas y ellos no eran sujetos de interés en las políticas públicas sociales y de salud al no retribuir nada a sus intereses e implicar -desde su óptica- solamente gastos. El Estado los había abandonado. Hoy tienen un lugar, sí, presupuestario, pero también simbólico, siendo reconocidos como fuente de sabiduría y sujetos de atención y cuidados desde el gobierno federal.
A los pueblos indígenas y las comunidades afromexicanas. Una deuda histórica con todas y todos que vivían y existían en este territorio hoy conocido como mexicano desde hace miles de años, y cuya historia quiso ser borrada bajo la idea común del mestizaje, queriendo homogeneizar lo mexicano y excluyendo simbólica, política, territorial, económica y jurídicamente a un eslabón que nos da la grandeza cultural de la nación. Hoy tienen presupuestos directos para decidir, en sus comunidades, cómo utilizarlos, y está en marcha la discusión de la Ley General de Pueblos y Comunidades Indígenas y Afromexicanas, un hito sin precedente que busca reconocerlos como sujetos de derecho público.
Es un cambio de fondo, que sí, reitero, atraviesa la parte material pero llega a un eslabón más profundo. Un cambio cultural, una redefinición social de quienes somos y cómo convivimos. Una reivindicación de la dignidad humana. De la dignidad nacional.
Y es que, en medio de un mundo marcado por aranceles, ruptura de organismos internacionales de mediación y paz, nuevas reglas comerciales, crecimiento de la IA y disputa por su uso y regulación, guerras en Medio Oriente e incertidumbre bursátil, en México se sigue gritando por la Patria.
Se grita y reconoce a quienes lucharon por causas justas para que hoy tengamos fuerza de seguir luchando y avanzando. Se grita por las mujeres, por los migrantes, por las y los adultos mayores, por las juventudes, por las infancias. Se grita por los pueblos indígenas y afromexicanos. Se grita por la soberanía, por la dignidad y por la libertad. Se grita, en síntesis, por el orgullo de haber nacido en esta tierra fértil, alegre y grandiosa.
Ayer lo dejó claro la presidenta en su segundo grito para conmemorar el inicio de la Independencia de México: ¡Vivan las heroínas y los héroes que nos dieron patria! ¡Vivan los pueblos indígenas y afromexicanos! ¡Vivan nuestras hermanas y hermanos migrantes! ¡Viva la dignidad del pueblo de México! ¡Viva la libertad! ¡Viva la igualdad! ¡Viva la justicia! ¡Viva la democracia! ¡Viva México libre, independiente y soberano! ¡Viva México! ¡Viva México! ¡Viva México!